Árboles de Astillero

La encina centenaria cayó sobre la carretera nacional en los años ochenta./Jesús M. Rivas
La encina centenaria cayó sobre la carretera nacional en los años ochenta. / Jesús M. Rivas

Las Marismas Negras era un bosque frondoso de eucaliptos y el actual parque de La Cantábrica estaba poblado de laureles y eucaliptos

Damián garcía .
DAMIÁN GARCÍA .El Astillero

Esta mañana despertándome con el noticiario radiofónico anunciaban que en el día de hoy 21 de marzo se conmemora el Día Mundial del Árbol. Parece ser que esta fecha fue elegida por ser la más alejada del invierno, para así facilitar de este modo la actividad de plantar árboles, también coincide con la entrada de la primavera, pero la verdad que este año nos estamos luciendo, pues cambiamos de una estación a otra nevando y las previsiones no auguran un mundo benévolo en lo que se refiere al confort térmico.

En España el Día Mundial del Árbol se celebra desde el año 1972, no sé si producto de la modernidad del tener un día, dado que quien no posea este grado, es condenado a no ser nadie en los ecos mundiales, internacionales, estatales, regionales o locales y es aquí cuando me paro, pues gracias a la noticia, me pregunté ¿Cuántos arboles tenia Astillero, en tus años mozos?

¡Buenoooooo!, no sé por dónde empezar, pero lo haré desde lo que hoy conocen como las Marismas Negras, era un bosque frondoso de impresionantes eucaliptos, en algunos casos creo que su altura rozaba los cielos, tejido de zarzales y tupidos plumerales, que abarcaba desde los actuales campos de fútbol del Unión Club, hasta los puentes de la autovía y del tren, que divide la ría del Carmen, esta zona la llamábamos popularmente 'Miami', (no por estar en los Estados Unidos), los eucaliptos también se extendían en sentido contrario al anterior, desde el campo de fútbol hasta la rotonda que inicia la subida de Tomás Bretón, enfrente de la antigua estación de FEVE.

Otro de los lugares de explosiva forestación era la Campsa, hoy el actual parque de La Cantábrica, que conserva una parte de los árboles que conocimos, con laureles, eucaliptos, plátanos, magnolios, pinos, todos ellos revestidos con una presencia exuberante y rotunda, casi compitiendo en altura con las chimeneas de la factoría, también había higueras que festoneaban el recorrido de la antigua vía del ferrocarril de Ontaneda.

En la variedad de las palmeras hemos tenido casi hasta para regalar a las ciudades mediterráneas que ya es decir, pues incluso hasta se trasplantaron a otros lugares con dispares resultados, palmeras famosas las de la Casa de la Falange, las de la finca de los Escarzaga, las de la familia Aguilera, aunque todas ellas para resignada exclamación de: «tanta talla, para tan poco fruto».

La centenaria y colosal encina que había en la calle industria, que se desplomó por el temporal hace más de treinta años, era otra de las joyas arbóreas, su caída cortó la carretera nacional y tuvo que ser talada por las brigadas municipales, aprovechándose su madera para hacer más de un juego de bolas.

El castaño de indias que todavía hoy preside la bolera, que lleva décadas dándonos sombra en los veranos y en los otoños algún castañazo por culpa del viento sur, aunque su fruto nunca le comimos porque nos dijeron que daba 'castañas pilongas', este hermoso ejemplar también ha servido como árbol de navidad, tuneado con luces de colores, cintas brillantes y paquetes colgados de sus brazos.

Los pinos que están al lado de la Iglesia San José a los que hacíamos cortes en su tronco para que destilasen resina para pegar objetos u otras variedades con afán de inocente travesura, hoy solo quedan dos y uno de ellos parece que le agita Lucifer, pues debajo está habilitado un aparcamiento para coches y caen piñas que parecen piedras encima de los automóviles, para desgracia del propietario y alegría del chapista.

Otra arboleda digna de mención era el parque de la Planchada, que iba desde el Redondel hasta las antiguas vías del tren y, los más antiguos del lugar me cuentan que las porterías del Redondel eran arboles, llegando sus raíces a formar parte del antiguo terreno de juego, pues todavía no se había planificado con alquitrán. Lo que yo si viví era cuando salíamos al recreo en este parque se sacaban tres campos de fútbol, sus porterías eran también los arboles. Tan arraigado estaba el parque que tuvo canción popular y su estribillo decía: «arboles de la Planchada,a,a,a/Plantados de siete en siete,e,e,e/No tienen tanta firmeza,a,a,a/Como yo para quererte,e,e,e».

De las grandes distracciones que disfrutamos fueron también de las fincas con sus árboles frutales, pues existía más manzano, peral, avellano, ciruelo y cerezo, que ladrillo con emulsión de teja al goloso cemento, en definitiva más árboles que edificios, con lo cual las tardes del verano tenían una parte especial en la que nos dedicábamos a coger fruta verde sin pasar por la aduana del peso.

Pero claro los pocos años llevan a emular el mundo de la aventura y siempre pensé que con tantos arboles en el pueblo podía construirme una casa en el alto de los arboles, como veía en las películas de Tarzán y trenzando lianas saltar de tronco en tronco, hasta que me di cuenta que para ascender a la casa, en el copa del árbol necesitaba un ascensor construido de ramas y quimas, pero mi ilusión se desvaneció pues necesitaba un elefante para que subiese el ascensor y este paquidermo no es habitual en estas latitudes.

 

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