Los guerreros del Donga

Habitan el suroeste de Etiopía y basan su economía en el pastoreo, en la caza y en la recolección, especialmente de maíz y sorgo

TEXTO Y FOTOS:EDUARDO LOSTAL
Los guerreros del Donga

Es difícil saber qué permite realmente que formas de vida casi paleolíticas puedan seguir teniendo su sitio y mantenerse casi intactas en los albores del siglo XXI, en plena era de la globalización. En ocasiones, puede ser el morboso interés turístico, que convierte a estas gentes en un atractivo más para obtener beneficios económicos. Otras veces, como en el caso de los Korowai, que habitan las junglas de Irian Jaya, es un ecosistema auténticamente inhumano el que actúa de escudo protector y hace que ciertas sociedades ancestrales pasen prácticamente inadvertidas para el resto de la humanidad. Pero otras veces es el orgullo, el arraigo a una cultura, el que hace que algunos pueblos opten por preservar sus tradiciones, desafiando al indudable magnetismo que emana del mundo desarrollado y del bienestar. Los Surma pertenecen a este tipo de razas.

Cuando empecé a preparar mi viaje al Valle del Omo, en Etiopía, intenté documentarme al máximo sobre los grupos tribales que podía encontrar en el que es, sin duda alguna, uno de los mayores mosaicos antropológicos que puedes explorar en el continente africano y, posiblemente, en todo el mundo. Como siempre, empujado por mi afición a la fotografía de contenido étnico, buscaba lo más puro, lo más remoto

Fue entonces cuando empecé a interesarme por los surma y supe por primera vez de la existencia de una violenta lucha con bastones de madera, que esta tribu lleva a cabo cada año, una vez acabada la recolección de la cosecha. Sin embargo, nunca imaginé que ese combate, a veces letal, entre distintas aldeas de la misma etnia, pudiera significar tanto en la vida de un surma.

El Donga se convirtió de inmediato en uno de mis principales objetivos en mi viaje al Omo. Tenía que ser testigo de uno

Los Surma habitan el suroeste de Etiopía, a un paso de la frontera con Sudán. Están asentados en las proximidades de un área aislada y prácticamente inaccesible del río Omo, afluente del lago Turkana.

Este pueblo basa su economía en el pastoreo, pero también en la caza y en la recolección, especialmente de maíz y sorgo. Son las mujeres las que se encargan de los cultivos, mientras los hombres dedican su tiempo a la caza o a defenderse de los ataques de otras tribus rivales, especialmente de los belicosos Bume, o Nyagatón, enemigos a muerte con los que comparten el mismo pedazo de sabana. Los niños, por su parte, deben atender al bien más preciado de un surma, su ganado. La vaca no sólo les provee de las pieles con que se visten las mujeres, no sólo les proporciona alimento, algo de carne, leche e incluso la sangre, que los surma se beben en tiempos de escasez de comida o en las horas previas a la celebración de un Donga, sino que representa también su moneda de cambio, con la que pagar la dote necesaria para poder comprar una o varias esposas.

Las mujeres surma son muy conocidas por los enormes platillos que se insertan en los labios. La primera incisión en el labio inferior se la realizan a los diecinueve años de edad. Primeramente encajan un pequeño trozo de madera o barro que posteriormente irán reemplazando por otros de mayor tamaño a medida que el labio se va dando más y más de sí. Finalmente, para poder acoplar los enormes platos de forma circular o de cuña, las surma se hacen arrancar los cuatro incisivos inferiores, un proceso tan doloroso, como lo es también la forma en que se provocan las escarificaciones con que decoran su piel.

En la actualidad, para la mujer surma, el poder lucir el "two depi" en sus labios es sinónimo de belleza. Cuanto más grande, más hermosa y por tanto, tendrá la posibilidad de acceder a una mejor dote. Sin embargo, este tipo de mutilaciones físicas que se infringen a sí mismas no sólo las surma y las mursi de Etiopía, sino las tuperi del Chad, y otros grupos étnicos africanos, se cree que tiene su origen, por el contrario, en un afán desesperado de estas razas por perder el atractivo a ojos de las tribus del norte, tribus como los tuareg, que realizaban auténticas cacerías en busca de esclavas entre los pueblos de rasgos negroides.

Hacia ese mundo remoto, en el que las personas se embadurnan de estiércol para repeler los mosquitos, en el que la orina de las vacas es utilizada como desinfectante con el que lavan sus utensilios, hacia el reino de la mosca tsé-tsé, decidí encaminarme a finales del pasado mes de octubre.

Llegar a territorio surma me llevó cuatro días. Yo era el único "farangi", es decir, el único hombre blanco del grupo. Pero no viajaba sólo. Me acompañaban mi guía Endalnew, el conductor Shemps, y un cocinero, Herpasa, que se encargaría de que no nos faltara de nada durante el tiempo en que permaneciéramos acampados en la sabana.

A medida que bajábamos hacia el sur, el paisaje nos iba trasladando a un submundo diferente.

La frondosidad de los bosques repletos de colobos, o de las inmensas plantaciones de café, dejaron paso a la más genuina sabana africana, al reino de la acacia silbante, de los bosques de enormes termiteros rojos. Hubo que cruzar el río Omo, infectado de gigantescos cocodrilos. Necesitamos la escolta de los "rangers" para atravesar territorio Añuac y Nuer, tribus que en los últimos meses estaban asaltando a todo el que pasaba por allí. Y por fin, al cuarto día, en una llanura donde nuestro jeep apenas podía avanzar, pude alucinar con la visión del primer surma: alto, orgulloso, con su cuerpo desnudo completamente afeitado para resaltar las escarificaciones que le avalan como un hombre valeroso, alguien que ya ha conseguido abatir algún enemigo o algún animal peligroso.

Tenía intención de pasar cuatro días entre los surma, pero estaba dispuesto a modificar mi plan de ruta y permanecer con ellos más tiempo, para tener así la oportunidad de fotografiar un Donga.

Sin embargo, la suerte estaba de mi lado. La cosecha había sido magnífica y por tanto, las luchas se sucedían con más frecuencia en todo el valle. Enseguida tuvimos noticias de que un donga iba a tener lugar en una planicie de tierra arcillosa, que no estaba lejos de nuestro campamento.

Endalnew conocía a un joven surma, que ya le había servido de guía local en otras ocasiones. El fue quien se encargó de negociar con los jefes de las aldeas que se enfrentaban aquella tarde para que mi presencia fuera autorizada. Pero el donga no es tan sólo una tradición cruenta en la que los luchadores pueden ocasionarse graves heridas, poniendo en riesgo su propia vida. El donga es toda una ideología para los surma.

Con el donga, los surma defienden el honor individual y el de una colectividad. Los hombres demuestran su virilidad y los ganadores pueden acceder a más y más bellas mujeres. Pero además, la lucha es un medio para zanjar rencillas y apagar rencores entre sujetos de la tribu. Una vez terminada la lucha "todo debe quedar olvidado".

Tampoco se trata de un intercambio de golpes sin sentido, ni se busca voluntariamente infringir un daño irreparable al adversario. Existe un código, y un árbitro que debe hacerlo cumplir en cada pelea. El objetivo será derrotar al contrario, para lo cual bastará con provocarle sangre en las piernas o forzar su rendición.

El bastón que se utiliza en la pelea se denomina "daguinéo", su extremo superior tiene forma fálica y se obtiene de las ramas de un árbol autóctono llamado kalochip.

Los días antes a la pelea, los luchadores se acercan al río. Allí, se pintan el cuerpo y se provocan el vómito repetidamente. Un ritual con el que los guerreros surma creen que se están liberando de todos sus miedos. Los arrojan en el río y las aguas se los llevan para siempre. Así, reúnen el valor necesario para afrontar del donga.

La mañana del combate, el luchador debe beber toda la sangre que sea capaz. Para ello, realizan una pequeña incisión con una flecha en el cuello de una vaca. Una vez saciados, tapan la herida del animal con barro para evitar que se desangre. De esta manera, el surma obtiene la fuerza que necesitará para la gran pelea.

La llegada de los distintos grupos a la zona de combate es igualmente espectacular. Desnudos, con sus cuerpos pintados para resaltar las escarificaciones de su piel, los luchadores danzan y entonan cánticos a la vez que su jefe les arenga y les infunde valor: " ¿tendremos que defender el honor de nuestro pueblo y el de cada uno de nosotros!... ¿Si no ponemos el alma en el donga ninguna mujer querrá desposarnos, no podremos formar familia!... ¿Pero eso a nosotros no nos pasará. Porque somos fuertes, somos auténticos guerreros!...".

Así son los surma, puros, libres, resistentes, orgullosos de su mundo Durante cuatro días pude admirarles y , ¿por qué no?, pude aprender de ellos. Durante cuatro días me aceptaron y me mostraron su hospitalidad. No sé si volveremos a encontrarnos, pero nunca olvidaré esos cuatro días que pasé entre "los guerreros del donga".

www.eduardolostal.com

Fotos

Vídeos