Los otros viajeros

JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚNTALLER DE SOCIOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

Yo sé que ahora la vida mía va pegar un quiebro ( ) Llevo unos días como aliquebrado, dándole vueltas al asunto y ni la caza me lo quita del pensamiento ( ) Me digo: Adonde vas de nuevas es a América y aunque allí tengas ante las narices una ladera de vides, una torre con verdín y una estación donde los raíles brillen y los trenes suban y bajen, no serán los mismos y tú andarás más despistado que un chivo en un garaje ( ) Yo quisiera llevarme a América a mis amigos, y a mis cazaderos, y a mis perdices y todo.

Miguel Delibes (1958):

"Diario de un emigrante".

La primera vez que me fijé en ella fue porque se había equivocado de asiento en el avión. "Disculpa, me parece que estás ocupando mi lugar", le dije. Se levantó sin decir palabra, con un gesto de disculpa. Se trataba de una chica muy joven, tendría poco más de 18 años, viajaba sola y se notaba que era la primera vez que tomaba un avión. Horas más tarde, en la escala que hubo que hacer en Montevideo, la volví a ver, estaba junto con otros cinco jóvenes. Se acababan de conocer. El acento, la forma de hablar, indicaba que eran paraguayos y por sus comentarios comprendí que eran emigrantes. Cuatro pretendían ingresar por primera vez a España, mientras que una pareja ya estaba establecida y regresaba a sus puestos de trabajo después de unas vacaciones.

Durante las horas que estuvimos en la zona de tránsito del aeropuerto permanecieron juntos. Formaron un grupo que se destacaba del resto de los viajeros. Se apoyaban, se daban seguridad. Los signos de su preocupación, de su temor, eran evidentes: se ubicaron en un rincón del aeropuerto, se sentaron y no se movieron de allí. No pasearon por los pasillos, no entraron en las tiendas libres de impuestos, no tomaron un café, no hablaron por teléfono, no leyeron un libro o una revista, no se fijaron en el aterrizaje y despegue de los aviones. La chica que yo había conocido mantuvo en todo el tiempo el pasaporte en su mano, no despegó los labios.

Cometí la indiscreción de atender a sus conversaciones. En todo momento giraron en torno a las dificultades para entrar en España: ¿Qué nos preguntarán al entrar?, Diré que voy a conocer España. Para que te dejen entrar tienes que llevar 1000 euros y un billete de vuelta. Creo que el aeropuerto es muy grande. A mi me vienen a buscar unos amigos. Para ir a Madrid tienes que tomar un taxi es muy caro. La pareja de experimentados, los que volvían a España con la seguridad de que no tendrían problemas en el control de pasaportes, aclaraban las dudas a sus compañeros, les daban consejos.

Cuando llegamos a Barajas me situé en la fila prevista para los españoles, en la fila de los privilegiados, en la destinada a ciudadanos de la Unión Europea y para algunos otros países ricos con los que existe acuerdo. Los paraguayos, mis compañeros de viaje, tuvieron que colocarse en otra fila: la del temor, la de los sospechosos, la de los pobres. No pude observar si les dejaron entrar en España; me temo que algunos serían rechazados; se veía claramente que no eran turistas y que no pretendían pasar unos días visitando a sus familiares. Me quedó la esperanza de que ese día los funcionarios no hubiesen recibido la instrucción de ser estrictos. Sigo pensando en la joven de los 18 años, sólo la dije que se había equivocado de sitio; no supe su nombre; era guapa y estaba asustada (el uruguayo M. Benedetti escribe con el título "Extramuros. Arrivals Arrivées Llegadas":"El funcionario que mira largamente el documento/ la verdad es que cuatro minutos pueden ser la eternidad)". Nada más llegar a España leo en la prensa los siguientes titulares: «Nuevo director general con la misión de reforzar los controles fronterizos y reducir los flujos migratorios ilegales». «En el Congreso se ha aprobado una propuesta para controlar las llegadas ilegales y facilitar la inserción». «Interceptados 67 'sin papeles' durante el fin de semana». «Absuelto un acusado de someter a inmigrantes a jornadas agotadoras». «La ONU defiende el derecho a la emigración y que sea regulado».

En los últimos años, cada vez que llego a Paraguay, me ocurre lo mismo: en cuanto me oyen hablar me preguntan: ¿Es usted español?, y, a continuación, ¿Cómo está el trabajo en España?, y enseguida más preguntas: ¿Es fácil entrar? ¿Cómo tratan los españoles a los extranjeros? ¿Se gana bien?, y luego vienen los comentarios: «Tengo a mi hermano allá y yo también estoy pensando en marcharme en cuanto reúna plata». «Aquí no hay futuro para los jóvenes». En esta ocasión el interrogatorio me ocurrió nada más coger el taxi en el aeropuerto, después se repitió 5 ó 6 veces en el plazo de diez días. Una vez fue en un ascensor: dije «Buenos días» y un joven me identificó como español y comenzó a interesarse por la situación laboral en España. También cuando estoy con profesores universitarios surge el tema y más de uno, medio en broma medio en serio, ha comentado que él mismo tenía que pensar en la posibilidad de emigrar a España teniendo en cuenta lo que ganaba allá una chica cuidando ancianos frente al sueldo de un profesor universitario en Asunción. Me cuentan que dos muchachos pueden estudiar en la universidad gracias al dinero que envía su madre limpiando una casa en España. Frente a esa gran ayuda, también me advierten de un problema social: en ocasiones, las madres emigran y hay niños y jóvenes que crecen sin el debido control. También se corre el riesgo de que la familia se desintegre: la separación prolongada es un peligro para la pareja y para la educación de los hijos.

La conclusión de todo lo anterior es rotunda: se ve a España como la solución a un problema económico muy grave, a la falta de futuro. También se critica al gobierno por no dar oportunidades a su población. Los paraguayos se indignan de que sus gobernantes se aprovechen de la inmigración y del dinero que envían los que están fuera de casa para presentar unas menores cifras de paro y una mejor situación económica, pero no se esfuerzan por desarrollar sus propios recursos.

Las experiencias anteriores me han alterado el estado de ánimo y me han hecho reflexionar. Se me ocurren mil preguntas: ¿Qué pasará por la cabeza de sus gobernantes? ¿Cómo es posible que dejen a sus compatriotas desamparados? ¿Cómo no se esfuerzan al máximo los responsables políticos, los empresarios y toda la sociedad para desarrollar el país y evitar que ninguna persona tenga que dejar su casa para poder labrarse un futuro? ¿Cómo no se firman mil convenios para que los inmigrantes puedan integrarse en la actividad económica del país receptor con todas las seguridades y derechos? ¿Por qué no se informa, con detalle y sin envoltorios burocráticos, de cuál es la realidad de la emigración y cuáles son los trámites y pasos que deben dar los que tienen intención de ir a trabajar a otro país? ¿Por qué no se les explica cómo es la sociedad española para facilitar su integración? También pienso en la sociedad española que los recibimos: Todos debemos agradecer la contribución que los inmigrantes hacen al desarrollo económico y social de España. Seguro que la gran mayoría de paraguayos como a los que me he referido van a trabajar en la construcción, atienden en los hoteles y restaurantes, cuidan a nuestros ancianos y niños, limpian nuestras casas y trabajan en la agricultura. ¿Cómo es posible que las autoridades no hagan mucho más para evitar casos de explotación por parte de algunos desaprensivos? ¿Cómo es posible que todavía pueda haber un solo ciudadano que mire con recelo a los trabajadores inmigrantes?

Por otra parte, siempre que me preguntan sobre cómo está el trabajo en España me siento incómodo. Me gustaría poder responder que hay trabajo para todos y que los inmigrantes son recibidos con los brazos abiertos, pero, desgraciadamente, la realidad es dura. Suelo indicar que lo mejor es que se pongan en contacto con alguna organización de ayuda a los inmigrantes para que les oriente. Enseguida me surge la idea de que este mundo es injusto, profundamente injusto, y que por haber tenido la suerte de nacer en España, y en esta época, soy un privilegiado, mientras que a otros seres humanos, iguales que yo, la fortuna no les sonrió. La elemental reflexión anterior puede llevar a cualquiera a la conclusión de que todos los que hemos sido premiados por el azar tenemos la obligación de ayudar a los desfavorecidos. Es obvio que los responsables políticos y económicos de los países pobres, y también de los ricos, están concernidos por el problema que nos ocupa. Todos los analistas coinciden en que no hay soluciones sencillas al fenómeno de la inmigración y que los tres ejes principales de intervención son: el desarrollo de los países menos favorecidos para que su población no se vea obligada a abandonar sus hogares; la regulación de los flujos migratorios mediante el establecimiento de convenios y la adecuada legislación y, por último, el desarrollo de planes de integración social en los países de acogida.

Pienso que los emigrantes que han viajado conmigo, que todos los emigrantes, son muy valientes. Son dignos de admiración. Abandonan su familia, sus amigos, su tierra, su vida cotidiana, y se van, solos, a una realidad desconocida y en ocasiones poco acogedora. En muchos casos, parten con escasísima información, con los escasísimos medios económicos que han podido reunir con un gran esfuerzo (en muchos casos contrayendo deudas), sin apoyos sociales y sin un contrato de trabajo. Sus recursos para enfrentarse al reto de la emigración son: necesidad, ganas de trabajar, fortaleza y esperanzas. Merecen un monumento, mejor dicho dos: uno en el país que dejan, y al que ayudan con el dinero que envían a sus familias, y otro en el país al que llegan, porque con su trabajo hacen crecer su economía, incrementan la calidad de vida y con su aportación cultural contribuyen a que el patrimonio de todos se enriquezca.

Concluyo. Ban Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, ha escrito recientemente con el título 'Inmigración y globalización': «En 2006, los emigrantes mandaron a casa 264.000 millones de dólares, el triple de toda la asistencia internacional ( ). No podemos ocultar que la migración también puede tener consecuencias negativas ( ). Existe la oportunidad de abordar esos problemas de forma amplia y proactiva, de modo tal que los beneficios de la migración se aprovechen en los países en desarrollo e industrializados». En Paraguay se ve a España como la solución a un problema económico muy grave. También se critica al gobierno por no dar oportunidades a su propia población