El mítico frontón Beti Jai resurge de los escombros

El frontón Beti Jai, a punto de terminar el trabajo de consolidación emprendido en 2015./Alberto Ferreras
El frontón Beti Jai, a punto de terminar el trabajo de consolidación emprendido en 2015. / Alberto Ferreras

Construido a finales del siglo XIX, el edificio madrileño ha sido rescatado con un trabajo arquitectónico fiel a su aspecto original

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

La pelota vasca era un entretenimiento en auge en la capital española de finales del siglo XIX, cuando la empresa Arana, Unibaso y Compañía comenzó a construir un nuevo frontón en Madrid. Encargado al ecléctico arquitecto Joaquín Rucoba, en 1893 estaban aprobados los planos y al año siguiente se inauguró el Beti Jai, el único de aquellos templos de pelotaris que todavía se mantiene en pie. «Se construyó muy rápido», asegura Mariluz Sánchez, arquitecta encargada de la recuperación del edificio de la calle Marqués de Riscal. «Estaba en un estado de conservación lamentable, casi en ruina».

Las fotografías atestiguan que el patio había sido conquistado por casas de techos de dos aguas y las gradas por apartamentos de ladrillo y cal. En la vida de la finca, el uso original para el que había sido construido, jugar la pelota, fue también el más breve. Ya en 1919 se cerró el frontón y se convirtió en la fábrica alemana de coches Steiger, donde quizás fabricaran su famoso modelo 'sport' hasta la desaparición de la marca, cuando se convirtió en un taller de Citroën. Los coches a reparar entraban por un enorme hueco abierto en la fachada interna, de inspiración árabe. Luego, total abandono en los últimos 20 años.

Durante los primeros seis meses de 2016, Sánchez se dedicó a investigar cómo había sido el frontón. Encontró los planos, propiedad de los herederos del arquitecto, y varias fotografías en blanco y negro. Para valorar los colores, dieron con una acuarela del propio Rucoba. En ese tiempo también indagaron en el estado de conservación. «La gran incógnita era saber cómo estaba la cimentación», recuerda Sánchez, que encontró una sorpresa nada agradable: debido a la urgencia de los plazos, no se había esperado el tiempo suficiente para la consolidación antes de empezar a construir las siguientes plantas. «Las pilastras de fundición y el muro estaban inclinados», asegura. «Al construirlo, tuvieron que descartar una última planta y la cúpula, que estaban en el proyecto». Por fortuna, las bases eran sólidas. «El problema más grande era la entrada de agua. El óxido había carcomido los morteros y la madera de los cimientos estaba podrida».

En el verano de 2016, empezó la acometida de la obra, que es la etapa que ahora termina, para comenzar otra, un concurso que determinará el uso y el tipo de instalaciones con que contará el antiguo Beti Jai, siempre acotado dentro del sector cultural o deportivo. Para la consolidación estructural, el Ayuntamiento de Madrid destinó 2,8 millones de euros después de comprar la finca por 7 millones. Para la segunda etapa, el presupuesto supera los 11 millones.

El Beti Jai se construyó repletó de detalles, elementos decorativos simbólicos tanto en la fachada como en su interior. Entre sus particularidades estaban los balaústres, los capiteles con la canasta y la pelota, los escudos de la compañía con sus iniciales en hierro forjado, las viguetas curvas, los elementos metálicos de las gradas también semicirculares. «Había una de cada cosa y sacamos moldes», recuerda Sánchez. «A veces esos moldes se construían a partir de piezas separadas encontradas en distintas partes. Pero hemos recuperado más de lo que creímos al principio». Por el exterior, se reconstruyó la fachada principal, con el mismo color arena coloreado por Rucoba y los laterales de ladrillo se limpiaron y sustituyeron. «Uno a uno, se sacaban las llagas y el ladrillo», asegura Mario Arranz, encargado de obra. «Se quitaron las plantas, casi árboles, crecidos allí, y los escombros, en algunas partes de hasta nueve metros de altura».

Sin embargo, el aspecto exacto al original no era posible, por una cuestión legal: los pilares de época eran capaces de sostener 300 kilos por metro cuadrado y la normativa actual exige 500. La solución, añadir otros, anodinos, detrás de cada uno de los auténticos. Al recapitular, Sánchez dice: «lo más complejo fue saber lo que teníamos que hacer».

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