Una visita con fecha virtual

Un grupo de amigos del centro visitando las obras./
Un grupo de amigos del centro visitando las obras.

Veinticinco de las más de once mil personas que ya son Amigos del Centro Botín –un proceso celérico de adhesión al proyecto que no ha cesado desde Navidades y que certifica el interés que ha despertado la infraestructura y su entorno en el corazón de Santander– visitan la construcción

GUILLERMO BALBONAsantander

«Y ese nuevo auditorio, ¿no será demasiado pequeño?». «¿Esa imagen del espacio que llega hasta el mar será así?». «¿Y cómo queda entonces la Oficina de Turismo?». «¿Este es el tamaño real de las piezas de cerámica?». Todos los caminos de la nueva hoja de ruta cultural santanderina confluyen en el Muelle de Albareda. Es decir, en el Centro Botín. Casi nadie se acuerda de polémicas, debates y recursos. El paisaje urbano, portuario y de futuro, esa mezcla de skyline confundido entre los árboles de los centenarios pero renovados Jardines de Pereda y la arquitectura con aspiraciones de empatía de luz y reflejo de la bahía, empieza a ser familiar.

La curiosidad es máxima, las preguntas surgen tanto de ese sexto sentido práctico del ciudadano que demanda cómo será ese renovado hábitat, como de la necesidad de indagar en espacios y escenarios urbanos que empiezan a mostrar su rostro sin definirse del todo.

Es la tercera de las visitas de los Amigos del Centro Botín a las entrañas de uno de los proyectos e intervenciones históricas llamadas a marcar un antes y un después en la relación de la ciudad con su bahía y a generar un nuevo espacio de cultura, arte y convivencia. Al final, todos los interrogantes y curiosidades confluyen en una encrucijada casi virtual: «¿Cuándo estarán acabadas las obras?». «¿A qué se debe que no esté listo el edificio?». «Pero los Jardines sí estarán para el verano, ¿no?».

Veinticinco de las más de once mil personas que ya son Amigos del Centro Botín un proceso celérico de adhesión al proyecto que no ha cesado desde Navidades y que certifica el interés que ha despertado la infraestructura y su entorno en el corazón de Santander visitan la construcción del doble edificio durante apenas una hora. Decenas de operarios y un enjambre de celosías, máquinas y andamios apenas deja entrever el esqueleto, entre las primeras cubiertas del edificio Oeste, «el más grande, el de las exposiciones», y el entramado de espacios diáfanos, en su mayoría, que conectarán la ciudad y su bahía a través de la estructura concebida por el arquitecto genovés Renzo Piano.

El mensaje oficial es claro: el ciudadano contará en 2014 no hay más concreción con un centro de arte que «contribuirá a través de las artes a desarrollar la creatividad para generar riqueza económica y social». Lo rezan los folletos, lo subraya el vídeo que se proyecta a los visitantes y lo reitera Eva Fernández, una de las responsables de la Fundación Botín, en una breve charla que introduce en la historia y en la seña de identidad de la primera fundación privada española.

En realidad la visita es un muestrario teórico, un laboratorio, el making off del proyecto, entre planos, infografías, fotografías y pruebas gráficas de lo que será el Centro Botín. La caseta de obra principal, ubicada en el límite del muelle, junto a un noray es la anfitriona de estas visitas periódicas y a pie de obra que cursarán durante semanas diversos grupos de Amigos del Centro Botín.

Hay café y pastas, pero ni el ritmo, ni la seguridad ni la actividad incesante de los trabajos de la zona cero de la obra permiten que la visita sea un recorrido por los espacios que empiezan a asomar delimitados por la estructura y los materiales de un proyecto que crece, sin sujetarse más que a un plazo indefinido.

A la charla de contexto, le sigue la aportación técnica de Tamara Guerra, joven profesional del equipo de la firma Bovis que desbroza los detalles planificados, ya conocidos y realizados día a día sobre el antiguo solar del aparcamiento del ferry, desde aquel verano de 2012 hasta el pasado viernes en que comenzaron nuevas pruebas de luz de un fragmento de revestimiento con las piezas de cerámica nacarada.

Llama la atención el dato de esa terraza de 87 metros cuadrados con vistas a la bahía que tendrá el edificio Este dedicado al arte. Asimismo las grandes terminaciones acristaladas, el lucernario y la esperada conjunción de los Jardines y sus diversas calles en su desembocadura en la bahía con el anfiteatro y las plazas públicas generadas.

No hay detalles novedosos y sigue causando cierto asombro la ligereza: ese efecto que aflora del hecho de que los volúmenes de ambas edificaciones se eleven sobre los muelles. Las conexiones siempre soterradas del túnel con el parking de Farolas y los cilindros huecos que ocultarán las complejas instalaciones también son objeto de curiosidades.

«En este tipo de construcciones complejas y ambiciosas las obras están sujetas a muchos detalles y es normal que los plazos varíen», dice la técnico que explica los detalles de la construcción. «¿Pero hay una fecha?», pregunta una visitante. «En estos momentos no podemos responder a eso».

El toma y daca continúa. «¿Pero se ha encontrado algo inesperado, algo que no estaba previsto? ¿Hay alguna causa que... ¿por que siempre se habló del verano, no?». Tamara Guerra tiene la respuesta: «Aquí trabajamos todos, desde la primera reunión, en esta misma caseta a las ocho de la mañana, para que diseño y construcción al tiempo mantengan una evolución; esto es algo vivo».

La foto de grupo, casi de familia, de los visitantes en la terraza de la caseta de obra, da por concluida la visita y augura que la perspectiva ciudadana y el futuro urbano caminan juntos hacia el mismo punto de fuga: ese espacio público que empieza a tomar forma aunque pese más la incertidumbre.

 

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