Castro soy, Castro he sido

Castro soy, Castro he sido

La ciudad es toda una entidad que va desde la punta de la Atalaya, hasta la punta del Torrejón o más popularmente las Peñas, donde está el Náutico en la actualidad

JAVIER GARAY

Castro soy, Castro he sido, asiento en firme montaña y a la corona de España, con lealtad siempre he servido. Así reza una de nuestras redondillas históricas y que acompañan al blasón castreño. Castro, y ya está dicho, es toda una entidad que va desde la punta de la Atalaya, hasta la punta del Torrejón o más popularmente las Peñas, donde está el Náutico en la actualidad.

Estos dos puntos cerraban las murallas castreñas por la mar y aún pueden verse ciertos restos tanto de muralla, como parte del sistema defensivo. Castro, por sus condiciones, surge a la historia asentado sobre muros naturales que vuelan al cielo y penetran a la mar, haciendo de nuestro rincón un paraje marino casi totalmente inexpugnable a invasiones por mar, que da origen a su nombre, como un castro natural y, por esto, esa otra redondilla de: «Con las peñas que tenemos por fundamento en la tierra, al mundo daremos guerra».

Pero también Castro es casi inexpugnable al proceloso mar Cántabro, ya que estos cabos y sus recovecos, en el lugar más septentrional de nuestra costa castreña, absorben gran parte del ímpetu marino que viene del noroeste y, sin ellos, Castro nunca se hubiese fundado y hoy sería un lugar famoso a nivel mundial para practicar surf, ya que sus condiciones de profundidad, arenales y ubicación, nos hubiesen dado las vacas más grandes de los océanos, para tomar olas y no exagero.

«No hay ni ha habido ola más grande que trepe por los acantilados que la que a veces ha inundado el Campillo Sagrado»

Ver estas dos puntas defendiéndose de las procelosas olas de los océanos es todo un espectáculo y, a veces, hasta la mismísima Santa María tiembla ante el tronar de las masas de agua, lamiendo sus bases. La ola que nos llega, y no son todas, es muy rebelde y, a pesar de haber dejado su ímpetu en la punta del Rebanal y haber penetrado en Urdiales y dejado mucha energía en sus arenales y Luchana, aún tiene fuerza para atacar con saña la cala de los Canteros, dejar parte de su energía en el Pedregal y sobre los bucarones de esta zona. A veces trepa tanto por la misma Atalaya que las riadas de mar arrastran los coches y se anega hasta la misma plaza del Ayuntamiento, al descender las aguas, por la calle de San Juan.

Esta misma onda, aún muy agresiva, penetra en los acantilados del Campo Santo o Callejón de Santa María, en el Corralillo e irrumpe por su estrecha canal arbolándose al llegar al matadero viejo y derramándose por el Patio de los Gatos, teniendo que ponerse los vecinos a salvaguarda.

La onda salvaje decrece en su ímpetu pero aún anuncia fiereza y es aquí donde mayor resistencia encuentra, ya que a los pies del Castillo, en su lado Oeste, se encuentra una gruta a la que llaman de escape, pues se tiene la errónea creencia, y así lo dice la leyenda, de que un pasillo desde faro y otro desde Santa María se comunicaban con esta cueva para que huyese por ella el rey que fundó Castro si los ataques venían por tierra. Pues bien, sobre esa cueva, a veces restalla tanto la mar que en el pueblo se oye el bombazo y se ha visto sobrepujar la iglesia de Santa María como si el gran monstruo blanco de la mar quisiera devorarla.

Somos muchos los pescadores que podemos confirmarlo, no hay ni ha habido ola más grande que trepe por los acantilados que la que trepa por este lugar y que a veces ha inundado el Campillo Sagrado, donde se encuentran las ruinas de la ermita de San Pedro y sigue nuestra ola, llegando a la base Este del Castillo, rompiendo sobre el fundamento o parapeto de hormigón, bajo el puente, y tapando con su chaparrada la altura de más de 40 metros sobre el nivel de la mar que tiene el faro, doblando la barandilla de las lentes, como así pasó en el 1927, durante uno de esos temporales, que la gente del lugar tan bien conoce o que se lleve la balaustrada del puente, como así aconteció en febrero de 1996.

Aún sigue quejosa la ola que como el último superviviente, es el héroe que más daño causa al enemigo. Pues bien, no termina la ola de morir y en su enloquecida carrera, trepa por el rompeolas, pasando en banda a la bahía, empujando a la vez con violencia a la maltrecha punta del rompeolas y entra en la bahía, castigada en batalla de muros y rocas, pero no rendida, a luchar de nuevo, en su último hálito de vida, ella sola contra todos enemigos.

Entra a vengarse de la osadía humana que la quiere deshacer. Ahora penetra por donde más daño hace y entra a degüello por la boca de los muelles a la dársena y arrasa naves y embarcaciones. Herida de muerte, esta onda de gran poderío en sus estertores es cuando más furia desata, pues todo su ímpetu al penetrar a la dársena y que a veces la hace rebosar, ahora suspira sus últimos latidos al retroceder y barre para los fondos marinos lo que antes arrancó de las amarras, produciendo varias bajas entre las embarcaciones sitas dentro de la dársena y de pronto se desparrama y muere. Muere porque el alma de las olas, el sentido mítico de las olas, son los pandeos, más comúnmente dicho en nuestro entorno: las resacas.

Ellas y nadie más que ellas son las causantes de las calamidades de los puertos, costas, rías y playas y, repito, las resacas son los últimos suspiros de las gladiadoras blancas que vienen de los océanos con espada en mano, como los jinetes de Atila, impulsadas por sus amigas las galernas, para sembrar caos y destrucción. Son como el último suspiro del gran leviatán que al momento de morir lleva a las profundidades a quien ha osado herirle.