Existen muchas buenas personas, afortunadamente

JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚNTALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Somos afortunados. A nuestro alrededor hay gente buena. Personas de buen corazón; gente sencilla, honesta, generosa, amable, fiel. Y en muchas ocasiones no lo damos importancia, cuando realmente es un privilegio encontrarse con ellas. Estas personas nos hacen la vida más fácil, nos dan calor; son quienes redimen al género humano.

¿Por qué no invitamos a dar el pregón de la localidad a esa sencilla y buena mujer que en la tienda de la esquina nos atiende siempre con una sonrisa y una palabra amable? ¿Cómo es posible que no hayamos pensado en hacer un homenaje a la inmigrante que cuida con todo el mimo del mundo a nuestros ancianos? ¿Cuándo pensaremos en poner como ejemplo a nuestros hijos o alumnos al honrado barrendero con que nos cruzamos todos los días?

No sé si ustedes tienen más suerte que yo, pero lo que me ocurre es que me tropiezo con demasiada gente impresentable. Conozco profesores muy listos, pero cuyos códigos morales son 'singulares'. Sé de altos cargos que no son de fiar, que han logrado ascender atropellando a sus compañeros. Veo a individuos con grandes coches pero que se comportan de forma zafia y cuyo dinero tiene una procedencia poco clara. Leo que hay algunos políticos -sí, esos que tienen el gran honor de representarnos y que deben estar al servicio de todos- que son corruptos. Me encuentro con personajes que hablan con voz engolada y que no dicen nada. Mujeres que sonríen mucho y que utilizan suaves modales, pero que les mueve el egoísmo. Hombres y mujeres que adulan al poderoso y que ignoran o se aprovechan del que tienen por debajo. Conozco a miembros de partidos, de iglesias y de asociaciones humanitarias y de derechos humanos que ensucian el buen nombre de sus organizaciones y compañeros. Por eso, cada día valoro más a la gente buena.

Tengo el privilegio de conocer a una monjita de más de 80 años que, llena de entusiasmo, y siempre con una sonrisa y una palabra amable, se deja la salud tratando de ayudar a los demás; tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Hace años me tropecé con un inteligentísimo profesor universitario que no daba importancia a sus muchos méritos y que trataba con igual atención y deferencia a los conserjes y a sus colegas más cualificados. La mayor satisfacción como profesor la encuentro cuando tengo la suerte de que me inviten un grupo de mujeres mayores de mi barrio a dar una charla -que siempre concluye con un mosto y unas pastas-; siempre digo lo mismo: su sonrisa y su palabra amable no las puedo poner en el currículum académico, pero, para mí, es mucho más valioso que la ponencia en un congreso (se lo aseguro, mi aportación es mínima en comparación con lo que esas mujeres me dan). Todos conocemos a mujeres sencillas que trabajan todo el día para criar a sus hijos, cuyos méritos y esfuerzos no son reconocidos y que, sin embargo, no pierden el humor. Sí, en todos los gremios y en cualquier grupo humano encontramos a buenas personas y, también, a gente de la que es mejor apartarse.

Ya sé que no digo nada nuevo. Estoy convencido de que todos ustedes tienen las mismas experiencias que yo y que se han encontrado con los mismos tipos humanos, pero, a pesar de ello, no me resisto a reivindicar en estas líneas a la gente sencilla y buena. Considero que, con toda seguridad, contribuiríamos a hacer una sociedad mejor si nos fijásemos en el ejemplo de esas buenas personas, en lugar de hacer protagonistas a tantos individuos que no han hecho nada, que atraen por su falta de escrúpulos o por su vida escandalosa, que ocupan portadas por ser novias, amantes o hijos de alguien que, quizá, tenga algún mérito, o que sólo tienen el desparpajo de los encantadores de serpientes. No digo que volvamos a leer las vidas de los santos para aprender de sus ejemplos, pero tener como modelo a muchos de los que ocupan el espacio y el tiempo de demasiados medios de comunicación es situarnos en el otro extremo. La sabiduría popular ha sabido destacar la importancia de la honradez: 'Mas vale el hombre que el nombre', y, por otra parte, ha denunciado la injusticia: 'Quien trabaja, come pan; y quien no trabaja, salmón y faisán'; 'Rico verás al lisonjero, y pobre al hombre sincero'. También, la sencillez ha sido exaltada por los poetas. Así, el gran León Felipe cantaba: «Así es mi vida,/ piedra,/ como tú; como tú,/ piedra ligera; ( ) guijarro humilde de las carreteras '» Y nuestro José Hierro decía en 'Para un esteta': «Tú que bebes el vino en la copa de plata/ no sabes el camino de la fuente que brota/ en la piedra. No sacias tu sed en su agua pura/ con tus dos manos como copa». Otro de los nuestros, Manuel Llano, en 'El Sol de los muertos', dice por boca de un padre que recibe con calor a un hijo que, derrotado, regresa al pueblo después de su aventura de emigrante en América: «Más val que güelvas con los bolsillos vacíos que con la concencia remordía. Hay caudales que queman las manos, hiju míu».

Por si de no usarlas se nos ha olvidado el significado de algunas palabras fundamentales, miremos el diccionario. El María Moliner indica que el adjetivo 'bondadoso' significa: «Bueno y amable con otras personas».

Por su parte, G. Villapalos y A. López insisten en que «la persona bondadosa hace el bien de manera acogedora, tranquila, serena, paciente»; y continúan: «crean, con ello, en su entorno un ámbito de paz, que genera a su vez confianza». El diccionario también deja bien claro lo que debe entenderse por 'sencillez': «Actitud de persona sencilla», y seguidamente precisa: 'sencillo': «Se aplica a una persona natural o espontánea, o sea de carácter no complicado, exenta de artificio». A. Comte-Sponville explica que el hombre sencillo no es un simple. La sencillez, significa espontaneidad, sinceridad, desprendimiento, naturalidad; es lo contrario del narcisismo, de la pretensión. La persona sencilla es la que no finge, la que no calcula, la que no tiene segundas intenciones. La sencillez -dice A. Comte- «es la virtud de los sabios y la sabiduría de los santos». ¿No es una virtud para subrayarla constantemente? ¿No va siendo hora de ensalzar a las personas buenas y sencillas?

En este mundo de tanto artificio, inundados de palabras vacías; estando rodeados de tanta gente de 'cartón-piedra'; frente a mil falsos héroes y triunfadores; en medio de tanto idiota y sinvergüenza, ¿no va siendo hora de mirar a nuestro lado y dar la importancia que se merece a la buena gente? ¿No estaría bien subrayar a los niños y jóvenes que el principal valor y la meta fundamental debe ser convertirse en una buena persona?

P.S. Perdón, sé que todo lo anterior es obvio y que no debería haberme atrevido a ocupar su tiempo, amable lector, con un sermón ya conocido, pero es que en ocasiones pienso que el mundo que me rodea es muy injusto, y no me gusta; en ocasiones pienso que todo está al revés.

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