El pueblo de las buenas bodas

Una boda de los años 60 en la que los novios recorren a pie el pueblo antes de la celebración del banquete./
Una boda de los años 60 en la que los novios recorren a pie el pueblo antes de la celebración del banquete.

Buenasbodas, una aldea manchega de apenas 300 habitantes, quiere explotar su nombre para ponerse en el mapa del turismo nupcial

JOSÉ ANTONIO GUERREROMadrid

Buenasbodas quiere ser un pueblo casado a su nombre. Pero le falta la mitad principal, las bodas. En los 16 años que lleva de alcalde, Francisco García (PP) ha casado en el Ayuntamiento a trece parejas. Juan Miguel, el párroco, mejora algo la media: un par de enlaces en sus dos años de cura en San Blas, la iglesia local. Tampoco se puede pedir mucho más a una aldea de apenas 300 vecinos, que hace tiempo perdió el colegio, que es como perder parte del alma, a favor del cercano Nava de Ricomalillo, otro término de apellido rocambolesco.

El mapa de España, tan generoso en topónimos para dar y regalar, guarda en la feraz comarca de La Jara este enclave rural bañado por inmensos olivares que, sin embargo, aparece en todos los escritos vinculado a la planta llamada buda, vocablo de origen árabe relacionado con las aneas, pitas y espadañas vegetales con las que se fabricaban las sillas de siempre. Así que Buenasbodas toma el nombre de esas buenas budas.

Ahora bien, existe una historia apócrifa mucho más sugerente que dice que hace mucho tiempo en el pueblo mataron un conejo que les duró para siete bodas. Y resultó ser una vaca llamada conejo, cuenta divertida Amparo García, la última moza que casó el alcalde, su padre, hace ya un par de años, y propietaria de la casa rural Doña Jara, la única en este rincón tan verde y chiquito de la provincia de Toledo. La casé con un poco de retraso porque ya tenía casi 40 años y tres niños, se esponja el regidor, un hombre que a sus setenta años no para quieto un momento. Me pillas montando una granja de cerdos, resopla por teléfono a las tantas de la noche. Francisco es propietario de varias cafeterías en Talavera de la Reina, a 40 kilómetros de Buenasbodas, y de 700 cabras de ordeño.

En febrero dejará el cargo a Yolanda Martínez Urbina, actual concejala para todo, y que llega con muchas ganas de mover las cosas para sacar partido de un nombre único. Cree que puede servir de gancho para promover celebraciones de bodas, despedidas de soltero, lunas de miel y todo lo relacionado con el negocio nupcial, incluyendo, por qué no, desfiles de moda, talleres, exposiciones Si ya digo yo que el que se casa en Buenasbodas se casa para toda la vida, apunta el alcalde buenabodense, que así es como se llaman sus paisanos. Aunque ya se sabe que en estos casos, ni la mejor ceremonia ni el mejor banquete, ni tampoco el mejor escenario, son certificado de garantía de nada. Ojo, que las dos parejas que yo he casado siguen juntas y muy enamoradas, tercia el párroco. El padre Juan Miguel, de 42 años, se lamenta, eso sí, de que en San Blas casa menos de lo que querría. Y da un poco de pena, teniendo un pueblo con un nombre tan bonito.

A Buenasbodas a casarse

Es cierto que ha habido algunas parejas de novios que, movidas expresamente por el encanto del nombre, han rastreado la geografía manchega hasta dar con Buenasbodas para contraer matrimonio. Pero muchas otras, aun habiendo nacido allí, han optado por celebrar su enlace en Talavera, que aunque más lejana, sí dispone de infraestructuras para acoger bodas que, por estas tierras, suelen arrastrar a no menos de 200 invitados. En muchos pueblos de La Mancha como éste, una boda normal tiene 400 invitados, la mitad si es una ceremonia pequeña, detalla Amparo, que confía en las ganas que trae la futura alcaldesa para, en lenguaje técnico, poner en valor el nombre del pueblo y dinamizar su economía. O sea, tirar plante.

Efectivamente, la próxima regidora sí, quiere fomentar las bodas en Buenasbodas, pero madurando las ideas e ir tomando decisiones poco a poco porque el pueblo carece hoy por hoy de un salón o un restaurante para soportar un evento así. Nacida hace 45 años en Buenasbodas (sí, nací en el pueblo, en mi casa, y eso me llena de orgullo), Yolanda se ha propuesto el reto de mantener viva la aldea y hacerla crecer.

Para empezar quiere desarrollar un proyecto de recuperación de la tradición de las bodas rurales para el que va a pedir colaboración a las cuatro, ahí es nada, asociaciones locales. Se trata de recopilar lo que un día fue esta tradición, y tomarlo como punto de partida hacia proyectos futuros vinculados al turismo nupcial en un entorno único, cuenta la próxima alcaldesa, que ha promovido un curioso diccionario del habla autóctona con dichos, coplillas y palabras típicas de Buenasbodas, como camocha (cabeza), embeleco (persona molesta), jarramantas (el que no da pie con bola) o patarrajón (cuando las mujeres se sentaban en el burro con una pierna a cada lado).

En esa tarea seguro que cuenta con el entusiasmo y el empuje de Amparo, otra de las nacidas en una vieja casa del pueblo, que aún recuerda aquellas bodas de tres días y cuatrocientos comensales sentados en bancadas de madera, espalda contra espalda, y felices como perdices con un banquete que no pasaba de sopa, caldereta de cordero, pestiños, vino, café y aguardiente. ¿Para qué querían más?.