La región ya ha perdido 3.200 hectáreas de bosque y matorral en los incendios de este año

El fuego para crear pasto ha arrasado ya una superficie similar al término municipal de Santander

TEODORO SAN JOSÉSANTANDER.

Mientras en buena parte de España el mayor riesgo de incendios forestales se asocia al patrón de la época veraniega, en Cantabria es justo lo contrario. El peligro de ver llamas en el monte se multiplica de enero a abril. Las cifras pueden sorprender: en los últimos treinta años, durante ese cuatrimestre invernal, se ha producido una media de 50 siniestros al mes cuando en el resto del año serían ocho. Y la media de superficie arrasada, 4.026 hectáreas por año (6.700 el pasado año).

En lo que va de año ya se han contabilizado casi 330 incendios forestales, que han consumido 3.200 hectáreas (32 kilómetros cuadrados), según cifras provisionales de la Consejería de Desarrollo Rural. Es un número frío en solitario, pero su comparación produce espanto. Es el equivalente a 3.200 campos de fútbol como el del Racing o casi la superficie del término municipal de Santander (33,9 kilómetros cuadrados). Más exactamente es como si todo Ampuero (32,2) fuera una mancha negra, o Cabezón de la Sal (33,8), o Camargo(33,8). Y la temporada de incendios está en su ecuador.

Hay un factor, el viento sur, que favorece el crecimiento de esos siniestros, pero el origen del mal es menos poético: la quema intencionada de matorral para procurar o regenerar pastos. «El sur incrementa la temperatura, hace disminuir la humedad relativa del aire, deseca la vegetación y la pone en condiciones idóneas para arder», explica Pedro Aramburu, jefe del Servicio de Montes, «pero el problema no es el viento, sino la creencia ancestral de determinados individuos de que haciendo quemas se favorece la regeneración de pastizales. Ése es el motivo principal por el que se provocan los incendios en Cantabria», hace hincapié Aramburu.

El socio viento sur

Cuando se conjugan ambos factores, vientos cálidos y la actuación de personas con ancestrales criterios equivocados, las cifras se multiplican. Sucede que durante entre enero y abril el 'efecto Foehn' (el mecanismo del 'sur') es el responsable de que el viento húmedo y cargado que llega por el sur de la Cordillera la sobrepase seco y caliente. Y lo haga a gran velocidad creando un escenario de lo más adecuado para arder y propagar los incendios. El mejor socio del fuego.

El pasado año, por ejemplo, sólo en febrero, marzo y abril, típico trimestre de 'suradas', hubo 607 siniestros frente a los 193 que se registraron en los otros nueve meses. Este año, las condiciones meteorológicas han sido ciertamente distintas, predominando los vientos norteños, pero sólo en la ventana que se abrió en vísperas de la famosa 'ciclogénesis explosiva' (más o menos, entre el 15 y 25 de febrero) se produjeron 260 incendios, lo que representa una media de 26 siniestros diarios que se llevaron por delante dos mil hectáreas

Estos días, de nuevo con el viento sur, se ha abierto un segundo periodo de incendios forestales, que comenzó el pasado lunes y en el que hasta ayer domingo se llevaban contabilizados otros 65 incendios, con aproximadamente 1.200 hectáreas afectadas. El sábado fue un día negro: diez incendios y 800 hectáreas arrasadas.

La tradición o las prácticas habituales en algunas comarcas de la región abonan la creencia de que el fuego, además de limpiar y ampliar el terreno para el ganado, permite que la hierba salga más y mejor. Y es precisamente en valles y comarcas de profunda tradición ganadera, como Cabuérniga, Pisueña/Pas, Nansa y Soba, donde el fuego más castiga al monte.

Suelo esquilmado

«Existen personas que creen firmemente en la quema como medio para regenerar pastizales, sin comprender que ésta técnica únicamente ha de utilizarse en determinadas condiciones de pendiente, grado de desarrollo de suelo y periodo de recurrencia», explica el jefe del Servicio de Montes. Por añadidura, esas quemas indiscriminada e incontroladas generan, además de los riesgos inherentes al incendio forestal, «fenómenos erosivos que esquilman el suelo, provocando que éste sea cada vez más pobre y esquelético, incapaz de sustentar cobertura vegetal».

Porque además del daño inmediato, el de las hectáreas que se calcinan, provocan otro latente. Con los incendios recurrentes en las mismas zonas «se desestructura el terreno y, a nada que haya pendiente, se pierde monte abajo y te quedas sin suelo. Acaba aflorando la roca madre». Esos afloramientos en muchas de las montañas de Cantabria recorridas por incendios recurrentes allí donde antes existían masas forestales o de pasto «evidencian la hipoteca que estamos dejando a nuestros nietos».

De modo que si se le castiga, ese terreno en un futuro no es que sea incapaz de sujetar árboles, es que tampoco servirá para pasto. «Ésa es la hipoteca que dejamos. Montañas y terrenos sin capacidad de suelo», sentencia Aramburu. Y tal es el sentido que trata de inculcar este ingeniero de montes para evitar la degradación forestal. Estima que en el medio rural se es consciente de este grave problema y, por supuesto, del valor de los montes, «pero no de la erosión del suelo y de que quedarán baldíos».

Igual que Aramburu, el jefe de comarca Saja-Cabuérniga del Servicio de Montes, Ángel Carlos Terán, apunta en la misma dirección: «El origen de la mayoría de los incendios responde al mismo patrón: un ganadero muy concreto que lleva lo de hacer fuego en los genes».

Terán reconoce, pese a que algunos son conocidos y se les vigila, es «muy difícil controlarles. Colocan mechas que prenden a las tres de la mañana o cuando ellos ya juegan a las cartas en el bar. O mientras están en una discoteca y el fuego se produce a cinco kilómetros. Eso lo vas sabiendo con el tiempo», señala este técnico forestal, que tiene a su cargo varias cuadrillas y guardas dedicados «día y noche a evitar los fuegos y a extinguir los incendios» en la zona más problemática en lo que a incendios forestales se refiere. Pero también existen otros motivos, como rencillas o conflictos entre particulares que se vengan con el fuego. «Y lo acaba pagando el monte».

Las campañas de prevención que vienen realizando logran sensibilizar a la mayor parte de la población, «pero hay que llegar al núcleo del problema», señala Aramburu en referencia a los causantes de los fuegos provocados. Además de la prevención (tratamientos selvícolas, quemas controladas, vigilancias, modificar prácticas de riesgo, etc.) las otras tareas básicas asignadas a la Dirección General de Biodiversidad son la detección y extinción de incendios.

Justo ahora estamos en medio de la peor época para el monte y para los más de trescientos efectivos movilizados que dependen del esa dirección general. «Es un trabajo muy duro», señala Terán, «un trabajo que, las más de las veces, toca hacerlo de noche, en sitios peligrosos, de mucho riesgo. En zonas de pendientes, donde, al quedarte sin suelo, pisas una piedra y puedes rodar monte abajo. O en sitios que, por lo quebrados que son, uno no tiene agilidad».

Y es que, además de controlar y combatir el fuego, como jefe de comarca debe vigilar y velar por los efectivos a su cargo. «Con viento sur hay que tener mucho ojo porque el fuego te puede cercar y hay que tener muy controlado al personal», explica, para reconocer más tarde que no han faltado ocasiones en las que llegó a estar «seriamente preocupado» por el comportamiento del fuego y la seguridad de sus efectivos.