Un hombre de Estado

Adolfo Suárez, en el Congreso./
Adolfo Suárez, en el Congreso.

Pasará a la Historia de España como uno de nuestros grandes gobernantes con Cánovas, Sagasta, Maura o Azaña, con errores pero también grandes aciertos y sobre todo visión de país

Creo que la expresión que mejor define a Adolfo Suárez como político es la de hombre de Estado, aquel que sabe trascender lo que aparece como interés inmediato o más obvio -la conservación del poder-, en aras de un objetivo superior, en su caso la creación de un Estado democrático de Derecho.

Fue designado por el Rey para impulsar un proceso de cambio político de sentido democrático y, aunque su nombramiento no fue bien recibido, en dos años escasos convirtió a España en una democracia constitucional desde una legalidad formal autoritaria. Su obra de gobierno fue excepcional si se tiene en cuenta que tuvo como gobernante que enfrentarse al mismo tiempo con una crisis institucional, una crisis económica y una brutal acción terrorista que desestabilizaba a diario el proceso político y alteraba el mundo militar.

Su primer gran éxito fue la Ley para la Reforma Política, obra maestra de la técnica jurídica y de la acción política que permitió una transformación legal de algunas instituciones y canalizó la primera etapa del proceso de cambio. Su segundo gran acierto fue la Constitución de la Concordia, hoy vigente, que fue elaborada con un amplio consenso y refrendada muy mayoritariamente por el pueblo español por primera vez en su historia. Los Pactos de la Moncloa fueron su tercer gran logro. Contribuyeron a enderezar la situación económica y, sobre todo, permitieron desvincular el proceso constituyente de la vida política cotidiana y de la normal confrontación democrática entre partidos. Todas las leyes de su etapa de gobierno contribuyeron a la modernización de la sociedad española.

La España realmente moderna empezó pues con y por la acción de Suárez. Su obra de gobierno no siempre fue bien comprendida por muchos de sus electores. Es el sino del hombre de Estado. Integrar a todos -que siempre fue su propósito- implica ceder y conceder. Y esto es con frecuencia difícil de aceptar. Hoy, con perspectiva, podemos hablar de obra de gobierno excepcional.

Y concluyo con alguno de sus rasgos personales: era simpático y cordial, respetuoso siempre con el adversario, gran conversador y muy intuitivo. Tenía un notable olfato o instinto político para adoptar decisiones rápidas cuando eran necesarias pero, normalmente y en contra de lo que muchos creen, estudiaba y preparaba concienzudamente, analizando alternativas, sus decisiones más importantes o de mayor repercusión y calado.

Pasará a la Historia de España como uno de nuestros grandes gobernantes con Cánovas, Sagasta, Maura o Azaña, todos ellos hombres de Estado, con errores pero también grandes aciertos y sobre todo visión de país. Ninguno sin embargo logró tanto como Adolfo Suárez. Le debemos gratitud. Descanse en paz.

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