Las campanas de Meruelo vuelven a sonar contra el olvido de la tradición

Las campanas de Meruelo vuelven a sonar contra el olvido de la tradición
Alberta Aja

El maestro campanero Abel Portilla reúne en su finca de San Bartolomé a medio centenar de tocadores para reivindicar su sonido: «Son los voceros de Dios»

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

Alaric Obregón tiene cinco años y lleva auriculares tan grandes como los de un futbolista. Sólo se los retira de las orejas cuando entra en el interior de la casa museo de la finca de San Bartolomé de Vierna. Su hermano Elan le besa entonces. Ahí dentro, los restos del tiempo y la piedra protegen sus tímpanos del tremendo sonido que provocan las 30 campanas de metal que hay afuera, en el jardín. Suenan desacompasadas, cada una en un agudo distinto, igual de potentes los graves a manos de niños, mayores, grupos de familias enteras que al posar para un selfie las mueven con la espalda y provocan el temblor. «Venimos cada año porque a Alaric le encanta su sonido cuando lo escucha en misa», dice la madre sentada en el banco. De fondo, el eco de las campanas, mientras la familia aguarda para escuchar el repique al que les ha convocado un año más Abel Portilla, maestro campanero, fundidor, enamorado del sonido que hace este instrumento y sabedor de que, sin su labor, este instrumento «totalmente eléctrico en los usos actuales» perdería su sentido.

¿Cómo es posible que al pequeño Alaric le gusten las campanas y tenga que ponerse auriculares? «Hay que escucharlas de lejos, dejar que el aire traiga el sonido y te llegue como un hilo». Así, dice Abel Portilla, es la única manera de diferenciar las notas, los reclamos que de hecho esconden. Porque detrás de esta convocatoria, que este sábado reunió en la finca a más de doscientas personas, lo que hay es una reivindicación de este instrumento, su peso histórico en la tradición: «Las campanas antiguamente se usaban para comunicarse», explica. Sin embargo, ahora que todo está a golpe de yema del dedo índice y pulgar, cuesta imaginar que entonces hubiera un sonido específico para ahuyentar las tormentas. Se llamaba el 'tentenublo', dice Portilla, y enumera acto seguido otras tantas formas de sonido fácilmente distinguibles por su oído hecho al metal: «El 'repique' era para antes del día de fiesta y llamar 'a concejo' era para convocar la reunión de toda la comunidad, o la llamada a fuego, que alertaba de algún incendio y pedía ayuda a los vecinos», dice el maestro campanero, que lleva 18 años organizando este encuentro con el objetivo de «honrar a la gente que toca las campanas». Han acudido medio centenar de 'tocadores' que aún conservan la capacidad de dilucidar cuál es el sonido que provoca el badajo o el mazo, cómo cambia el aullido con la dimensión de la cavidad.

Las manos de Abel Portilla están hechas para dar forma a este sonido, por algo ha creado 4.000 campanas. Su oficio, cuenta, es como una dinastía, se transmite de generación en generación «y así ha de ser para que no se desvirtúe». De hecho, está ligado a un estirpe de artesanos que se remonta al siglo XVII. Sin embargo, sus hijos no muestran interés. ¿Dónde irá a parar su legado? Por el momento, las campanas de la Catedral de Santander, cada vez que suenan, le traen a la mente el recuerdo del proceso, cuando las creó: «Las campanas tienen el poder de transmitir emociones, su sonido se queden adherido a las sensaciones», dice. Ahí está su grandeza, en la forma que esa aleación de 78% de cobre y 22% de estaño se unen hasta crear acero, la reverberación como síntoma de un suceso.

Entre tanto, en la finca, a campanazo limpio, los participantes del encuentro sólo dejan de tocar cuando a mediodía se produce la demostración en el carillón. El resto del tiempo, cada quien hace suyo el aire, incluso los puestos de artesanía que completan con productos regionales. Uno de ellos, el de Cachavas Cano, donde otra forma de sonido incide en el poder de la comunicación: cuernos de buey y de vaca vacíos por dentro que, al soplarlos, emiten un ruido como de tuba. «Los usaban para comunicarse como los indios con el humo de valle en valle». El sonido no deja de contarnos cosas ahí arriba, en Meruelo, donde ni los auriculares del pequeño Alaric pueden frenar la potencia de las campanas y todo lo que aún tienen que decirnos.

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