Ocupaciones y oficios desaparecidos

BENITO MADARIAGACRONISTA OFICIAL DE SANTANDER
Ocupaciones y oficios desaparecidos

El cambio en las formas de vida y los avances del nivel tecnológico han originado que tipos costumbristas y oficios de antaño, como el barquillero, el sereno o los vendedores ambulantes hayan desaparecido. Todos somos hijos de nuestro tiempo, pero actualmente una gran parte de la población más vieja ha sido testigo de formas de vida que los cambios, adelantos y la estructuración actual de la sociedad han hecho desaparecer. Algunos de esos oficios nos recuerdan «Los españoles pintados por sí mismo», con tipos como el carbonero, el avisador de los mareantes o el bañero, que ya no existen. Los bañeros, como lo fue Román, el famoso nadador de Ubiarco, pertenecen a la historiografía costumbrista. Ahora ese cometido de salvar vidas en las playas lo hace la Cruz Roja y voluntariamente el 'Cioli', hombre que ha frecuentado estos lugares, sobre todo la de La Magdalena, más que las gaviotas.

Si ustedes sienten curiosidad por conocer los bandos de antaño, lean el de Don Juan de la Pedraja, alcalde constitucional de la ciudad en 1844 y sonreirán ante las normas aplicadas a los bañistas. Lo primero que llama la atención es que los hombres y mujeres se bañaban en lugares diferentes. Ellas tenían destinado el espacio desde las escaleras que, desde la calle Alta bajaban al mar, donde hoy está el Paredón, hasta la Peña del Cuervo y también desde más arriba del Castillo de San Martín en dirección al sitio de la playa de La Magdalena. Y de aparecer hombres en el área de las mujeres, eran multados severamente por la autoridad. Los más pobres sin trajes de baño, en el caso de los hombres utilizaban en los pueblos un saco atado a la cintura con los agujeros por donde sacaban las piernas y las mujeres lo tapaban todo. No era precisamente una visión muy erótica.

Ya puestos a prohibiciones hubo que condenar para evitar costumbres abusivas en esos años peredianos, bajo multa de 20 reales, la colocación de los cadáveres en los portales, a la entrada de las casas o expuestos en las calles, según bando en 1838 del alcalde primero constitucional de la ciudad. Al salir uno por la mañana y encontrarse con el vecino difunto en el portal no era precisamente una buena forma de comenzar bien la mañana y más si era andaluz y supersticioso.

El avisador para ir a la mar de madrugada, cuyo grito se oía en los barrios de pescadores de Puerto Chico, según contaba Gutiérrez Solana, ha pasado también a la historia. Otro tanto ocurrió con el auténtico «raquero» que desapareció a partir de la Guerra Civil. En la Cuesta de Canalejas, en la proximidad del Colegio de los PP. Escolapios, había grupos que registraban y quitaban la merienda o dinero a los estudiantes. Era un raquero diferente al descrito por Pereda. Después el término se ha aplicado a las personas con mala traza, mal habladas o que cometen «raquerías», incluidas aquellas personas informales dedicadas a los negocios. En el caso de la mujer, llamarla raquera era y es un insulto grave. Así se decía, por ejemplo, de la muy mal hablada y grosera, pero Pereda no incluyó nunca en este tipo costumbrista a las mujeres. Hoy la Academia de la Lengua estará asombrada de la riqueza de matices del lenguaje de la gente joven de ambos sexos. El raquero que se tiraba a coger monedas es muy posterior y aparece durante el franquismo. Según las cogían las iban metiendo en la boca.

La venta ambulante fue un oficio tanto de hombres como de mujeres. En este último caso, anunciaban con sus pregones la venta de sardinas, amayuela o de arena de fregar. Las areneras fueron muy populares. Pregunten a las mujeres de más edad cómo limpiaban con estropajos de esparto y arena la cacharrería doméstica. Las lecheras transportaban en burras con ollas el producto para venderlo después en el mercado. Las añas con cofia, pendientes y uniforme han pasado a mejor vida y sólo las conocieron aquellos de la clase burguesa que se podían permitir el lujo de alquilar esa compañía para sus hijos, dedicación que existió hasta el primer tercio del siglo XX.

Oficios ambulantes de hombre fueron el aceitunero y el mielero que anunciaba su producto de la Alcarria por la calle. El maletero era en aquellos años de hambre y de personas sin trabajo otra de las ocupaciones dedicadas a llevar, hasta donde viviera el solicitante, aquellas pesadas maletas, algunas de madera, de los estudiantes repletas de libros, que pesaban como un pecado. A la salida de las estaciones se ofrecían de portadores para llevarlas al hombro o en carretillas. En la mujer, la portadora de bultos en carretas hasta el puerto fue una de las imágenes impresionantes, que ha quedado en la fotografía como una condena de nuestra sociedad. Aquellas pobres mujeres, igual que las cargadoras y descargadoras del puerto, constituían una ofensa a la mujer pobre que no tenía otro oficio mejor. ¿Y las lavanderas? Hasta que se inventó la lavadora, su trabajo fuera de casa era un oficio penoso y con mucho peligro cuando la ropa procedía de hospitales o de enfermos infecciosos. Por si les parece poco, aparte del trabajo en la propia casa, muchas tuvieron que trabajar de costureras a mano y a máquina, de planchadoras, trabajadoras en fábricas de salazón y conservas, criadas de servicio, etc. Algunas de estas labores se han modificado en nuestros días. ¿Y luego dicen que las anchoas son caras?

A los que sí han conocido los que peinan canas es a los serenos, que atendían abriendo la puerta de la calle a los que venían a altas horas de la noche o de madrugada de un viaje o llegaban de jarana, bien «cargados», y no encontraban la llave.

El fotógrafo de los jardines, el barquillero y pirulero fueron personajes de mi niñez, más bien ejemplares del costumbrismo que se ganaban la vida por poco dinero. Por ejemplo, a la entrada del colegio de los Escolapios estaba el «Pirulero» que vendía, además, regaliz, chufas, pipas, orejones y caramelos. Fue un hombre popular y de extrema bondad, que no tenía un seguro contra los robos de la chiquillería. A la entrada de los cines había igualmente mujeres que vendían golosinas y pitillos sueltos de tabaco rubio. Ofrecían también unas manzanas pequeñas recubiertas de caramelo pinchadas en un palo. Cuando se comía uno el caramelo aparecía una manzana verde y dura poco apetecible. En las playas fue popular el vendedor, con alto sombrero blanco de cocinero, de una clase de obleas o barquillos que anunciaba como parisienses. Un tipo especial fue el charlatán que ofrecía productos dentífricos o cuchillas de afeitar con mucha gracia y verborrea. Y había que hablar con mucho desparpajo para que la gente comprara aquellas cuchillas que te destrozaban la cara o los polvos para limpiar los dientes. En el caso de los niños utilizados en espectáculos públicos, cantando o bailando, hubo que reglamentar el trabajo ante los abusos cometidos con los menores de ambos sexos. Alberto López Argüello, Inspector de Trabajo en la provincia de Santander, publicó en 1920 el libro titulado 'El trabajo del niño en los espectáculos públicos'. Se trata de un curioso informe sobre el empleo de los niños y niñas en casetas de feria y teatrillos con trabajos peligrosos o muy cansados e impropios de su edad.

El que quiera saber más y recordar los vestidos, oficios y las prácticas primitivas de higiene de antaño, cuando en la mayoría de las casas de la ciudad no había cuartos de baño, que pregunten a sus abuelos y abuelas que les contarán con más detalles muchos pormenores de las formas de vida difíciles y austeras de aquellos años, no tan lejanos, que, a Dios gracias, han desaparecido.