El edificio, que siempre ha sido privado, ha tenido una docena de dueños

M. Á.SANTANDER.

En algo más de un siglo, El Capricho ha tenido una docena de propietarios. El primero fue Máximo Díaz de Quijano (cuñado del Marqués de Comillas), que en 1883 encargó al arquitecto Antoni Gaudí una residencia de verano de tipo oriental, un 'capricho' que acabó rebautizado a la originaria 'Villa Quijano', que así se llamaba.

Las obras terminaron dos años después, y su propietario no llegó a verlo terminado. El Capricho pasó a manos de su hermana Benita y, en 1904, a Santiago Díaz de Quijano. Después lo heredaron sus hermanos, que lo acabaron cediendo a Juan Antonio Güell López.

El edificio siguió en manos de la familia del Marqués de Comillas, que lo usaban como vivienda de veraneo para uso propio o alquiler, hasta que en 1977, cuando ya estaba muy deteriorado, la nieta de Güell, Pilar, lo vendió al empresario torrelaveguense Antonio Díaz. Por aquel entonces, pagó por el inmueble (que desde 1969 era Bien de Interés Cultural) 16 millones de pesetas.

En 1988 se hicieron cargo de El Capricho los hijos de Díaz, Antonio y Ernesto, que lo convirtieron en un restaurante, que abrió sus puertas un año después, tras unas obras que costaron 300 millones de pesetas. Ellos fueron los primeros que otorgaron una dimensión pública al monumento ya que, hasta ese momento, nadie podía visitarlo por dentro al ser su uso exclusivamente residencial.

Ya en 1991, el grupo japonés Mido Development lo compró por unos 800 millones de pesetas, y el año pasado asumió un proyecto de rehabilitación cuyo objetivo era devolver al edificio su aspecto original.

La empresa japonesa es, de momento, la última 'novia' de El Capricho de Gaudí.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos