El nacionalismo imperial alentado por Putin comienza a desbocarse

En Rusia proliferan los grupos neofascistas, cada vez más agresivos

RAFAEL M. MAÑUECOCORRESPONSAL. MOSCÚ
Un grupo de 'ultras' piden la expulsión de los extranjeros. / REUTERS/
Un grupo de 'ultras' piden la expulsión de los extranjeros. / REUTERS

2006 ha sido el año de mayor eclosión del nacionalismo rampante en Rusia. Nunca antes habían proliferado con tanto ímpetu las organizaciones ultras como en los últimos meses. Los ataques racistas se han convertido en algo cotidiano. El gran país eslavo se parece cada vez más a la Alemania de los años treinta.Vladímir Putin, mientras tanto, se mueve entre dos aguas: alienta el nacionalismo para desviar la atención de los problemas reales de la población, como el paro, la carestía y la baja calidad de vida, pero, al mismo tiempo, teme que esa ola de intolerancia neofascista le termine barriendo a él.

«Nuestro presidente juega con fuego. Por un lado, persigue a las organizaciones neonazis, pero, por otro, les indica el camino a seguir mostrando a través de los canales de televisión detenciones masivas de ciudadanos del Cáucaso y su posterior deportación o encarcelamiento», señala el diputado Vladímir Rizhkov, uno de los pocos reformistas que aún quedan en la Duma (Cámara Baja del Parlamento ruso). Según su punto de vista, «consciente o inconscientemente, las autoridades fomentan un nacionalismo racista y beligerante sin reparar en las graves consecuencias que acarreará».

Por su parte, Svetlana Gannúshkina, dirigente de la organización de derechos humanos rusa 'Memorial', cree que el terrorismo y la delincuencia «han hecho que la sociedad extraiga sus propias conclusiones, asociando a menudo ambos fenómenos con los chechenos y con otros pueblos del Cáucaso Norte». «La guerra en Chechenia, el terrorismo y el control que las mafias caucásicas ejercen sobre los mercados de abastos han disparado los sentimientos racistas. Como en todas partes, los terroristas y los delincuentes son una exigua minoría, que actúa gracias a la corrupción reinante en Rusia, pero se ha demonizado a todo aquel que tiene la piel oscura», reconoce Gannúshkina.

150 nacionalidades

En Rusia conviven 150 nacionalidades. De los 145 millones de habitantes que tiene el país, el 20% no son étnicamente rusos y más de veinte millones son musulmanes. Incluso el 80% de los considerados rusos no lo son al cien por cien. «La mezcla de razas en nuestro país es enorme», asegura la responsable de 'Memorial'. Alexánder Belov, líder del Movimiento en contra de la Inmigración Ilegal (DPNI), quizá el más influyente y numeroso de los grupos ultras que operan actualmente en el país, define así a los rusos: «el criterio no es solo étnico, consideramos rusos a aquellos que, aunque no lo sean de origen, lo son culturalmente». Pero los sentimientos 'patrióticos' que el Kremlin fomenta se han expresado de distintas maneras.

Algunos creen que la mejor forma de servir a la causa es matando niños. Cabezas rapadas asesinaron en San Petersburgo a una niña tayika hace dos años y medio. Los caucasianos y los llegados de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central (Kazajstán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán) suelen ser las víctimas predilectas de la violencia racista que, no obstante, se ceba también con cualquier otro extranjero.

En lo que va de año, el número de personas muertas en agresiones racistas en Rusia se acerca ya al medio centenar y el de heridos supera los doscientos. «Palizas en lugares públicos, quema de mezquitas, ataques a galerías de arte, o profanación de cementerios son las actividades preferidas de la plaga marrón», dice Gannúshkina.

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