El legado de Suárez

Leopoldo Calvo Sotelo, José María Aznar, Adolfo Suárez y Felipe González, en el Palacio de La Moncloa en 1997. / Efe/
Leopoldo Calvo Sotelo, José María Aznar, Adolfo Suárez y Felipe González, en el Palacio de La Moncloa en 1997. / Efe

La gran biografía política de Adolfo Suárez arrancó en julio de 1976, cuando el Rey anunció su designación, y concluyó en febrero de 1981, cuando entregó el testigo presidencial tras la horrísona convulsión del 23F

ANTONIO PAPELLMADRID

Adolfo Suárez fue, con el Rey, el fundador del sistema político de que disfrutamos. La visión de futuro y la pericia procesal de ambos hicieron posible la conjunción de voluntades que dio lugar al período constituyente y a la redacción por consenso de la Constitución de 1978 que, aunque avejentada en algunos aspectos, guía todavía nuestra convivencia con ecuánime sobriedad.

La gran biografía política de Adolfo Suárez se reduce en realidad a este logro trascendental que duró poco más de cuatro años y medio: arrancó en julio de 1976, cuando el Rey anunció su designación de entre los tres candidatos que le había propuesto el Consejo del Reino, y concluyó en febrero de 1981, cuando entregó el testigo presidencial a Leopoldo Calvo Sotelo tras la horrísona convulsión del 23F. Al abandonar el poder, Suárez tenía sólo 48 años, y el resto de su trayectoria carece prácticamente de relevancia desde este particular punto de vista político ya que sus incursiones posteriores en la vida institucional fueron poco exitosas y en ningún momento pudo competir con los partidos instalados ni mucho menos incrustarse en ellos.

Suárez, a quien no se le puede regatear el calificativo de estadista, tuvo el acierto, en combinación con el Rey, de improvisar -esta es la palabra, porque no había pautas- en once meses un magnánimo proceso de edificación institucional de un régimen de libertades plenas a la vez que se construía en el parlamento el gran marco jurídico del porvenir. Probablemente aquel intento hubiera resultado fallido de no haber corrido a cargo de una persona con grandes dotes democráticas de diálogo y consenso. Suárez, un gran seductor, era capaz de consumir horas enteras convenciendo a cualquier interlocutor, buscando lugares comunes con él, intentando evitar el conflicto y hallar una zona de entendimiento. Suárez, muy atento al pulso del país y a las insinuaciones de la ciudadanía, convenció a la entonces oposición rupturista -el PCE y el PSOE, sobre todo- de la genuina sinceridad de su proyecto hasta que se prestó a jugar aquel juego; convenció a los franquistas de que no había otro camino que la democracia y la apertura; y consiguió poner en sintonía todas las sensibilidades -franquistas, antifranquistas, derechas, izquierdas- hasta alumbrar la Carta Magna que sería desde entonces la hoja de ruta de la convivencia de todos los españoles.

Y éste es, en fin, su doble legado: la Constitución y el talante democrático para vivir en democracia. En esta hora en que surgen conflictos graves y se plantea la conveniencia de modernizar la Constitución en lo accesorio para que perviva lo fundamental, la referencia de Suárez es importante porque fue él quien aportó a esta España cainita -la historia de nuestros siglos XIX y XX no es precisamente ejemplar- la capacidad de diálogo, el talante respetuoso hacia el adversario, la negociación incansable y la búsqueda afanosa del consenso con la conciencia de que en cuestiones fundacionales sólo la unanimidad en el origen garantiza la estabilidad.

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