El tamborilero ballenero

Varios marineros revisan las redes de pesca en el puerto de Castro Urdiales. /J. Garay
Varios marineros revisan las redes de pesca en el puerto de Castro Urdiales. / J. Garay

La famosa figura musical no solo tocaba, ya que sus acordes servían, sobre todo, para interpretar la salida a cazar la ballena

JAVIER GARAY

Aún, hoy en día, es fácil reconocer, en ciertas prácticas de pescadores europeos y buenos cristianos, los restos de ceremonias que debían celebrarse en épocas muy lejanas. Cuando, por ejemplo, en Cerdeña, los pescadores hacen pasar sus redes en el sentido de la marcha del sol por encima de un brasero encendido con madera bendita, la bendición de la madera se ha seguramente añadido a un viejo rito pagano. Se puede decir lo mismo de la costumbre que Paul Sébillot señalaba en la isla de Sein hace menos de medio siglo. En ella, en la casa de cada patrón de pesca, colgaba de las vigas del techo, encima de la mesa, un pico de pan moreno cortado en forma de barca, con mástil de madera, obenque de hilo y vela de papel para que cada año, el jueves anterior al domingo de carnaval, en un almuerzo ofrecido por el patrón a su tripulación, se hacía bajar el modelo antiguo y lo sustituían por uno nuevo que izaban y traían tres veces cantando Veni Creator.

En Castro, se describía así la colocación de las redes para sardinas por los pescadores: Antes de echar las redes al agua, el patrón coge una botella de agua bendita, mete el dedo en ella y la tiende al marino más cercano. Va de prójimo a prójimo y cada uno hace el mismo gesto. Cuando ha vuelto al patrón, todos se levantan y hacen la señal de la cruz. Colocan entonces las redes. Cuando la operación ha terminado, el patrón vuelve a coger la botella, echa unas gotas en su mano y las extiende sobre los aparatos de pesca, primero en el sentido del largo, luego el ancho. Este gesto se acompaña de una oración que cada uno pronuncia en voz baja e improvisa, lo más a menudo. Hasta no hace mucho tiempo tambien en Castro y después de largar, el patrón y los pescadores se descubrían y recitaban una pequeña oración. El rabero o macizador, una vez que tenía la raba en la mano y antes de echarla al agua, hacia una cruz con el puño lleno de estas huevas de bacalao y rogaba a Dios que acudiesen las sardinas a comer. Conocí y practiqué con pescadores de Castro, que antes de empezar a subir el aparejo, se persignaban. Igual que el ramo de laurel bendecido por Semana Santa y que colgaba de todos los palos de todos los barcos del Cabildo y que tenía que tener las puntas de cada hoja del ramo cortadas porque si no, traía mala suerte.

Todos los barcos llevaban en popa un pequeño crucifijo al que le pegaban todas las olas que entraban a bordo. Bien antes de salir del puerto se persignaban y pedían suerte en la pesca y en los vientos. Silbar o aplaudir a bordo traía mala suerte, asi como mear por estribor o gritar a bordo. Siempre había un tradicionalista que te llamaba la atención. Pero lo que se llevaba la palma en cuanto a tradiciones y sortilegios era el tamboril, no tamborín. Este llamaba a los pescadores para hacerse a la mar por manos del tamborilero, personaje entrañable en la villa. Desde tiempos inmemoriales se sabe que el tamboril era la herramienta más sutil del pescador.

El tamborilero no solo tocaba y metía ruido con sus acordes, anunciaba por las calles mal o buen tiempo o si había que salir o quedarse en puerto, pero sobre todo el tan tan y sus acordes eran para interpretar la salida a cazar la ballena. Todos colaboraban en la caza de la ballena. El tamboril avisaba si venía por el este o el oeste, si iba con cría o sin cría, si pudiese ser macho o ambolea -manada-. Entonces, todos en regata iban a por ella, porque quien primero metiese el arpón, tenía derecho a una mejor parte de ella y por eso la caza de la ballena es el origen de las regatas a remo y no otro, como malamente se dice.

«Las lanchas van a ballenas a tocado el tamboril, armad bien los remos, para apresar o morir, preparad el gran arpón, que pronta a soplar va a salir, allí, allí sale, en el arguaje, allí con su cabrote a estribor...»

Vamos a recrear en suave narración un día en que el tamborilero llama a la gran caza del monstruo cántabro: Bajo un vetusto farolillo alimentado por grasa de ballena, el tamborilero grita mientras aporrea su viejo cuero forrado sobre un rabero en desuso: Arriba, arriba, pescadores del Horno, arriba arriba pescadores de San Juan, arriba arriba, pescadores de Belén, el pez ballena se deja ver. No importa la voz, el mensaje esta en el aporreo, pero la emoción le inunda, quiere insuflar ánimos a estos intrépidos cazadores que se van a enfrentar al gran cetáceo, en su terreno, en unas lanchas sin cubierta, en el Cantábrico y en invierno.

Loa a estos temerarios cazadores castreños, cuna y puerto de balleneros y centro de subastas de su caza y contratación. Pronto el puerto es un bullicio, los cazadores-pescadores y marineros con sus pertrechos de caza: arpones, estachas, cuchillas, cubos, grampines, grampones y hachas y acompañados de sus mujeres, madres, hermanas y al grito de la chiquillería, embarcan y prestos sin perder tiempo, encapillan los remos y a unas, todos en espectacular regata, se dirigen al animal, mientras toda la troupe sube a la atalaya para ver el espectáculo.

Se canta y se baila mientras los hombres rinden a la ballena y al viejo tamborilero se le derraman las lagrimas ante tamaño espectáculo que de joven le toco protagonizar. Ahora aporrea y a la vez baila con todos, no se perdieron barcas ni hombres. La ballena ha sido rendida y ahora yace panza arriba y es remolcada por todos para ser desguazada, en los bajos de Santa Ana. En la villa se prepara el clero para llevarse su parte, que es lo mejor del animal: La ventresca y la lengua, pues con sus oraciones, hoy ningún pescador perdió la vida. Así decía un antiguo estribillo: «Las lanchas van a ballenas a tocado el tamboril, armad bien los remos, para apresar o morir, preparad el gran arpón, que pronta a soplar va a salir, allí, allí sale, en el arguaje, allí con su cabrote a estribor...»

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