La barbarie revolucionaria francesa

La pintura muestra el asalto de los franceses a Castro Urdiales en 1813.. /Salón de Plenos del Ayto. de Castro Urdiales
La pintura muestra el asalto de los franceses a Castro Urdiales en 1813.. / Salón de Plenos del Ayto. de Castro Urdiales

El 11 de mayo de 1813 es el 'Día cero' en la historia de Castro Urdiales, cuando el pueblo perdió parte de su identidad

JAVIER GARAY Castro Urdiales

La gran debacle castreña de ese día, 11 de mayo, viene como consecuencia de los casi cuatro años que pasaron los franceses en la villa y no tanto como la pantomima de Álvarez con la bandera negra.

Se dieron muchas muertes en las pedanías castreñas antes del día 11 de mayo, cuando aún no existía la ofensa, por lo tanto, no cuadra. Dentro de la villa había mucho afrancesado, gente que estaba con las tropas de asalto y que caciquearon mucho con los franceses durante cuatro años y que tuvieron que salir con ellos en julio de 1812, cuando fueron expulsados. Estos afrancesados fueron los que azuzaron la represalia. Castro tenía un puerto muy necesario para las tropas francesas y sus acciones en el norte peninsular. Francia necesitaba Castro a cualquier precio y, sin ninguna duda, por los generales que aquí vinieron, trataron sobre nuestro puerto con el mismísimo Napoleón, de quien dijo el biógrafo Teixeira de Pascoasse: «Napoleón no cabe en Europa. Es un Dios que se retrasó en el camino». Traerá con su revolución un torbellino de violencia a nuestra patria que no estaba preparada para ella, ni la entendía el bien nacido. Y lo mismo que a la monarquía de entonces, así como a quienes se creían liberales impolutos, se les atragantó. No pasó ni pasa desapercibida en Castro la revolución, donde tanto el invasor como el castreño dejó huella imperecedera para siempre. Mires por donde mires, en Castro está latente aún el estampido loco de los cañones y la acometida asesina de los bárbaros, que no soldados.

Mucho les costó tomar la plaza a las tropas invasoras e incluso el capitán de campaña, Nicolás Marcel, dejó escritas unas memorias de su estancia en Castro -Librairie Plon, París 1913- y dice, refiriéndose al Sitio de nuestra Villa: «Las mujeres del pueblo venían a diario a agotarnos de tonterías y levantando sus sayas nos enseñaban su trasero...Después de toda una noche de disparos que encendían, subimos con escaleras por los huecos de los cañones sin nadie que combatir y en la ciudad fui testigo de los horrores que se cometen en una ciudad asaltada. Nuestros soldados habían encontrado cantidad de vino y todos o casi todos estaban borrachos e hicieron abusos abominables que los oficiales no pudieron impedir. Todas las mujeres sufrieron violaciones, sin que la infancia ni la vejez fuese respetada por el soldado. Unas mujeres jóvenes prefiriendo la muerte a la vergüenza, fingieron acceder a los deseos brutales de los soldados, pero queriendo, decían, buscar un sitio apartado, condujeron a esos hombres a la orilla de la mar y allí se precipitaron intentando llevarse con ellas a los hombres. En las calles no se veían nada más que cadáveres, mujeres desnudas huyendo delante de los soldados, sobre todo los italianos que se mostraban aún más animados que los franceses. Queriendo salvar a una mujer de las manos de esos caníbales, casi recibo un disparo y me salvó un hombre del 6ª ligero y conseguí que dejaran esta presa que probablemente pasó a ser luego la de otros furiosos». Javier Echavarría, nuestro mas insigne historiador y que conoció de presencia a varios supervivientes de aquella epopeya, dice al respecto: «Enseguida de hallarse aquellos monstruos sin testigo y acompañados de su furia infernal se lanzaron al saqueo, la violación y el pillaje, prendieron fuego al pueblo por varios puntos y solo se salvaron los que habían podido lograr una lancha. Todos perecieron de diferente manera a cual más inaudita y horrorosa. Un niño recién nacido fue arrojado a la mar vivo, otro tirado a la calle por una ventana, otro llevado en triunfo sacrílego por un soldado, ensartado en la bayoneta del fusil. Antonia de los Heros, abrasada viva en su casa; Joaquina de Barona, obligada a echar al agua los cadáveres de dos sobrinos, un cuñado, su padre, su madre, su marido y un hijo de tierna edad, después de haber presenciado la muerte cruel que les dieran a su vista».

Además de los forasteros de quienes no se ha hecho información, y fueron más de cien, murieron 309 personas de la villa, contándose 42 solteros, 82 niños y los restantes 185 vecinos. Pocos días estuvieron los franceses en Castro Urdiales después de ese 11 de mayo, pero nada más abandonar la plaza, se lanzaron los castreños papel y pluma en mano, calle por calle y vecino por vecino a plasmar y dejar para siempre una memoria, donde se resalta la atrocidad cometida y que no encaja en ninguna de las guerras protagonizada por los franceses en nuestra península. Cincelaron las casas, haciendo reflejo del incendio y los muertos en calles, muelles, piedras, islotes, caminos y montecillos, dejaron improntas. Documentaron la tragedia, que se encuentra en la actualidad en el Archivo Municipal y otras evidencias más que reseñables de aquel fatídico 11 de Mayo de 1813. Santa María presenta el impacto de varias balas encajadas en su fachada: los cañones que dispararon cerca de los farallones, sirven de amarre a los barcos en la actualidad. Tenemos los cuadros de Quintana en la Sala de Plenos del Ayuntamiento que plasman la más cruel y dura realidad del día cero para los castreños, que lo perdieron todo, hasta su identidad.