La mar que se canta

Orfeón de Castro Urdiales en 1912. /Jesús Garay
Orfeón de Castro Urdiales en 1912. / Jesús Garay

El Orfeón de Castro Urdiales se juzgó único y sin procedentes en la historia de las masas corales de entonces, obteniendo seis diplomas de honor

JAVIER GARAY Castro Urdiales

Poco antes de su muerte, Ataulfo Argenta estaba inmerso en un maravilloso trabajo que no era, ni más ni menos, que componer una sinfonía sobre el deje tan cantarín de su tierra. Vivir tan cerca de la mar, con su sintonía de olas, es lo que nos ha dado ese timbre prolongado que tenemos al hablar y que hace que la gente de otros lugares se maraville. Ya Castro Urdiales se asienta sobre unos altísimos peñones que azotan con furia las hordas de la mar. Los días de calma, sobre estos peñones y sus orillas, la mar los arrulla, los besa, los sisea, pareciendo que el agua, como lengua oceánica, quiera lamerlos hasta derretirlos con sus vaivenes a modo de chupa chups. El sol de la mañana siempre da a Castro y sus rayos dorados embellecen aún mas los blancos besos de la mar y las gaviotas gritando sobre Santa María acompañan a esta sinfonía de mar soñada por Argenta. Siempre, y aún hoy, según se comienza a levantar el sol se desperezan estas maravillosas aves y al atardecer, al acostarse el sol, tambien se acuestan estas blancas aves a las que mucho debe el pescador.

Si nos situamos en la Atalaya veremos como todas las gaviotas de la comarca oeste de Castro van volando en dirección al alba, a la clara del nuevo día que nace y al atardecer, al sejo como decimos los pescadores, tambien acompañan el ocaso del sol y se acuestan con él en sus acantilados de los Pendios, Oricovi, Malipica y Candina. La verdad que no sé porque se las mira como a las ratas de la mar y se las persigue con saña porque molestan y ensucian, habiendo miles de soluciones para solventar estos problemas. Decir de la mar, cuando el pescador, desde sus aposentos, sabia oírla e interpretarla para saber desde la cama si ese día sería de pesca o descanso, pues cuando hay mar de fondo, las cuvareñas, bucarones, cañones, bufaderos y soplones ponen una nota armoniosa al estampar las olas su furia en la mar y resoplar por toda la costa como lo harían todas las ballenas de los océanos y el pescador leía esta sinfonía mágica con filosofía ancestral de vida o muerte.

La onda de mar, cuando llega, lo hace sin ruido, silenciosa, casi ausente, pero un ligero siseo que no se le escapa al pescador avisa de su peligro ya que pronto presta a desbocarse sobre la costa, romperá con tal estruendo que todos los sifones, grietas, huecos y cuevas ciegas gritarán al unísono su ruido y al retroceso rugirá como el gigante de los mares, como la caracola de Neptuno esa es la resaca, que retrocede en millones y millones de globitos, burbujas o como decimos los pescadores, burbia y es aquí donde la sinfonía de la mar da, el do mayor pues cuando la mar se siente herida de muerte, como ballena arponeada, retrocede arrastrando rocas, a veces barcos y otras vidas, porque el peligro no es la ola al llegar, sino al partir que, mal herida, vende cara su vida sobre los farallones que a modo de escudo han parado su ímpetu. Pues bien, la sinfonía de la mar no pierde sus ritmos, que son autenticas notas, los pedregales aúllan y las arenas musitan, todo es ritmo en un frenesí de orquesta muy variopinta en la que nada desentona. De todo esto surgió nuestra canta, de la bravura de esta mar que hacía que el pescador cantase sus tragedias cuando acontecían.

En 1927 se hundió el vapor Juanito con siete pescadores castreños. La Paz perdió varios pescadores y así en gotera trágica siempre. Nuestro cronista y castreño Juanchu Bazán perdió a su abuelo y a su padre en sendos naufragios, si sabrá, el, del dolor de la mar. Pues bien a tal tragedia los castreños, componían canciones y las interpretaban por las calles con algunos de los supervivientes, tomando una sabana y cada uno por una esquina hacían saco y mendigaban limosna para las viudas. Esto es auténticamente verdad y el cancionero de Castro está repleto de canciones de la mar que el pescador escribía para eso para pedir por las viudas en aquellas épocas de penuria: «Somos cuatro viudas que imploramos caridad porque un día de niebla perdimos a nuestros esposos e hijos en la mar», dice una bella canción castreña después de una gran calamidad donde se perdieron muchos pescadores. Bien, ante esto, Argenta lo intentó y no pudo terminarlo porque su prematura muerte se lo impidió. Grande Castro, porque un grupo de castreños lo intentó y consiguió, creando la Sociedad Coral de Castro Urdiales en honor a las sintonías de la mar.

Benito Arregui fundó en 1904 un orfeón que cosechó triunfos gloriosos. En Oviedo, en 1917, obtuvo el segundo premio cantando a Castro con 30 voces. Otro primer premio de la Coral con 36 voces, con la canción La Voz del mar que según las crónicas se hizo con «verdadera corrección y con superioridad indiscutible».

En agosto de 1926 obtuvo dos primeros premios y con Marcelino Olavarrieta como director obtuvo los dos primeros premios interpretando 'En el Bosque' y 'La Fe y la Esperanza'. Luego toma la Coral un joven Arturo Dúo en 1927 y dice lo siguiente El Diario Montañés y su crítico musical de entonces de nuestro gran compositor y músico: «Podemos afirmar, que pocas veces hemos oído interpretaciones tan justas, tanto en la afinación y medida, como en el admirable concepto de que las composiciones corales tienen su joven y notable director Sr Dúo, alma de esta agrupación, que engrandece el valor artístico de la montaña». El Orfeón se juzgó único y sin procedentes en la historia de las masas corales de entonces. Obtuvo seis diplomas de honor, ya que cantaban con amor, al haber surgido con tintes espirituales, en aquel remoto mar castreño de sinfonías, tragedias y leyendas y llego a ser un poder, que encarnaba el nervio y la raza de nuestros peñones, de sus olas, sus barcos y sus gentes de la mar. Triunfaron, porque llevan alma marinera, la de su puerto, la de su origen, la de su deje. ¡Aúpa la Coral de Castro, que supo cantar la mar!