Evangelina Fernández, Mujer del Año 2019 de Campoo de Enmedio

Evangelina Fernández, en Bolmir, su pueblo. /J. L. Sardina
Evangelina Fernández, en Bolmir, su pueblo. / J. L. Sardina

Reconocimiento.El municipio campurriano homenajeará este martes a la vecina de Bolmir

Ernesto Sardina
ERNESTO SARDINASantander

El jurado del certamen que convoca el Ayuntamiento de Campoo de Enmedio ha seleccionado esta semana a Evangelina Fernández Llanillo, vecina de Bolmir, como la Mujer del Año 2019 de este municipio campurriano. El acto de entrega de esta distinción tuvo lugar el pasado martes, en el Ayuntamiento de Campoo de Enmedio y contó con la asistencia de la vicepresidenta del Gobierno de Cantabria, Eva Díaz Tezanos y del regidor de Campoo de Enmedio, Pedro Manuel Martínez.

Aunque vecina de Bolmir desde hace casi setenta años, Evangelina Fernández, que tiene 89 años, nació el 11 de junio de 1929, en Vallespinoso, pedanía en aquellos tiempos de Pedazancas y actualmente de Aguilar de Campoo. La tercera de seis hermanos, 'Eva', como la llaman sus familiares y amigos, es una persona «valiente, luchadora, agradable, coqueta, con mucho humor y que pasea todos los días, siempre que las condiciones lo permiten, por las calles de Bolmir y, los miércoles, se acerca al local de la Asociación de Mujeres de Bolmir a tomar su chocolate y a jugar a las cartas».

Es precisamente esta agrupación de mujeres, que preside María del Mar Zubelzu, la que presentó la candidatura de Evangelina Fernández al certamen, la cual, finalmente y tras la decisión de jurado compuesto por la concejala de la Mujer y por varias representantes de las asociaciones del municipio, ha sido elegida.

Eva, además de acudir a la escuela, a la que solo faltaba cuando nevaba, dedicaba su tiempo a cuidar del ganado, o bien acompañaba a su padre en la siembra de las patatas, el trigo o el centeno.

A los 14 años, una vecina le comentó a su padre que unas señoras de Reinosa, que regentaban un comercio, necesitaban una chica para servir. Su padre no estaba muy conforme, porque decía que unas patatas y un trozo de pan no la iban a faltar, pero ella vio los «cielos abiertos», porque, según afirma, «nunca le gustaron las labores del campo».

«Mientras estuve trabajando en casa de estas señoras, fui muy feliz», explica. «Comía lo mismo que ellas, aunque lo tenía que hacer en la cocina, (en otras casas las chicas del servicio comían lo que sobraba). En las fiestas importantes como Navidad me invitaban a cenar en el comedor con ellas».

«El sueldo era de 5 duros al mes, no tenía días libres, pero prefería eso antes que estar realizando las tareas del campo», explica.

Con el tiempo cerraron el comercio, porque ya eran mayores y se marcharon a vivir a Granada con una sobrina. «Me quisieron llevar con ellas, pero su padre no se lo permitió».

A través de unos conocidos encontró otra casa donde trabajar. En esta ocasión ya la dejaban salir los jueves un poco por las tardes y se iba con las amigas a bailar al 'Romea', donde conoció a un chico de Bolmir, Lucio García, que se convertiría en su novio.

Con 23 años, se casó y se fue a vivir a Bolmir, a una casa de renta, mientras empezaban a construir la suya propia, pero no la tenían aún terminada cuando tuvieron que dejar la de renta a instancias de la casera que la necesitaba para un familiar. Con dos hijos, en invierno, con frío y de la peor manera fueron a su casa llevando los enseres a cuestas.

A los once años de casada, el marido, con 38 años, enferma, el médico se negaba a mandarle a Valdecilla y cuando por fin le llevaron resultó que ya era tarde. Los análisis, que costaron 300 pesetas de aquellos tiempos, demostraron que todo lo que el médico le había recetado acabó con su vida porque era alérgico a determinados fármacos.

Le quedó una miseria de pensión para sacar adelante a dos hijos y con la casa sin terminar. Buscó trabajo en Cuétara, donde estuvo tres años. No faltó ni un solo día, nevara o calentara el sol. Trabajaba a relevos y gracias a las vecinas y a que los niños ya iban creciendo, no sentía que estuvieran desatendidos, pero se la terminó el contrato y no se lo renovaron.

También lo intentó en La Naval, para trabajar en la limpieza, y en principio la colocaron, pero después la ofrecieron emplear al hijo, que ya tenía 18 años, si ella se quedaba en casa. Lo aceptó encantada porque era el porvenir para su hijo. La hija también trabajaba haciendo «la labor por las casas».

Tanto el hijo como la hija se casaron y Eva pronto fue abuela de tres nietos. Pero cuando todo empezaba a marchar llegarían dos golpes muy fuertes. Primero, la muerte de su hija con 42 años y, después, el fallecimiento de su nuera.

Actualmente tiene dos biznietos, un chico y una chica, que «son mi alegría».