Chivillo, el castreño más popular del puerto

La ermita de Santa Ana en sus inicios. :: /colección particular de Jesús Garay
La ermita de Santa Ana en sus inicios. :: / colección particular de Jesús Garay

Aquel muchacho llamado José Sanchoyarto iba a sardinas en el batel de Hilario y era célebre por sus bonitas playeras

JAVIER GARAYCastro Urdiales

Este castreño de apodo muy popular, querido y admirado del siglo XIX, fue recordado por Marcial Acebal y Sertucha desde Rosario de Santa Fé, a donde se fue de emigrante. Durante décadas enviaba notas a la prensa castreña, sobre todo reflejando su nostálgica ausencia de castro Urdiales, pueblo que le vio nacer y que tanta pena le causaba. Por entonces, más de 30 años atrás, Castro aún conservaba su impronta medieval. La zona de San Guillén, más concretamente muelle de Santa Ana entonces, era un territorio hostil, abandonado y peligrosísimo por donde entraba la mar salvajemente los días de temporal. Entre los peñones y puentes se encontraban dos grietas por donde entraba la insolencia del cantábrico con la mar de fondo. Rugía la resaca por estas grutas naturales que para sortearlas el hombre había construido dos firmes puentes. Esta resaca que barría la concha de Castro y a la que denominaban los boquetes era el talón de Aquiles de Castro. Entraban como cañones las ondas y se juntaba con la barra del Cantu de santa Ana, produciéndose tal vorágine que las embarcaciones que se encontraban fondeadas corrían peligro, por lo que necesariamente se veían en la necesidad de hacerse a la mar. Las lanchas de pesca se refugiaban en sus dos zonas de propiedad de la Cofradía de Pescadores, la dársena de Urdiales y el canal navegable en Brazomar, hasta las campas de San Pelayo.

El ingeniero Mathew, autentico estudioso de nuestra costa a lo largo del siglo XIX, dejó escritas unas notas donde daba cuenta de este gran problema para los castreños y que desde tiempo inmemorial tantas calamidades causaron a las flotas. Pues bien, en este territorio místico, abandonado y ruidoso, según creencias de la época, habitaban las brujas de la mar y cuando llegaba la resaca, reían y cantaban haciendo pronósticos de desgracias. ¿Se construyó Santa Ana, madre de la naturaleza, para ahuyentar a estas brujas? Bien, yo no lo sé, ni lo viví, otros sí y lo recordaron, como nuestro cronista Marcial, que de él escribió lo siguiente en el Fray Veras Nº 189 en Junio de 1895, de Chivillo su inolvidable compañero de travesuras y las brujas de San Guillén; «Dicen que la ausencia causa olvidos, a mi no me los causa y a medida que pasan los años, me viene a la memoria, recuerdos que ningún castreño que reside en América jamás podrá olvidar; la peña del matiquiti o Imeas, la de los mallones, los pedregales de San Guillén, el pedregal de la Señá Santiaga y la cueva de las encantadoras no han sido testigos de cuantas aventuras han hecho los muchachos de Castro».

Vaya si lo han sido. Al lado de la peña del matiquiti aprendí yo a nadar y en la cueva de las encantadoras, escribí muchas veces la plana, cuando hacia chapó, jugando después al cané, con otros que como yo, tenían horror a la escuela. Cómo no tener presente al célebre Chivillo, aquel muchacho llamado José Sanchoyarto que iba a sardinas en el batel de Hilario. Chivillo era célebre por sus bonitas playeras, cantadas en verano, sentado sobre la proa del batel, en medio de los dos escobenes. Había creencia entre los muchachos de la mar a Gabancho, al que apodaban Manzanita, estando durmiendo en la trainera del pucho, le sacaron las brujas al muelle, llevándoselo a San Guillén, donde le obligaron a bailar con la más vieja del aquelarre durante la noche, volviendo a bordo por una amarra, cuando empezó a clarear el día. Por esta razón se apoderó de él cierto miedo que nunca le dejaba conciliar el sueño: ¿Qué hacer entonces?

A las dos de la mañana, gritaba a sus vecinos del barrio flotante , ¡arriba compañeros son las dos!

Los demás muchachos que dormían en las embarcaciones, como es costumbre en Castro durante el verano, se entretenían contando historias que habían aprendido de sus abuelos en invierno, en la cocina, al lado de la lumbre, cuando el vendaval no dejaba salir a la calle. Durante la tertulia hasta las diez, pues como a las dos de la mañana tenían que llamar a la gente, bien necesitaban dos horas de descanso, si es que descansar se podía sobre duras tablas, que llaman paneles los pescadores. A esa hora Chivillo se ponía a cantar payeras y peteneras que no parecían de un montañés, si no de algún barrio de Triana. De vez en cuando el reloj del Ayuntamiento interrumpía el canto, porque Chivillo jamás dejaba de cantar las campanas para saber qué hora era, pero enseguida volvía a cantar, temiendo sin duda que las brujas se aproximaran y fueran a hacerle lo que se decía habían hecho con Gabancho.

A las dos de la mañana Chivillo dejaba de cantar para decir a sus vecinos del barrio flotante ¡compañeros arriba son las dos!, desde aquel momento, parecía el sable una batahola y las destempladas voces de los muchachos habían reemplazado el armonioso y sentimental canto del Chivillo, que se creía entonces libre de brujas. Chivillo que iba a la mar, cuando volvía tenía que limpiar el batel y picar la raba, pasando la noche cantando, por miedo a las brujas ¿a qué hora dormía?

Esta crónica tan preciosa que nos dejó Marcial Acebal desde Rosario de Santa Fé, allá un mes de junio del año 1895. Es una de las historias más emocionantes que yo he leído de Castro, nunca jamás, ya que da un testimonio tan bonito del puerto y su gente que yo nunca podré igualarlo. Gracias Marcial. Por escritos y documentos sé que mis familiares de entonces, que eran Sanchoyarto, Jimeno y Hornoas, tripulaban aquella lancha del pucho que según tengo oído en casa era un robusto pescador y dejó como herencia su mote a varias generaciones.