El pueblo de los pelones

El pueblo de los pelones

La alteración de un cromosoma deja calvos en la preadolescencia a casi una cuarta parte de los chicos y chicas de Villafranca de Duero, en Valladolid. Aquí gastan tanto en pelucas como en zapatos y vestidos

ISABEL F. BARBADILLO

Los pueblos tienen nombre propio y sus habitantes, gentilicios y, además, apodos con los que les bautizan los vecinos de la comarca. Hay quienes se vanaglorian del mote. Otros lo sobrellevan como pueden, como una cruz a la que el tiempo acaba recubriendo de una espesa pátina de humor y socarronería. Es el caso de los vecinos de la localidad vallisoletana de Villafranca de Duero, a quienes llaman 'los pelones' porque abundan las calvas en hombres y en mujeres y, por tanto, las pelucas.

De visita al pueblo, a 65 kilómetros de Valladolid, casi en la frontera con la provincia de Zamora, una exultante primavera de campos verdes y árboles en flor envuelve la estrecha carretera que conduce al municipio. Es media mañana y en el pueblo no se ve un alma. Los hombres, en el tajo; las mujeres, con sus faenas, y los niños, en la escuela, que aún conserva dos maestros aunque el censo registre menos de cuatrocientos habitantes.

En el bar, la mujer que lo regenta se queja del corte de luz que le impide servir un café a una clientela escasa. «Será que no pagamos a Iberdrola», farfulla sin alterarse. Al conocer el propósito de nuestra misión, sin pensárselo ni un segundo, se lleva las manos a la cabeza, agarra con fuerza su abundante cabellera, la zarandea y exclama orgullosa: «Es todo mío».

El ex alcalde Eloy Rodríguez González y su mujer, Elpidia, se prestan de cicerones para acompañarnos de casa en casa. Los dos tienen pelo. Pero un hermano de Eloy no, porque su padre era calvo. «Yo no salí pelón, pero aquí se ven barbas con cabezas blancas y muchas mujeres llevan peluca», advierte, mientras Elpidia prepara un café con pastas.

De la leyenda a la ciencia

Lo más curioso de esta variedad de alopecia es que todos los habitantes nacen con pelo. Las niñas hacen su primera comunión con trenzas y melenas, pero antes de los 10 años, chicos y chicas lo pierden, se les debilita y va cayendo hasta quedar la cabeza «blanca». Así que al nacer nadie sabe quién llevará peluca y quién pelo natural, ésa es la incógnita que intriga a la población. No es para menos. En torno al 20% debe sobrevellar una tempranísima calvicie que se extiende, por antiguos lazos familiares, a algunos vecinos del municipio zamorano de Fuentelapeña, próximo a Villafranca.

Las generaciones se suceden y los villafranquines no acaban de entender lo que ellos mismos llaman 'tara', 'defecto' o 'enfermedad'. La leyenda dice que fue un cura, calvo y atrevido, quien sembró la semilla de esta 'raza'. Eloy Rodríguez ni lo desmiente ni lo confirma, pero tampoco lo descarta. «Los curas no son santos, mira lo que está pasando en Estados Unidos y en Irlanda».

No fue hasta 1974 cuando la ciencia despojó al ancestral párroco de su sambenito y rehabilitó su honor. Cinco años de concienzuda investigación permitieron a Pedro Álvarez-Quiñones, por entonces catedrático y titular del Departamento de Dermatología del Hospital Clínico de Valladolid, y a su discípulo Jaime Toribio desvelar el misterio. El tesón les llevó a descubrir una patología nueva, sin referencias médicas en el mundo, una proteína anómala en el cromosoma 6. Quienes lo heredan se quedan calvos y pueden transmitirlo a sus descendientes; pero los sanos, los que conservaban el pelo a lo largo de su vida, no son portadores de ese gen, por lo que hijos, nietos y demás vástagos nunca heredarán la que catalogaron como 'hipotricosis simple hereditaria del cuero cabelludo', ya que sólo afecta a la cabeza. El resto del cuerpo, incluidas cejas y pestañas, mantiene su correspondiente pelo.

Los investigadores bucearon en los archivos parroquiales -«los civiles fueron destruidos en la Guerra de la Independencia», comenta el doctor Toribio- para completar el árbol genealógico de ocho generaciones, hasta llegar a Benito e Isabel Prieto, nacidos a mediados de 1700 y muertos a principios del siglo XIX. «Ambos eran familia, la alteración genética derivó de la consanguinidad», precisa el catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela.

En aquella investigación participaron algunos voluntarios, sobre todo niñas, que se sometieron a diferentes análisis en el centro hospitalario. Una de ellas es Justa Vicente. Recuerda que le hicieron pruebas, pero luego no supo nada más. «De pequeña, mi madre me peinó unas buenas trenzas, pero luego se me fue quedando ralo, como le pasó a mi hija (muestra la foto de su comunión en la que luce una melenita rubia sujetada por una diadema)». Justa confiesa que su calvicie no le ha acarreado ningún trauma. «De pequeña, los chicos sí te dicen cosas, pero todos hemos vivido lo mismo y mientras las analíticas den bien...». Y tiene razón.

Julia González Prieto es otra 'pelona': 70 años, dicharachera y divertida. De los once hijos que tuvo su padre calvo, cinco chicas y dos chicos heredaron la alopecia. Ella ha tenido cuatro vástagos y han resultado calvos la mitad, un varón y una mujer. Julia enseña alguna de sus pelucas, aclara que no gasta mucho en ellas, al tiempo que justifica el desembolso: «Más se gastan otras en vestidos», responde.

Variedad de pelucas

Cerca vive Ángeles Vicente Hernández, de 76 años y con siete hermanos. De los ocho (cuatro chicas y cuatro varones) tres de ellas y dos de ellos llevan peluca. El 'defecto' se lo toma con resignación cristiana. «Digo yo que el Señor Bendito lo querrá así y nos tenemos que conformar. Unos nacen guapos, y otros, feos; unos cojos y otros ciegos. Qué le vamos a hacer». A ella no le duele gastar en vestir su cabeza. «Es lo mismo que si necesitas calzado. No me gusta andar mal. No voy a tirar la casa por la ventana, es lo mismo que comprarse un vestido». Dispone de tres pelucas para los días de diario y otras para los domingos y las fiestas. Las cuida, las lava con champú y las seca, como si se tratara de una cabeza cualquiera. «Hay que cuidarlas, porque la más barata cuesta más de 200 euros. A ver si Zapatero nos da dinero para comprarlas, pero ahora que está tan perdido, será difícil», las tira con sonrisa picarona.

Su hijo Anastasio López, de 35 años, llega mientras su madre se somete a la sesión fotográfica. A los 10 perdió su pelo. Lleva peluca, pero a veces se descubre la cabeza «porque ahora está de moda, así que ni siquiera tengo que afeitármela, eso también es una ventaja», se consuela.

La mayoría de los 'pelones' compran sus pelucas en Madrid, en una tienda que surte de indumentaria a la gente del teatro. Lógicamente el coste varía. «Las tienes de 200 euros y hasta de 600. Encima apenas duran, como mucho seis meses si quieres ir decente, aunque las laves con champú y suavizante. Pero, claro, andas por el corral arriba y a abajo y se estropean», cuenta María Luisa Rodríguez, de 65 años. Mientras habla con las manos manchadas de grasa porque está haciendo torreznos, suena su móvil. Va en su busca, abre el armario y suelta: «Lo tengo metido en la cazuela, como la Pantoja al pollo». María Luisa tiene tres hijas, todas con pelo. «Yo tengo esa 'falta', hay otras peores».

Los vecinos de Villafranca, pueblo donde el Duero se enseñorea y ensancha, desconocen que en otros países hay familias que nacen con la misma patología, como en Dinamarca, México, Italia, Israel y Hungría, asegura María Álvarez-Quiñones, hija del investigador, quien habla emocionada en nombre de su padre octogenario.