La música del ángel

Retrato y evocación de Juanjo Mier diez años después de su muerte

REGINO MATEO
El compositor Juanjo Mier en el teatro de la Caja. /  SE QUINTANA/
El compositor Juanjo Mier en el teatro de la Caja. / SE QUINTANA

Fue hace ya diez años, en mitad del verano, cuando quienes desde una perspectiva u otra participamos en Cantabria de la pasión por la música, recibimos la noticia de la repentina muerte de Juanjo Mier. Mis recuerdos de aquella fecha se mezclan, cómo no, con la música. Acababa de finalizar en el Palacio de Festivales de Cantabria el oratorio Judith Triumphans de Vivaldi, una obra bella como toda la producción vocal de Vivaldi que hasta fechas bien recientes ha permanecido casi oculta por la popularidad de sus conciertos orquestales.

Precisamente por aquellas fechas, Juanjo estaba trabajando en una obra para órgano, estrenada en la Iglesia de Santa Lucía el pasado agosto tras ser revisada y completada por Esteban Sanz, que recreaba el pasaje bíblico del Cántico de los tres jóvenes, un pasaje que para Juanjo significaba la fuerza, la vida, la superación, la capacidad del espíritu para trascender, incluso para burlar la muerte. El Cántico iba dando forma a lo que él quería transformar en su primer oratorio, en una partitura de grandes proporciones, para la que ya hacía tiempo me había encargado un libreto adaptado al formato de los oratorios primitivos (incorporando un historicus o narrador a los personajes). Un oratorio especial, ya que la visión de los jóvenes se mezclaba con sus propias experiencias vitales y tenía mucho que ver con su lucha contra la enfermedad que le había tenido ya a las puertas de una muerte que, sin embargo, le sobrevivo por un accidente como todos absurdo. Nada más finalizar el oratorio de Vivaldi, Javier Castellanos se me acercó y me dio la mala noticia, una noticia que se extendía y que provocaba cambios en el gesto y un sincero dolor en muchos de los presentes.

Más música, un par de días más tarde, en Santa Marina de Udalla, con otro amigo común, el guitarrista Miguel Trápaga. Un concierto que a punto estuvo de ser suspendido y que tuvo que ser terrible para Miguel. Se estrenaron seis obras para guitarra de seis compositores cántabros. Entre ellos, claro, Juanjo Mier. Miguel recuerda bien cómo fue el trabajo al lado de Juanjo.

Su entusiasmo, sus largas conversaciones para saber exactamente cuáles de sus ideas podían ser transformadas en música para guitarra y cuáles no se adaptaban al instrumento, cuáles eran los límites escuchar cada fragmento junto a Miguel para, como hacía siempre junto a todos los que alguna vez colaboramos haciendo su música, sonreír beatíficamente y murmurar su tradicional «de puta madre», en ese momento en el que reconocía con exactitud las emociones que él había querido levantar hacia el viento gozoso de la música.

Ese mismo optimismo abierto le había hecho llamar a todas las puertas de los santones culturales de la región hasta convencerlos de que era necesario alentar el trabajo de varios compositores buenos y jóvenes que se esforzaban por realizar su tarea en Cantabria. No sólo trataba de ir estrenando sus obras desde aquellas primeras, Santa María que todavía está en el repertorio de José Ramón Rioz y sus chicos, Maribel, la pequeña pieza para piano que dedicó a su esposa y que Ananda Sukarlan estrenó en el Otoño Musical de la Universidad y otras, desde aquellos primeros premios internacionales de composición para órgano con obras como el bellísimo Cuatro Gestos de Ángel que trataba de traducir las expresiones de los angelotes del retablo de La Bien Aparecida. Trataba de articular esas mismas oportunidades para que todos se beneficiaran del camino abierto. Porque Juanjo fue no sólo un hombre de música y talento, sino además generoso y bueno.

El legado de Mier

Estoy seguro de que esta apreciación sería confirmada por Paco Valcárcel y el equipo de La Machina, para quienes compuso la música escénica de 'Macbeth' y la de 'Madre Prometeo'. Por mis compañeros de la Camerata Coral de la Universidad y María del Mar Fernández Doval, que trabajamos con Juanjo codo a codo en 'Madre Prometeo' y en el magnífico 'Santa María de Lebeña' que no tuvo oportunidad de escuchar y que sonó unos meses más tarde en el concierto de Navidad de la agrupación coral.

Por Rosa Núñez y sus bailarines, que dieron gesto y movimeinto al ballet 'El país de nunca es ayer'. Y sobre todo por Maribel, su mujer, y sus hijas, Isabel, Laura y Paula, con ternura y con música.

Queda mucho trabajo que exigir de los responsables culturales para salvaguardar el legado artístico de Juanjo: edición crítica de sus obras, incorporar nuevas grabaciones a las ya materializadas por iniciativa de la Fundación Botín o el Colegio Bellavista de Cueto, en el que fue profesor antes de pasar al IES Leonardo Torres Quevedo, presencia regular de su obra en los programas de concierto... Este verano hemos tenido nuevas oportunidades de encontrarnos con la música de Juanjo Mier.

Y de recuperar con ellas la sensación dulce de la belleza del estreno, esa en la que los oídos abiertos y atentos nos hacían reconocer una obra musical de vuelo, llena de optimismo, tan plena de emociones que resultaba y resulta sobrecogedora, difícil por la atención magnética que provoca, sorprendente por la dulzura sonora generada en partituras sobrecargadas de tensión y furia.

Ha sido hermoso volver a Juanjo Mier en otro agosto, diez años después, en ese mismo Festival Internacional en el que supe su pérdida y en el que por vez primera lo escuchamos resucitar en la voz de una guitarra. Su música ha crecido otra vez llena de pasión y de misterio. Y al escuchar, si cerrabas los ojos, era posible reconstruir aquél rostro de duende burlón, o de arquetu, como tantas veces bromeamos. Y como siempre, sonreía.

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