Renzo Piano, el artesano de lo imposible

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El arquitecto italiano, reconocido con el Pritzker en 1998, diseña soberbios edificios incluso en medio del mar

LETICIA MENASantander

El arquitecto Renzo Piano es, ante todo, un maestro. Trabaja con la humildad con la que lo hacen los artesanos y con la osadía que desprenden los inventores, y con esta premisa dejará su sello en Santander bajo la estructura del Centro Botín de Arte y Cultura. La elegancia de sus diseños, el sentido artístico que va más allá de los 'envases' que crea, y el agua como elemento que repite sin empachar, son tres de las líneas que definen a este genio de los planos.

Su amplio currículum está plagado de éxitos, entre los que destaca el Premio Pritzker en 1998. Su trayectoria empezó a coger fuerza cuando imaginó el Centro Pompidou de París. Era el año 1971, y hasta entonces, sus proyectos no habían crecido fuera de su mesa de dibujo. Pero en aquella ocasión, aquel boceto cobró forma. Piano suele definir su profesión como «el arte de responder a los deseos, a los sueños», y, a principios de los setenta, apostó, junto a Richard Rogers, por una estructura tan novedosa que toda la industria francesa de acero se negó a fabricarla porque decían que aquello no resistiría. Pero Piano se empeñó argumentando que sólo el conocimiento exacto del material y de su comportamiento les permitía seguir en sus trece.

Al final una empresa alemana creyó en él y fabricó las piezas. La cabezonería suprema es una de las licencias que el arquitecto genovés lleva a gala. «El tesón es algo que todo buen profesional debe cultivar para no quedarse en la superficie de las cosas y saber profundizar», dijo en hace unas semanas en Pamplona durante el Congreso Internacional 'Arquitectura: Más por Menos'. Y precisamente su tesón y el bagaje que acumuló durante los años en los que trabajó en la constructora de su padre fueron claves para que Renzo Piano dejara lo mejor de sí mismo en el Museo para la Colección Menil de Houston entre 1982 y 1986.

"El aeropuerto, aquí"

A partir de ahí su prestigio subió como la espuma y le invitaron a numerosos concursos. Uno de ellos fue la construcción del aeropuerto para la ciudad japonesa de Osaka. Antes de que acabaran los plazos para presentar la propuesta, Piano pidió a su cliente que le diera un paseo en barco por la bahía. Los japoneses no pudieron negarle el capricho, pero en medio del mar no pudieron evitar preguntarle: «Señor Piano, ¿dónde cree que debe hacerse el aeropuerto?». Sin dudar un segundo, el italiano contestó: «Aquí». Y allí mismo se construyó una isla artificial para alojar el aeropuerto. Aquello sólo podía hacerlo alguien capaz de saber cómo soplan los vientos y cómo responden los números ante todos los riesgos. La base aérea de Kansai se inauguró en 1994 y, fue bautizado por el propio Piano como «un instrumento de precisión, un hijo de las matemáticas y la tecnología». Renzo Piano tenía sesenta años cuando consiguió el reconocimiento del Pritzker, un premio que se equipara al Nobel de Arquitectura.

Entre sus más importantes trabajos también figura la reconversión de la fábrica de coches Fiat, en Lingotto; el auditorio del Parque de la Música de Roma; la ampliación del Museo de Arte de Atlanta; el edificio de Hermès, en Tokio; el Centro Paul Klee, en Berna; la sede de The New York Times, en Nueva York ; el Whitney Museum of American Art, también en Nueva York; o la reconstrucción de la Academia de las Ciencias en San Francisco. A lo largo de su carrera, Piano no olvida que la misión de un arquitecto es «pensar y contruir». Y en eso está, soñando con qué forma dar al Centro Botín de Arte y Cultura de Santander. En 2015, su currículum incluirá la obra que se construirá en el Frente Marítimo.

 

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