Comerse al difunto para venerarlo

Investigadores del Instituto de Prehistoria de la Universidad de Cantabria descubren en Málaga vestigios de canibalismo entre humanos modernos de hace 7.000 años

Recreación de homo sapiens que expone el Museo de Prehistoria de Cantabria. /Celedonio Martínez
Recreación de homo sapiens que expone el Museo de Prehistoria de Cantabria. / Celedonio Martínez
José Carlos Rojo
JOSÉ CARLOS ROJOSantander

Los estudios científicos constatan cada vez con mayor claridad que el canibalismo siempre existió entre homínidos. Los vestigios encontrados en Atapuerca (provincia de Burgos), por ejemplo, revelan que fue algo común en las diferentes edades del hombre; pero al contrario de lo que se cree, no hay que retrotraerse al pasado más remoto para encontrar pruebas de que el hombre devoraba al hombre.

De hecho, cuando el sapiens alcanzó su hegemonía, e incluso comenzó a manipular la naturaleza al poner en marcha la ganadería y la agricultura -síntoma de un concepto de la vida más elevado-, aún había personas que se comían a otras personas. Es algo inconcebible para cualquiera que lo juzgue con ojos del presente; pero hay que comprender la diferencia de los tiempos, las supersticiones y los conceptos de trascendencia que manejaban en aquel pasado.

«Tenían sus razones para hacerlo. Por un lado estaba el canibalismo agresivo derivado de la confrontación violenta entre diferentes grupos. Pero luego existía otro que tenía que ver con los ritos funerarios, producto de enterramientos en diferentes etapas en el seno de una misma comunidad». Francisco Javier Rodríguez, experto del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (Iiipc) asegura que los restos hallados en la cueva de El Toro, en Málaga, son los primeros encontrados en la península con datación correspondiente a la época neolítica. Estos, en concreto, datan del 5.000 a.C.

Una forma de entrar en comunión con el fallecido

«Es la primera vez que podemos contextualizar y documentar prácticas relacionadas con el canibalismo durante el neolítico antiguo», subraya. Para aquellas personas no era nada descabellado. Probablemente suponía una forma de entrar en comunión con el fallecido, «porque lo que sí se ha podido demostrar por el análisis genético es que en un caso se trataba de dos mujeres, no sabemos si hermanas o madre e hija, con relaciones de consanguinidad».

Los huesos presentan marcas de mordidas, de cocción. Cortes compatibles con un desollamiento. «Encontramos un cráneo localizado en un lugar de referencia que, sin duda, para ellos era un enclave destacado, tal vez de culto, que fue trabajado con golpes fuertes para tallarlo a modo de cuenco», cuenta Rodríguez. Probablemente aquellos pueblos conservaban esos restos de sus fallecidostal y como hoy las familias pueden guardar las cenizas de un difunto en un jarrón, «ahora, sencillamente, nos hemos vuelto más pulcros con todo esto».

Las conclusiones de este estudio surgen tras el análisis de más de 100 restos humanos recuperados en El Toro. Manifestaciones similares han sido documentadas en otros yacimientos neolíticos del sur de la península ibérica como Carigüela, Malalmuerzo y Majólicas; sin embargo, «hasta ahora no se tenían dataciones precisas que dieran cuenta del contexto cronológico». Por eso estos resultados han sido publicados recientemente en la revista científica American Journal of Physical Anthropology y en Nature.