Suárez, in memoriam

El Rey preside la jura del cargo de Suárez. / Archivo/
El Rey preside la jura del cargo de Suárez. / Archivo

Junto al Rey, fue el ejecutor del gran proyecto político plasmado en la Constitución que nos ha traído hasta aquí y cuyo valor no siempre es ponderado con ecuanimidad

ANTONIO PAPELLMADRID

El alzheimer nos había privado en realidad de Adolfo Suárez hace años, pero el saber que estaba vivo nos acercaba de algún modo la transición al presente, dejaba abierto hasta cierto punto el libro de la historia como si aún cupiera la posibilidad de reescribirlo. Ahora, su muerte real e irreversible petrifica también su propia obra, que refulge si cabe con una claridad mayor que la habitual. Porque quien nos deja ha sido, junto al Rey, el diseñador y ejecutor del gran proyecto político plasmado en la Constitución que nos ha traído hasta aquí y cuyo valor no siempre es ponderado con ecuanimidad. De hecho, se advierte con preocupación cierto revisionismo extemporáneo que pone en cuestión la transición misma, como si sus frutos magníficos no fueran evidentes o como si hubieran errado los padres fundadores al enterrar las viejas querellas y construir sobre ellas el edificio de la reconciliación.

Suárez ha sido, por lo demás, un largo adiós, que empezó a pronunciarse aquel día de finales de enero de 1981 en que el entonces presidente del Gobierno anunció su dimisión, acuciado por las humanas urgencias de sus correligionarios y adversarios que, una vez construido el sistema, deseaban habitar sus habitaciones principales.

Se cerraban entonces cuatro años y medio en los que el régimen franquista se diluyó para dejar paso al naciente sistema democrático, construido mediante un portentoso consenso que dio lugar a la Constitución de 1978, que cerraba a su vez un larguísimo desentendimiento de cuarenta años que arrancó de una ominosa guerra civil. En aquel período, Adolfo Suárez, elegido personalmente por el Rey para llevar a cabo el proceso de apertura y construcción, consiguió la renuncia de los franquistas -la aprobación de la ley de Reforma Política en 1977 fue el harakiri de la caverna-, la confianza de los demócratas y el apoyo masivo de la ciudadanía. Fue un ingente esfuerzo en que Suárez demostró dotes de gran estadista, derrochó capacidad de seducción y se vació políticamente.

De hecho, tras su renuncia en 1981, Suárez ha sido un trasgo desclasado y vacilante que ha transitado sin rumbo claro por los arrabales de la política española. Detestado por la derecha y sin la confianza de la izquierda, con la que se identificaba sociológicamente, intentó el siempre ingrato camino de las terceras vías, sin conseguir la influencia parlamentaria a que aspiraba. Pero, consciente de ser un referente, ha mantenido su papel con dignidad hasta el último momento. De hecho, hoy es un día de luto para la España profunda, que tiene esa memoria intuitiva que nos pone a cada cual en el sitio que nos corresponde. Y en este país, en el que todos tenemos madera de presidente de algo, nadie mereció mejor de por vida ese título honorable que reconoce, en su caso, la paternidad de la convivencia de que disfrutamos.

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