«Antes de existir los antibióticos vía oral, se ponían inyectables para todo»

Federico Martínez Arriola, en Santoña. /Ana Cobo
Federico Martínez Arriola, en Santoña. / Ana Cobo

A sus 84 años, Federico Martínez Arriola es el practicante colegiado más veterano que ejerce en Cantabria

Ana Cobo
ANA COBOSantoña

A sus 84 años, Federico Martínez, es el practicante colegiado más veterano que ejerce en Cantabria. Cada mañana atiende en su consulta de Santoña a los vecinos que recurren a él por su «profesionalidad, humanidad y sabiduría» forjada a lo largo de seis décadas al lado de los pacientes. Goza de una memoria prodigiosa que le permite narrar cómo ha cambiado su profesión recordando el paso de usar inyectables para todo a la revolución de los antibióticos vía oral. Siempre ha estado disponible, las 24 horas, día y noche, pendiente del teléfono para acudir a los domicilios en unos años en los que los practicantes tenían un papel clave. Las familias de Santoña le guardan un especial cariño. Hace unos días, el masajista y escritor, José Ramón Alonso (Tabolo), le hizo un pequeño homenaje en su red social, pidiendo al ayuntamiento que ponga su nombre a una de las salas de espera del futuro centro de salud y se desató una riada de comentarios alabando su buen hacer y bondad. Él lo agradece quitándose méritos y con la generosidad de recordar a otro practicante y gran amigo, Francisco Sampedro, 'Paquito', que también ejerció en Santoña hasta los 84 años y que lo dejó el año pasado por un problema de salud.

-¿Cómo llega a ser practicante?

-Un poco por herencia familiar. Mi abuelo era médico y mi tío, que también se llamaba Federico, fue practicante y era muy famoso en Santoña. Y un primo también fue podólogo y practicante. Al principio, no estaba entre mis planes. Lo que ocurre es que mi tío, con 72 años y en activo, se pone enfermo y él precisa de alguien que continúe. Entonces, por ese motivo, inducen a mi madre para que estudie la carrera de practicante. Yo me estaba preparando para hacer el ingreso en la Escuela de Aparejadores. Fíjate que contraste. Y acabé estudiando para practicante en la facultad de Zaragoza

«Sigo abriendo la consulta con 84 años porque es mi vida y me gusta ayudar a la gente»

-¿Y cuando empezó a ejercer?

-Primero estuve haciendo prácticas en Valdecilla y en la Casa de Socorro de Santander. Cuando venía en las vacaciones a Santoña iba a una clínica que tenía la Cofradía de Pescadores en la antigua lonja, en la que trabajaban los médicos, Alejandro Sierra, Ramón Bringas, Luis Hernández y mi tío Federico. Yo iba allí a mirar. Al principio, no me dejaban hacer nada, y cuando hice ya segundo de carrera, me dejaban vendar dedos a los pescadores de cuando se pinchaban faenando. Al poco de acabar de estudiar, mi tío Federico muere, y me quedé de practicante titular interino en Santoña. Como la plaza no la tenía en propiedad, la solicitó una persona con la oposición y lo dejé.

-¿Y a dónde fue?

-Posteriormente, me fui a Madrid y estudié podología. Al volver a Santoña, como no encontraba nada positivo, me embarqué de practicante en un transatlántico de la Marina Mercante. Al desembarcar, hice oposiciones al Ministerio de Justicia y saqué el número 2. Como había una plaza en el Centro Penitenciario El Dueso me mandan aquí de practicante y ahí tengo mi trabajo profesional. Aparte yo tenía mi consulta privada en Santoña y también fui practicante en urgencias de la Seguridad Social y 20 años en el Patronato Militar.

-¿Cómo ha cambiado el trabajo de entonces al de ahora?

-No tiene nada que ver. Lo que ha cambiado fundamentalmente es la farmacología. Antaño no existían fármacos tan modernos como ahora. No existían los antibióticos por vía oral. Entonces, todo el espectro de los antibióticos se cubría con inyectables. En un principio, cuando empiezo a trabajar, no existía la penicilina retardada y cuando había necesidad de poner penicilina que, por desgracia era con mucha frecuencia, había que ponerla cada cuatro horas, día y noche. Éramos practicantes de medicina y cirugía. Hacíamos un poco de todo. Lo mismo poníamos un inyectable, que reducíamos una pequeña fractura, que asistíamos a partos. Lo de la asistencia a partos fue en el periodo que estuve de practicante titular, porque hubo un tiempo que no hubo comadrona titular.

-¿Es una profesión en la que tiene que estar disponible todo el día?

- Por supuesto. Es una profesión en la que no hay horarios, ni días libres. Antaño iban a casa a llamarte. Yo sé lo que es levantarme de la cama cinco y seis veces por la noche. No teníamos horarios, ni de sábados, domingos, ni festivos, ni Virgen del Puerto, ni nada. Había que atender a los enfermos y hacíamos de todo. Lo mismo un sondaje a una persona que no podía orinar, que poníamos inyectables. Había gente que necesitaba morfina día y noche, a los diabéticos se les asistía diariamente...

- Antes se ponía inyecciones con más asiduidad

- Para todo. Para una bronquitis te ponían penicilina, para el dolor reumático... La farmacología empieza a partir de los antibióticos. A partir de entonces hay un antes y después. Antes la gente se moría por cualquier banalidad. Una neumonía se lo llevaba a la tumba. Cuando aquello los niños se morían de difteria sino estaban vacunados.

-Y las jeringuillas no tenían nada que ver con las de ahora

- Ahora todo es desechable pero entonces no existía eso. Las jeringas había que echarlas en agua y hervirlas un tiempo prudente porque sino determinadas bacterias no mueren. Cuando ibas a una casa de un enfermo crónico ya tenías las cazuelas con las jeringas y dos o tres agujas que habían hervido con antelación para no perder tiempo. Y siempre ponían una bañera con jabón para lavarse las manos.

- Los niños seguro que le tenían miedo. Tendrá muchas anécdotas

- Anécdotas tengo infinitas, meterse debajo de la cama, decirme las mayores barbaridades. Los niños en aquel entonces estaban entrenados a las inyecciones. Ahora lo pasan mal porque quitando las vacunas reglamentarias, a los niños no se les pone ningún inyectable.

- ¿Cuáles son los peores momentos?

- Los peores momentos, al menos para mí, es cuando se te muere un enfermo. Cuando se muere un enfermo, si le conoces, se te muere un poco de ti, se te va un poco de tu alma.

-Los vecinos le guardan mucho cariño por su profesionalidad

-La gente de Santoña, aunque es un poco gritona, tiene un corazón de oro, es muy buena. Antaño cuando íbamos a un domicilio las puertas siempre estaban abiertas. Supongo que ya me ven mayor y ese sentimiento de cariño se acrecienta

-¿Por qué sigue abriendo la consulta cada día a sus 84 años?

-Esto es mi vida. No sé hacer otra cosa. Me gusta ayudar a la gente y sobre todo a las personas de mi edad, que no las escuche nadie. Eso, es muy importante. No hay peor enfermedad que el aislamiento y a mí me gusta escucharles y ayudarles en lo que pueda.

-Habrá tenido que reciclarse en todo este tiempo.

- Mucho. Independientemente de que tengo una buena memoria, me gusta leer mucho ya sean los tratados de medicina interna de Harrison o temas de salud en internet

-¿Hasta cuándo seguirá en activo?.

-El límite me lo marcará la salud. He estado a punto de cerrar en los últimos años dos veces por salud. En casa quieren que lo deje pero, de momento, no. Estoy a disposición de la gente las 24 horas del día.

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