La primera huella del genio Gaudí

Javier Rosendo

El artista catalán diseñó varias piezas en la Capilla-Panteón de los Marqueses de Comillas, un edificio clave que fue cedido a Cantabria hace ahora cuarenta años

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

La figura que representa la resignación tiene el puño cerrado. Los dedos gruesos de sus dos pies están apoyados el uno sobre el otro. Con una perfección delicada. Un tacto suave. La escultura es obra de Josep Llimona, el autor -tiempo después- de ese ángel sobrecogedor del cementerio. Sirvió de tumba para Claudio López y Benita Díaz de Quijano. Él, hermano del primer Marqués de Comillas. Ella -su esposa-, hermana del dueño de los terrenos en los que se construyó El Capricho. En este lugar todo está conectado. Aquí están los orígenes de ese catálogo monumental que hay en Comillas. Y más. Porque la Capilla-Panteón fue el primer laboratorio para los artistas que luego lucieron Barcelona en forma de modernismo catalán. Sí, también Gaudí, más allá del Capricho. Aquí dejó su primera huella. Desconocida para muchos. Seis bancos, dos sitiales con reclinatorio y un confesionario en un templo plagado de tesoros y curiosidades. Por ejemplo, que justo este fin de semana hace cuarenta años de la cesión gratuita del edificio al patrimonio cántabro. Hormaechea -presidente- y Alfonso Güell -cuarto marqués- firmaron el acuerdo. Poco después de que la comunidad comprara a la familia el Palacio de Sobrellano por setenta millones de pesetas.

Javier Rosendo

Hace cuatro décadas del acuerdo, aunque en el Boletín apareciera reflejado casi un año después. «Se construye porque se acababa de morir el hijo mayor. Con 25 años y de tuberculosis. Se pensó en un panteón pegado al cementerio de la villa, pero el Marqués ya había comprado parcelas de esta colina y se estaban haciendo las casas, así que decidieron construir una capilla-panteón. Además murió otra de sus hijas y resultó perfecto para traer aquí los restos de los dos hijos y de la madre del Marqués». Para escribir todo lo que Enrique Campuzano es capaz de contar de este lugar harían falta veinte periódicos. Director del Museo Diocesano de Santillana y asesor de la restauración del panteón y del palacio de Comillas, es de esas personas que exhala pasión por lo que cuenta junto a las palabras. Y él confirma, nada más abrir una puerta en la que los trabajos de recuperación descubrieron unos maravillosos tonos azules, que «es el primer edificio monumental, el primero modernista» en la villa. Germen de una tendencia en la que todo es diseño. Los elementos arquitectónicos, los objetos... Armonía y detalle. «Trajeron a unos artistas que aún no eran muy reconocidos en Cataluña, pero que son los creadores del modernismo».

PARA LA VISITA

- Los horarios
Cambia según la temporada del año. En la media (la actual), es de 09.45 a 14.30 y de 15.30 a 18.30 horas. Cierra lunes. Sesiones a las 10.30, 11.30, 12.30, 13.30, 15.30, 16.30 y 17.30 horas.
- La visita
Se visita el Palacio de Sobrellano (3 euros) y la Capilla-Panteón (3 euros). Son visitas exclusivamente guiadas con un aforo máximo de 60 personas. Lo mejor es llamar para reservar.
- Teléfono
942 72 03 39.

El edificio diseñado por Joan Martorell es de un estilo neogótico «pasado por el tamiz de la modernidad» que refleja la esencia de una corriente obsesionada por «aunar todas las artes». Está Martorell, pero a su lado hay escultores, vidrieros, ebanistas... Cada paso es un descubrimiento. Las incrustaciones de plomo en el suelo basadas en el gótico medieval que recuerdan a Mont-Saint-Michel, la lauda sepulcral con el escudo familiar en la losa de 2.000 kilos que se levanta con poleas para bajar a la cripta... O los dragones. La marca Gaudí.

Eusebio Güell, yerno del Marqués, descubrió al artista a través de la vitrina que diseñó para la guantería Comella -hasta en el parecido del nombre con Comillas hay conexiones-. Maravillado por su estilo, le encargó los bancos, el confesionario y los sitiales para regalárselos a su suegro. El primer trabajo. Están los dragones -que Gaudí utilizará en muchos de sus edificios- y también los elementos vegetales propios del Mediterráneo «tan característicos del modernismo». Todo, en unos bancos con arrodilladeros separados que tienen, incluso, una inclinación «anatómica». Están muy bien conservados porque, realmente, el templo se ha usado poco. Hay alusiones a las leyendas de los Pirineos con unos galgos en los costados de los sitiales y un gusto por la estilización y por los nuevos elementos artísticos de la época en el confesionario.

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Pero Gaudí aquí es sólo uno más entre los detalles. Están las vidrieras de Eudald Amigó, que los días de sol se reflejan con espiritualidad en todas las paredes -la firma 'Amigo Barna 1881' está en la de San Andrés, por ejemplo-. Está el órgano de ochocientos tubos y dos teclados -uno barroco y otro romántico- de Cayetano Vilardebó. O las lámparas diseñadas al tiempo e idénticas que las de la Catedral de Barcelona, con soldaditos y una imagen de la Virgen. Justo al lado de la escultura del altar, de Roig i Soler (también autor de las de la portada), que hizo el basamento de la estatua del Marqués que acaban de retirar en la Ciudad Condal.

Y queda, con todo, el lugar en el que, posiblemente, los artistas lograron en mayor medida esa sensación de erizar los poros de la piel. Los sepulcros, en la girola. El del Marqués es un arcón funerario en bronce con basamento de pórfido -similar al mármol y, seguramente, traído de Egipto-. La Fe hace el papel de Caronte, que lleva una barca en la que un ángel recoge el alma, representada por un niño. Obra de Martorell. El lugar más relevante. A un lado, Venancio Vallmitjana ejecutó la figura que acompaña la tumba de María Luisa López Bru (la hija). El mismo autor es artífice de la escultura pensada inicialmente para el sepulcro de su hermano Antonio. Es una curiosa historia, según relata Campuzano. Diseñaron una figura tumbada, un hombre elegantemente vestido apoyado sobre un cojín y sosteniendo un libro. Tan realista que, más que para un panteón, pensaron que era más apropiada para el palacio (y allí lo llevaron, aunque ahora está en la capilla junto a las figuras de Llimona). En su lugar eligieron un Cristo de Agapito Vallmitjana (hermano de Venancio), que recibió un premio en París y que es réplica de otro que hay en el Museo del Prado.

Lo curioso es que allí acabó enterrado Claudio, el hijo del Marqués que heredó el título, y no su hermano Antonio (que fue trasladado a la cripta -abajo-). El segundo marqués, muy religioso y vinculado a los jesuitas (se casó pero hizo voto de castidad y en su tumba hay siempre una vela encendida), fue enterrado inicialmente en la Pontificia, hasta que los curas se marcharon de ese lugar. Su cuerpo, entonces, fue trasladado al templo. Cambio de hermanos escultores y cambio de hermanos en el lugar para el descanso eterno. En ese panteón inaugurado en 1881 y en el que la primera misa, con los reyes, fue oficiada por Jacinto Verdaguer, clave en la biografía de los primeros marqueses y «príncipe de los poetas catalanes». Otro artista. Todo está conectado.

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