La ironía y sus consecuencias

A propósito de la última creación poética del santanderino Carlos Villar

FRANCISCO PÁEZ DE LA CADENA
Carlos Villar, en el centro, flanqueado por los responsables de 'La sirena del Pisueña' y del Ayuntamiento de Santa María de Cayón, entre ellos Fernando Gomarín y el alcalde Gastón Gómez. / ROBERTO RUIZ/
Carlos Villar, en el centro, flanqueado por los responsables de 'La sirena del Pisueña' y del Ayuntamiento de Santa María de Cayón, entre ellos Fernando Gomarín y el alcalde Gastón Gómez. / ROBERTO RUIZ

Vaya por delante que este poemario no es sólo un texto, sino un libro bellamente editado. 'La Sirena del Pisueña' es una colección de título sugestivo patrocinada por el Ayuntamiento de Santa María de Cayón, dirigida con mimo y acierto por Fernando Gomarín y en la que tienen cabida autores cántabros. Es de esperar que pronto se abra a empresas más extensas pero, por lo pronto, Cantabria está de enhorabuena porque un ayuntamiento de tamaño y medios modestos decida defender lo propio con tan buenos resultados en un campo, el de la cultura impresa, tan controvertido y manipulado.

Pero vayamos al texto. La ironía es una buena arma para enfrentarse al mundo. Y difícil: se vuelve contra quien la utiliza sin precaución. Sobre todo si se trata de la que pone en juego lugares comunes, ideas preconcebidas y elementos de la experiencia común. Se puede salir escaldado por un uso inmoderado o indebido y las consecuencias son evidentes: el irónico queda puesto en solfa por su propio juego equívoco. El riesgo en un libro es aún mayor. Si se trata de narrativa, se evidencian el ridículo y el exceso. En el caso de la poesía el riesgo es el descrédito del poema, algo nada desdeñable.

No es el caso de Carlos Villar que, como profesor de literatura inglesa y especialista en Evelyn Waugh, ha aprendido en el mejor campo de prácticas el uso de esa ironía que revela sin desvelar, critica sin herir y presenta situaciones que, de otro modo, resultarían huecas y ortopédicas, cogidas por los pelos. Villar las trata con cuidado y como sabe que la ironía bien entendida empieza por uno mismo, en Treinta años se pregunta el poeta por su papel en el mundo: «¿... maestro a tus / zapatos, zapatero a tus / alumnos?». Claro que la ironía no lo es todo. Hace falta un contenido sobre el que aplicarla. Quizá sea éste el punto más delicado de este poemario, 'Más relinchos de luciérnagas', y no porque sea escaso sino por todo lo contrario.

Siete secciones

Villar ha distribuido su libro en siete secciones que desde la primera (Ajustando máscaras) hasta la última (Recordando Irlandas) hablan de un recorrido emocional concebido como proceso de aprendizaje vital. Hay además un paso de lo fingido o impostado a lo vivido y recordado, con lo que de experiencia adquirida conlleva esa transición. Villar acude a la figura de Peter Pan ('No se vivía mal en Neverland, no') para aludir a esa dificultad de abandonar la juventud y abordar al edad adulta.

El recorrido por esas siete secciones es, así, un rito de paso, un tránsito que deja atrás la cáscara juvenil para adentrarse en otro pellejo más maduro. Muestra de ello son los dos poemas de título Platónico que recogen ese desplazamiento del poeta ante una situación que se le va escapando, como los años: «... yo, extasiado en el asfalto / bajo tu balcón, aún te amo».

No puede entenderse completamente este libro si no se atiende a la vertiente literaria que lo impregna. Villar ha dejado la pista de lecturas y referencias no a modo de citas cultas sino integrando libros, autores y temas como telón de fondo o acompañamiento de los poemas. Tartarín de Tarascón, el teatro isabelino, Elizabeth Browning, Emily Dickinson, el propio Peter Pan. No se priva tampoco de enviar un guiño crítico a algunos valedores de la llamada poesía de la experiencia «que os podría narrar ante estos cafés / tan creativos y fructuosos que tan inconspicua / mente nos proporciona el Oliver», en clara referencia a la tertulia literaria de ese local asturiano.

Carlos Villar ha colocado como cita liminar de su libro los versos de Blas de Otero que terminan diciendo «me queda la palabra». Villar está convencido de ese poso, que es cultural pero también «fieramente humano», en palabras de Otero. Es casi seguro que Carlos Villar abandonará el país de la juventud y se adentrará en otras regiones de más alto riesgo. Su Neverland particular seguirá presente, no puede dudarse, en su poesía, quizá como trasfondo de nuevos temas y enfoques. Es de esperar que sin traicionarse a sí mismo y a sus pulsiones más queridas, le quede la palabra y nos ofrezca nuevas rutas tratadas con la ironía que acostumbra y que maneja con toda soltura.