Mucho arriero, mucho puchero

El hambre y las enfermedades castigaban lo de casa y eran necesarios forasteros que, antes de hacerse al lugar, lo pasaban atroz

Imagen del propio Javier Garay con el último barco que vino a cargar al puerto de Castro Urdiales./Javier Garay
Imagen del propio Javier Garay con el último barco que vino a cargar al puerto de Castro Urdiales. / Javier Garay
javier garay .
JAVIER GARAY .Castro Urdiales

En una de las charlas de esta semana marinera en Castro, escuché a un interesante conferenciante hablar sobre escabeches y arrieros y me dio una idea para este artículo de un libro escrito por mi y sin editar que trata de la esencia de la vida en la mar y del pescador en toda su magnitud. El libro le reflejo a través de mis vivencias y costumbres adquiridas y documentos y viejas tradiciones orales. Para ello, compuse de mi inquieto coco algo más de 400 refranes para explicar todos esos conocimientos y así ideé el refrán que titula esta crónica y dar un testimonio de lo que fue ese movimiento pesquero en Castro, allá por mediados del siglo XIX, cuando se iba a remo y vela y así está en el libro tal cual: 'Mucho arriero, mucho puchero'. En octubre, la flota de bonitos arranchaba la maniobra y aguardar las varas, el bonito navegaba muy abierto y comenzaba el otoño a enseñar sus dientes. Pues bien, aún sin abrirse oficialmente la costera de besugos, las lanchas que se iban a dedicar a esta labor ya hacían pesca y salían por las marcas cercanas a panchos. Estos abundaban tanto y estaban en tan pocas brazas de agua, que se podía haber llenado una lancha de ellos en una mañana de pesca y, se decía, la parada entre–costeras. Pues cuando terminabas, por ejemplo, la de bonitos, tenías que esperar la de besugos que, a veces, si los tiempos eran malos se podía alargar hasta un mes. Pues a ese mes, el pescador no descansaba. Hacía lo que fuese necesario para llevar el sustento a casa y los panchos eran lo mejor.

El refrán que titula el artículo era típico del S.XIX, cuando se pescaba a remo y vela

Esta pesca no tenía la salida del besugo gordo, pero sí eran apetecidos por compradores cercanos que los compraba baratos. Venían de las cercanías: Sopuerta, Valmaseda y hasta de Medina de Pomar y cargaban todo lo que podían. Casi siempre era compra familiar, lo ponían en escabeche para pasar el invierno, decían. Si podían apañar congrios y chicharro, lo hacían. Al fin y al cabo, eran costumbres de siempre. Había como un pequeño mercadillo, algo sin control, pues existía la costumbre y hasta hace poco se practicaba que, el pescador, al dejar la costera y esperar a la próxima, se agenciaba de botes o botrinos y si no era él solo, eran varios los pescadores que salían a por un chamisquillo consentido. Era tanta la penuria, que la familia del pescador solo sobrevivía en las costeras. Los periodos de parada, te tenías que buscar la vida. Entonces, la huerta y la viña era el complemento, pero no todos los pescadores poseían terrenos, solo los tradicionales, porque en Castro siempre había una población que germinaba viniendo de fuera.

Las levas, hambre, enfermedades y naufragios castigaban lo de casa y siempre eran requeridos brazos «forasteros» que, antes de hacerse al lugar, realmente lo pasaban atroz. Les podía hablar de muchos ejemplos, de estas pequeñas masas de gente que, desde siempre, hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo –familias enteras de forasteros– se llegaban a Castro en busca de una mejor vida. Ellos entraban a componer parte de las tripulaciones en las lanchas y luego vapores y ellas a cualquier trabajo posible, como era lavar la ropa en el río en invierno, trabajar en las fábricas de pesca o ejercer de sirvienta. Si miramos los padrones y listas de pesca, veremos que siempre hubo esa marea de inmigrantes que, viniendo de fuera –las más de territorios vascos–, vivieron en las más míseras de las condiciones humanas, llegando el caso de ocupar hasta los borciles de la atalaya, casas abandonadas y ruinosas e, incluso, habitar la caseta de los prácticos. Esta gente vivió siempre con mucha dignidad y se integró prontamente en las tareas de pesca, destacando a veces por su dedicación y engrandeciendo el sector pesquero, siendo normal encontrar grandes patrones de pesca entre ellos. Lo del dicho era porque a veces se encontraban en la plaza del Ayuntamiento docenas de acémilas a la espera de pesca.

Esta ancestral costumbre perduró hasta bien entrados los años cincuenta del pasado siglo, en que la pequeña flota pesquera –boteros y pescadores que estaban entre costeras–, se hacían a la marca de pesca: Barandilla, al Mocho, Mochillo y demás bajos del Castro Verde, en busca de panchos, ya pronto besugos. Eran embarcaciones ya de motor, aunque, pocos años atrás, aún iban a remo. Recuerdo sobre todo una tarde de mediados de noviembre de 1957 en que a media tarde, entraron las pequeñas embarcaciones hasta los chafareles de besugo. Mis tíos, junto a mi padre, salieron en el Delfín Verde y trajeron catorce cestos de ellos y cada cesto llenaba más de tres arrobas de besugo. La plaza del Ayuntamiento estaba anegada de cestos y compradores. Ese día pescaron todos y los arrieros venían de todas las orillas montañesas inundando la plaza, pero ahora no con mulas sino con camionetas, aunque alguna se veía. Esto se hace bueno preguntando, ya que aún hay pescadores por el puerto que pueden hablar de estas costumbres y concretamente de los años cincuenta. Yo ese día y con mis ocho añitos lo tengo marcado. Ayudé a bajar algún cesto de la bodega y recuerdo, sobre todo, que el bar Pedrín compró una abeja de tres kilos en 25 pesetas, pero la desdeñó porque la mancha negra sabía amarga y cuando esto pasaba, el pez se tiraba. Ahora, es un manjar con mancha y sin ella. Lo del dicho, es que esta forma de sobrevivir, allá por el siglo XIX, no traía a casa ninguna clase de economía, pues solo se pescaba los días realmente buenos. Según había algo de brisa los botes no salían. También, y hay que reseñarlo, se solía buscar un día festivo para que los arrieros o compradores de nuestras cercanías pudiesen venir en conjunto y si el día de pesca era bueno, la fiesta era para todos.

 

Fotos

Vídeos