REPORTAJE Vida y trabajo bajo la carpa del circo, una pequeña ciudad que recorre España

El Holiday está instalada en el recinto ferial de Rostrío, donde ofrece su espectáculo hasta el 6 de agosto

DIEGO COBOSANTANDER
Manuel Muñoz se encarga de las labores de cuidado de los animales. / CELEDONIO/
Manuel Muñoz se encarga de las labores de cuidado de los animales. / CELEDONIO

Es una forma de vida. Lo han vivido desde pequeños y por eso son la sexta generación que recorre España con el convoy del circo Holiday. La mitad de la platilla, unas treinta personas, son miembros de la familia Sacristán. Los demás vienen de todas partes de España y de Europa y se encuentran en Santander con un único objetivo: ofrecer espectáculo.

El despliegue es enorme, aunque desde la carpa principal no se aprecia. En las instalaciones, 32 tráilers, 10 furgonetas y 8 vehículos ligeros descansan junto a familias y empleados. Es su casa y su trabajo. Y los niños van a la escuela -durante el curso- en un camión-aula, ya que el Ministerio de Educación les facilita un maestro que recorre con ellos España. Sin duda es una vida difícil, pero no renuncian a ella. Los que han probado a trabajar fuera del circo han vuelto; los niños nacen cada uno en una ciudad; apenas descansan 10 ó 15 días en todo el año. Y cuando lo hacen, en vez de ir a su casa, en La Rioja, lo hacen en sus almacenes de un pueblo de Zaragoza. Allí poseen 10.000 metros cuadrados de terreno y centenares de metros de naves, cuenta el director, Ramón Sacristán.

El traslado no es fácil. En cada desplazamiento se hacen cuatro viajes, ya que no hay conductores suficientes. Son unos 14 tráilers los que van de una ciudad a otra cada vez, acompañados de un microbús para llevar a los conductores de nuevo a por más vehículos.

En el recinto ferial de Rostrío (Santander) todo está perfectamente organizado. Ni delirando muchos pensarían que se levanta todo el campamento en un día. Pero es así. A la hora del montaje todos trabajan. Desde los malabaristas hasta los cuidadores de animales hacen realidad que en un tiempo récord todo esté listo. Las viviendas son enormes caravanas, adosadas a cabinas de camión. En su interior, las comodidades son impensables para quien no las conoce. Dentro de los vehículos -algunos tienen largos pasillos- la impresión no es la de estar en una caravana. Salón, dos o tres dormitorios, baño y cocina bajo el mismo techo de forma aparentemente milagrosa. Otro colosal tráiler, muy próximo a las viviendas, acoge la cocina y el comedor general, ya que apenas se usan las cocinas de las caravanas.

Un día de verano en el circo transcurre con una normalidad semejante a la de cualquier otro oficio. Lo que hace única a esta vida es su carácter nómada: los niños juegan en unos columpios, los artistas van a la playa, cinco personas se encargan del cuidado de los animales y la familia propietaria hace 'chapucillas'. Dista bastante esta rutina de la que llevan a cabo en invierno. Entonces los hijos estudian y los artistas ensayan. Ahora no hace falta porque están rodados con tanta función seguida.

El trabajo no es fácil. Cinco personas se encargan del cuidado de animales. Nada menos que 86, entre caballos, cocodrilos, avestruces, serpientes o dromedarios, entre muchos otros. Requieren una alimentación que varía mucho dependiendo del animal: las serpientes comen conejos y pollos vivos una vez cada dos semanas, mientras que un tigre ingiere 15 kilos de carne diarios. Además, una limpieza exhaustiva para salir impolutos al escenario y un cuidado en la cuadras. A los caballos se les lava en verano todos los días pues, al ser blancos, se manchan casi con la mirada. Por el contrario, los tigres odian el agua.

Los animales conviven en jaulas, corrales, una piscina y una cuadra. Esta última es una de las cuatro carpas instaladas en la Virgen del Mar. La más grande es la principal, en donde se actúa. Tiene 34 metros de diámetro y es capaz de albergar 1.000 personas, aunque en los tiempos que corren rara vez completan el aforo. Según Sacristán, el emplazamiento es un factor que afecta sobremanera a este descenso. «Los accesos son malos y no hay aparcamiento», afirma. Las infinitas colas de tráfico para llegar a Rostrío son el ingrediente que da el mal sabor al pastel. Y como en muchas facetas de la vida, un simple error eclipsa la totalidad del trabajo.

Entre malabaristas, equilibristas, magos, payasos y demás profesionales del espectáculo, suman 20 personas, aunque es una cifra engañosa. El director explica que «la gente de circo no se conforma con hacer un número», por lo que un mago puede, del mismo modo, hacer dar vueltas a una avestruz o hacer saltar una llama. «No obligamos a nuestros hijos. Ellos se decantan cuando crecen, a los 10 ó 12 años», prosigue al referirse a la transmisión intergeneracional de este arte.

A la hora del espectáculo, todo tiene que estar en orden. Se ha trabajado duro para que nada falle. El directo no engaña, por eso el mínimo fallo puede costarle muy caro a un equilibrista. Un cocodrilo podría arrancarle un brazo a quien más confía en él, o un tigre la vida a su domador.

En la actuación, 55.000 watios de luz harán brillar mediante unos potentes cañones y varios juegos de luces a los protagonistas que, en cada sesión, hacen realidad ilusiones infinitas.

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