Un Tour para Chiloeches

Casi nunca se construye lo nuevo destruyendo lo antiguo. Hay diálogo entre generaciones pasadas y presentes. Hay hermosura cultivada.

Un Tour para Chiloeches
Daniel Pedriza
MANUEL SOLANA GÓMEZ

Francia y julio abren puntuales el verano a las tardes de Tour y tele. Las etapas en directo de esa carrera son algo más que contemplar un espectáculo deportivo. Suponen también ver en todo su esplendor un país bello, culto y rico. Las cámaras que acompañan a los ciclistas muestran la arquitectura, pueblos y paisaje de cada región francesa. Da igual que sean pueblos pequeños, medianos o ciudades. Todos están cuidados. Todos tienen una unidad de estilo arquitectónico. Todos tienen materiales uniformes pero distintos en cada región. Todos muestran sus cascos históricos sin adherencias disonantes. No hay mastodontes modernos al lado de piedras vetustas en las que cada detalle se enorgullece de su pasado. La mayoría de esas piedras hablan de historias sencillas hechas de siglos sobre siglos. En ellas no es todo gran arte ni grandes hechos. Pero se respetan. Casi nunca se construye lo nuevo destruyendo lo antiguo. Hay diálogo entre generaciones pasadas y presentes. Hay hermosura cultivada. Hay educación de siglos. Desde aquí se nota que inventaron la Ilustración hace más de doscientos años y se comportan como tales hijos de ella. La riqueza y belleza de Francia no es ajena a la educación y cultura de sus gentes. Y a la eficacia de sus instituciones.

El Tour deviene así un espectáculo didáctico para el mundo. Para España es un espejo en el que se reflejan muchas de nuestras vergüenzas de los últimos 50 años. La especulación urbanística es una de ellas. Aquí se confundió desarrollo con desarrollismo. Se rompieron las ciudades. La ciudadanía se quedó sin referentes positivos. La cultura de la gente era un estorbo para los poderosos. Fructificó la idea de que el progreso no tenía que tener frenos y matices. Predominaron los silencios ciudadanos, muchas veces impuestos. Los políticos se profesionalizaron en el poder. Escasearon los dirigentes cultos y generosos. Comenzó nuestra bancarrota cultural. Hoy, era inevitable, estamos llegando a su apogeo.

De todo ello, he aquí un ejemplo perfecto: Chiloeches; hospital militar napoleónico de Santoña.

Un puñado de ciudadanos está luchando hace meses por hacer de él y su entorno algo 'francés', como en esos pueblos del Tour. Pretenden conjugar historia, progreso y armonía. Hacen honor al vigente Año Europeo del Patrimonio. Luchan por él. Hasta ahora sus desvelos han sido infructuosos. Incluso sus miembros han sufrido trato vejatorio. Concejales, alcalde y algunos consejeros de Cantabria han celebrado su derrota en tribunales con alborozo. Y no poca jactancia. Pero es preciso seguir diciendo que esos ciudadanos están tratando de salvar Chiloeches de toda la 'superestructura' regional de organismos y agentes de un urbanismo trasnochado y decadente. Poca gente sabe que se pretende derribar parte de ese hospital bicentenario de la plaza Fuerte de Santoña para hacer en su lugar, y al lado, viviendas de alturas desmesuradas. Aún menos gente sabe que las leyes regionales de nuestro Urbanismo fracasado consienten en eliminar la zona verde pública que rodea al insigne conjunto Chiloeches para 'llevarla' a un kilómetro de distancia. Vea quien quiera el vergonzoso artículo 83-6 de nuestra Ley del Suelo. Según él podría trasladarse la zona verde que rodea al Palacio de la Magdalena, pongamos que a Cueto. Pero además se podrían hacer viviendas al lado del ese celebrado edificio palaciego de Riancho y Bringas. Lo que sería un disparate en Santander en cambio está permitido en Santoña con la Ley del Suelo cántabra, que permite trasladar zonas verdes de un sitio a otro como si fueran mercancías y no espacios vivificantes de edificios y barrios concretos. Pero da igual. Nadie se alarma en la alta dirección regional. Tal vez sea un problema de falta de liderazgo. O de demasiados jefes parciales sin visión.

Esto ocurre hoy en Cantabria. Las juezas que han juzgado el caso Chiloeches podrían estar diciendo que con los mimbres de nuestras leyes regionales alicortas ellas no pueden hacer cestos de sentencias más europeas y más entonadas con la armonía de la cuidada Francia. Pero seguro que también se han dado cuenta en estas tardes de Tour que la sensibilidad culta de los galos nos queda muy lejos.

No hay remedio para Chiloeches. El Ayuntamiento está preparando una coartada para llegar a las próximas elecciones con el hospital mutilado pero comprado a la propiedad el resto que quede, para hacer allí, qué paradoja, un museo de la Historia local. Me alegro por las propietarias cuyos derechos nadie discute. Me entristezco por las generaciones futuras que no podrán contemplar un ejemplo de tradición histórica y progreso aunados. Tal vez algún día en ese museo futuro haya un sitio de deshonor para poner los nombres de los responsables regionales y locales que fueron capaces de quitar un parque público de alivio, tanto para la población como para las venerables piedras de nuestro patrimonio edificado. Del Palacio Chiloeches, hospital napoleónico evocador de un pasado singular, sólo quedará una parte sin contexto alguno; aunque, eso sí, a la sombra omnipresente de un edificio de cinco plantas a diez metros de distancia. Altos ladrillos en vez de escalados árboles. Todo un alarde de retraso y decadencia.

 

Fotos

Vídeos