Cuando Suárez unió lo imposible

Adolfo Suárez hace el signo de la victoria a sus seguidores./
Adolfo Suárez hace el signo de la victoria a sus seguidores.

Montó un partido, UCD, en el que la ficha más extraña que no casaba con nadie era el propio presidente

FÉLIX MADEROMADRID

El 2 de febrero de 1977 el periódico The New York Times publicó un artículo que James M. Markham titulaba así: 'Mr. Suárez has a plane' (Suárez tiene un plan). Quizá fuera mucho decir que tuviera siquiera despejado su futuro más allá de un trimestre, pero si no era así, lo parecía. Lo cierto es que en un viaje a Estados Unidos, y sin existir aún la UCD, el presidente sostenía ante los periodistas que España necesitaba una Constitución, una reforma fiscal, un pacto social, una nueva política exterior y resolver el problema de las regiones. La prensa internacional había bendecido la decisión del Rey de nombrarlo presidente, alababa su gestión no exenta de dificultades y empezaba a especular sobre su determinación a la hora de terminar su carrea política pasando a la Historia como el hombre que trajo la democracia o continuar liderando una nueva formación política. Ardua tarea esta porque de las cosas que no admiten dudas para los que mejor han estudiado su personalidad es que Suárez no tenía más ideología que la que invoca el pragmatismo cada vez que se junta con la política.

Era todo: un liberal, un democristiano, un centrista sin centro, un socialdemócrata, un reformista. Con semejante bagaje dónde encajar. Pero este fue un problema ulterior, antes Suárez deshojó la margarita de si presentarse o no a las primeras elecciones democráticas. Como ha sido norma en todos los presidentes democráticos jugó con los gestos, sus silencios e intenciones más o menos declaradas. Todo un enigma hasta que, tal y como se cuenta en la mejor biografía escrita hasta el momento, la de Juan Francisco Fuentes -'Adolfo Suárez. Biografía política' (Planeta, 2001)-, una colaboradora tan cercana como Carmen Díaz de Rivera adelantara en un periódico lo que luego terminó sucediendo: «Me da en la nariz que el señorito va a seguir tras las elecciones».

Hay que ser muy audaz y algo más que atrevido para tomar a dos meses de las primeras elecciones democráticas la decisión de liderar un puzle en la que la pieza más novedosa y extraña y la que no casaba con ninguna otra era el propio Adolfo Suárez. No tenía nada que ver, sino todo lo contrario, con José María de Areilza, Pío Cabanillas, Joaquín Garrigues Walker, Manuel Clavero, Francisco Fernández Ordóñez, Lorenzo Olarte, Fernando Álvarez de Miranda, José Ramón Lasuén o Ignacio Camuñas. Y si algo unía a todos estos nombres era una cierta inquietud por un personaje que a última hora amenazaría con quedarse con todo sin renunciar a nada de lo que fue. Suárez no podía pensar en un encaje en el centro izquierda, que seguramente él tampoco se hubiera perdonado, y sobre todo porque el PSOE no encarnaba un espacio moderado, era un partido republicano y marxista. Tampoco en la derecha pura y también dura en la que ya estaba Manuel Fraga tenía acomodo. Entre AP y PSOE, Suárez, muy dado a dibujar sus estrategias en un folio, encontró su hueco: el centro. Un espacio que ya ocupaban personas prestigiosas y con el titulo de demócrata que nadie les discutía, por ejemplo Joaquín Ruiz Giménez, José María Gil Robles o el ya aludido Álvarez de Miranda.

A principios de 1977 dos fuerzas se disputan el centro: el Partido Popular, con Areilza a la cabeza, y el Centro Democrático, lugar donde encontraron cobijo liberales y democristianos. Mientras Suárez pensaba una aproximación no faltaron los que le recomendaron que encabezara la lista por Madrid del Centro Democrático, pero que nos descartara presentarse con su nombre y apellidos porque era tal su popularidad que haría estallar las urnas. Eso es lo que le decía José Luis Sanchís, un asesor que aguantó con él hasta minutos después de su salida de la Moncloa.

Gentes cercanas a Suárez como Eduardo Navarro y Rodolfo Martín Villa se inventaron nombres de formaciones inexistentes con la marca del centro político para evitar que otros las tomaran. Eso, recuerda el catedrático Juan Francisco Fuentes, era lo que se llamaba un partido taxi: te subes a un taxi con tres amigos y fundas un partido con el taxista. El 3 de mayo, y en un medio tan conocido para él como la televisión anuncia a los españoles su incorporación a la candidatura de Centro Democrático, pero como independiente y sin dejar de ser presidente del Gobierno. Y ya estaba el lío, porque nadie en aquel momento, tampoco hoy sabía donde empezaba el candidato y donde terminaba el presidente. Al final nació la coalición Unión de Centro Democrático, una marca muy por debajo del nivel de conocimiento y popularidad de Suárez. Aquello fue así de claro: o Suárez o la nada, y así se lo hizo ver a los barones de entonces. La historia dice que tenía razón, por eso se quedó con todo el poder ante la atónita mirada del conde de Motrico, José María de Areilza, convertido ya en una víctima de la egocéntrica y realista visión del presidente.

Y así, el 24 de mayo de 1977 comenzó aquella campaña electoral que sería cosa de dos partidos, UCD y el PSOE. La coalición gubernamental consiguió su mejor resultado, 165 escaños. Dos días después fue nuevamente confirmado por el Rey como presidente del Gobierno. Y así siguió, ganando elecciones, las generales de 1979, municipales y autonómicas. Hasta llegar a 1982 cuando una UCD sin Suárez quedó en manos de Landelino Lavilla que consiguió 11 escaños. Fue el final de aquellas siglas pegadas con pragmatismo a la rueda de la Historia de España. El final de una marca usada como un trampolín por un hombre que en un lustro lo tuvo todo y pasó a no tener nada.

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