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Una amputación afectiva

Baltasar Rodero
BALTASAR RODERO

La amputación implica arrancamiento, separación, pérdida y, en consecuencia, dolor físico y emocional o moral. Si nos referimos a la amputación afectiva, el dolor es moral, profundo, penetrante, congelador, paralizante, no nos permite pensar, ni reflexionar con serenidad porque todo el campo de la conciencia está oscurecido, incluso cometemos errores de bulto, al no poder dirigir con libertad nuestros actos.

Se trata de una pareja de jóvenes que, como otros muchos, inician una relación de afecto, surgida por una aceptable y espontánea empatía, crece y se desarrolla con el tiempo, en plena y grata armonía.

Todo se desliza suavemente, no se observa inquietud alguna, cada día que pasa el ensamblaje es más perfecto y armonioso, sólo se respira felicidad y esperanza, incluso diseñan caminos futuros que les permiten profundizar en su entendimiento, comprensión y amor.

Él es joven, pacífico y alegre, quizás algo descuidado, pero transmite serenidad: nada según él es importante, aspecto que en ocasiones provoca ciertos desencuentros en la pareja, que la alegría, la juventud, el amor y la esperanza siempre superan.

La relación es óptima, agradable, motivadora, ilusionante. Tanto, que provoca felices sueños de esperanza. Además, no tienen el mismo domicilio, por lo que los encuentros tienen carácter de explosivos, de alegría y satisfacción sin límites.

Ella trabaja mucho, es su carácter de siempre, ordenada y responsable; él, más liberado y con más tiempo libre, cultiva más las salidas, el ocio y el deporte.

Él, como ser sociable, conoce a más personas, y entre ellas a una joven, quizás, suponemos, más afín a su personalidad, a su actitud frente a la vida, más relajada, distendida y despreocupada, o menos responsabilizada. La amistad entre ellos crece, la cercanía aumenta y, un día, él comunica a su pareja que ha conocido a otra joven con la que se siente muy bien, relajado, distendido, alegre, incluso más auténtico. Su gesto, a la vez de triste por la despedida, expresa cierta satisfacción, se siente liberado.

Obviamente, la joven novia, exigente en su comportamiento, fiel y leal sin límites, no lo entiende, no comprende que una relación de amor y ternura profunda pueda desaparecer por la presencia de otra mujer. Llora, se entristece, piensa, se obsesiona, y no encuentra explicación por lo que no lo puede interiorizar, y lo rumia recurrentemente.

Insiste en traer al presente recuerdos diversos, en repasar cada encuentro, en revivir cada momento agradable, y especialmente en buscar dónde situar la causa de la amputación, concluyendo que es ella la única responsable; cree que no ha sabido entender las exigencias o necesidades del mantenimiento de la relación de pareja.

Otea retrospectivamente y encuentra ocasiones de desencuentros en los que ella se sintió protagonista y responsable, y se culpa hasta la convicción absoluta de sus errores. Ello, entre otras cosas, la lleva a estar pendiente de la nueva pareja, primero para observar el perfil de la personalidad de su suplantadora, y, segundo, abonando la esperanza de que algún día se fatigue la nueva relación y recupere al que fue su pareja.

Los errores de este comportamiento son muchos e importantes para la conservación de nuestro equilibrio emocional: se prolonga el sufrimiento sine die al permanecer conectada con la persona que la ha abandonado, además de que pierde la iniciativa normal de su propia vida, negándose una normal evolución. Él se ha ido con otra libremente, ha hecho una nueva elección, se supone que el cambio le proporcione algún beneficio, y le sitúe en un lugar más agradable, confortable y feliz.

Tampoco hay culpables: la empatía, el afecto, el amor, se suscita desde dentro hacia afuera, y es algo que tiene imposible control, no lo podemos dirigir. La sustancia es que hubo un tiempo en el que él dirigió sus afectos en una dirección y por diferentes circunstancias, especialmente porque carecían de la fortaleza o firmeza suficientes, en este momento los ha dirigido en otro sentido de forma consciente y libre.

Ocurre eso, sí, que ella honesta, exigente, leal, fiel hasta el infinito, dado su perfil de personalidad, tiene verdadera dificultad para entenderlo, porque la interiorización del hecho la desestabiliza. No obstante, hay que tener siempre presente que el mundo es como es, no como queramos que sea, y que cada individuo posee un código de comportamiento, único y exclusivo, que en nada se parece al de al lado

La conclusión en estos casos, y de forma especial cuando la pareja se ha unido a otra persona, es la aceptación, la asimilación, la interiorización: es lo que hay, sin matiz alguno, la alternativa no existe, lo tenemos que situar en la historia y seguir, seguir sin traer el pasado al presente, para lo que es imprescindible desconectar, pensar que fue algo que sucedió, quedando ello en el pasado, es decir, en lo que ya no es. Este pensamiento nos permite futurizar, proyectarnos en el futuro, diseñar los raíles de nuestra vida, visionar nuevos horizontes, siempre teniendo en cuenta que es una contingencia común, que no es algo singular, que es un hecho cotidiano y, por ello, sólo tiene la importancia que le demos,

La vida es como un camino, no siempre recto. Vamos a observar curvas diversas, estando algunas de ellas sin señalizar. Hemos, pues, de ser, además de prudentes, realistas, para que una incidencia normal no nos descompense.

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