Las danzas del pueblo barquereño de La Revilla reivindican su importancia

Los picayos de La Revilla danzaron a mediados del pasado siglo en la concentración mariana de San Vicente de la Barquera. /DM
Los picayos de La Revilla danzaron a mediados del pasado siglo en la concentración mariana de San Vicente de la Barquera. / DM

Los danzantes de cuatro generaciones diferentes se han reunido para resaltar este importante patrimonio inmaterial de la localidad

VICENTE CORTABITARTESan Vicente de la Barquera

La gran importancia y la extraordinaria proyección exterior con que cuenta todo el rito relacionado con los picayos de San Vicente de la Barquera, protagonistas de su popular fiesta de La Folía, ha eclipsado en parte otro de los tesoros del patrimonio inmaterial con que cuenta el municipio que gira alrededor de los picayos de La Revilla, con sus danzas de arcos y de trenzado de cintas que no ha tenido el reconocimiento que se merece.

Sin embargo, estos bailes tradicionales forman parte del acervo más profundo de los vecinos de esta localidad, la segunda en importancia del municipio barquereño.

Problemas de diversa índole hace que, en estos últimos tiempos, no se logre bailar todos los años en la fiesta de San Pedro, el patrón de la localidad, como viene siendo tradición. Sin embargo, algunos de los que han sido sus protagonistas, a lo largo de las últimas siete décadas, se reúnen anualmente para rememorar todos los momentos vividos alrededor de todo lo que representan estas danzas.

Se desconoce con exactitud el origen remoto de las dos danzas que se ofrecen en la festividad del patrón de La Revilla

La complejidad de la danza, la dificultad para los ensayos y la falta de relevo generacional dificultan el poder ofrecerla con periodicidad anual

El pasado sábado, 1 de junio, celebraron este encuentro anual en el que se volvieron a juntar los danzantes de cuatro generaciones, desde los que la bailaron hace 75 años a los que lo hicieron por última vez el pasado año.

La reunión se inició en el escenario en el que tantas veces se ofrecieron las danzas, en el entorno exterior de la Iglesia Parroquial de La Revilla, en donde se ofició una misa que también sirvió para mantener vivo el recuerdo del cada vez más numeroso grupo de picayos ya desaparecidos. Después no podía faltar el compartir el tradicional 'blanco' para continuar con una comida de confraternización, momento propicio para que aflorasen todos los recuerdos y las emociones vividas durante tantos años.

Entre ellos, se encontraban Manuel Ortiz, de 90 años de edad, y José María González Cordero, que los cumplirá el próximo mes. Este último recordaba aún la primera vez que danzó a sus 17 años, tradición que continuó hasta que se casó a los 26 años, ya que antes tan solo participaban los mozos solteros.

«Ensayábamos durante 3 meses todos los días de la semana al acabar las faenas del campo, todos los días menos los jueves, reservado para ir a 'rozar' a la novia y el domingo», nos recuerda. También mantiene viva la imagen del cura «que entonces tenía mucho mando», de como les observaba en los ensayos y al final les premiaba sacando la petaca y repartiendo tabaco.

El origen de estas danzas se pierde en el tiempo ya que no existe documentación ni evidencias para conocerlo con exactitud, aunque claramente enlaza con danzas tradicionales de diferentes puntos de Cantabria y de la propia comarca con las que guarda ciertas similitudes, pero las de La Revilla cuenta con características propias. Lo que se tiene claro es que hace ya más de un siglo se bailaba. Algunos, hasta se atreven a señalar que las danzas llegaron de la mano del ingeniero que estuvo al frente de la central de luz de Santa Marina con la que se abasteció por primera vez de electricidad a esa zona.

Al menos, desde esa época las danzas forman parte de la identidad de esta localidad sin apenas variaciones, tanto en el baile, la música como en los peculiares trajes, con los que año tras año se honra a su patrón.

Pero la danza también ha representado a la Revilla puntualmente en otros grandes acontecimientos, ganando el concurso regional de danzas que se celebró en La Magdalena a principios de la década de los cincuenta por lo que les correspondía ir a representar a 'La Montaña' en la gran muestra que se celebraba en Madrid a la que finalmente no pudieron acudir.

También se bailaron en San Vicente, en la gran concentración mariana que se celebró también en esa época, para lo cual bajaron desfilando y con su patrona desde La Revilla hasta la villa.

A pesar de ese fuerte arraigo estas danzas han estado en varias ocasiones en peligro de desaparecer al haber pasado por épocas en las que han dejado de hacerse al ser unos bailes que tiene bastante complejidad, por lo que requiere de largos ensayos para bailarlos en una sola ocasión al año.

Afortunadamente ese peligro ya no existe al estar perfectamente documentada para las generaciones futuras, pero ahora el problema es mantenerlo año tras año, tarea que con su actual estructura parece imposible, como reconoce Enrique Vélez que es el que ha estado al frente del grupo en en esta última etapa, transmitiéndoselo y preparando a los nuevos.

«Juntando a danzantes veteranos con los jóvenes que hemos logrado incorporar hemos logrado sacarla adelante en los tres últimos años, pero este año no será posible» reconoce. Los ensayos que se necesitan realizar desde enero hasta junio con una dedicación de cerca de dos horas durante al menos tres días a la semana, unido al descenso de la natalidad y. por lo tanto de contar con menos jóvenes cada año, obliga a descansos periódicos.

Para poder montar la danza se requiere contar con los 12 danzantes, junto al que tiene que sujetar el palo y el que toca el tambor, además del encargado de prepararlos, «además de contar con alguien más en la recámara por si surge alguna baja inesperada en el último momento, para lo que solemos tirar de algún veterano» nos recalca Enrique Vélez.

Conjugar los pasos del baile con el ritmo que marca el tambor, con los cambios que se producen con los repiques y el toque de la castañuela al mismo tiempo tiene su complejidad, además en la danza del trenzado no puede haber una equivocación porque después no saldría el destrenzado, por lo que requiere de muchos ensayos que resulta difícil poder compaginarlos con los trabajos o los estudios, lo que a su vez dificulta el poder contar con jóvenes y hombres dispuesto a afrontar ese sacrificio.

Por ello, de cara al futuro no se descarta introducir cambios, como abrir el baile a personas de otros pueblos y dar cabida también a las mujeres.