¿Quién es el animal?

¿Quién es el animal?

La muerte de una vaquilla a golpes en Alhaurín el Grande reabre la polémica sobre el maltrato en los festejos taurinos populares

Al toro, por los cuernos, por las patas, por el rabo y por donde el golpe caiga. Eso debieron de pensar los mozos que anteayer acabaron con la vida de una vaquilla durante la feria de Alhaurín el Grande (Málaga). Un espectáculo bochornoso que no sólo ha sido denunciado por las organizaciones ecologistas, sino por los propios defensores de estos festejos populares. La Junta de Andalucía y la Fiscalía de Málaga investigan ya los hechos, que han llevado al alcalde del municipio a suprimir definitivamente la suelta de vaquillas.

Hasta el taurino más acérrimo puede entender que una cosa es hacer un quiebro y otra quebrar al animal y zarandearlo hasta descoyuntarlo, como hicieron ese puñado de jóvenes. En plena resaca tras la polémica sobre la conveniencia o no de suprimir la fiesta nacional, el suceso ha destapado de nuevo la caja de los truenos y enfrentado a quienes defienden estas actividades y a quienes las condenan. En un principio, las autoridades de la localidad intentaron apoyar a los desalmados con el argumento de que la res había muerto tras chocar con otra vaquilla. Tuvieron que visionan el vídeo, aireado en multitud de páginas web, para convencerse de los golpes, las patadas y las vejaciones que infligieron a la vaca.

Como el ensañamiento no forma parte de ninguna fiesta taurina, la Asociación para la Defensa y el Bienestar de los Animales (ANPBA) se pregunta cómo es posible que nadie interrumpiera la celebración que presenciaban hasta los niños, y cómo no hubo ningún tipo de vigilancia policial. La misma opinión comparte Ecologistas en Acción. Teo Oberhuber, portavoz de esta organización, está convencido de que no es un caso aislado. «No es algo ocasional. Es bastante frecuente que parte de los aficionados no cumpla con la normativa y considere a las vaquillas como objetos donde descargar su agresividad».

La organización llega más lejos y acusa a las administraciones locales de permitir comportamientos «salvajes» que ni persiguen ni controlan. «La Policía no suele estar y, de estar, está pasiva», comenta, al tiempo que reprocha «la total incompetencia que ha demostrado el Ayuntamiento de Alhaurín por no vigilar tales desmanes y saltarse a 'la torera' tanto la legislación nacional como la de las comunidades autónomas, que excluyen el contacto directo con el animal o participar en los recortes taurinos en condiciones físicas y mentales deficientes. En el vídeo de Alhaurín se veía de todo, incluso a un chico saltando la vaquilla como si de un potro se tratara.

Los más denunciados

La sensibilización social hacia el maltrato animal va ganando adeptos. Lejos quedan algunas tradiciones seculares como la de la cabra, en la localidad zamorana de Manganeses de la Polvorosa, los gansos de Lekeitio o algunos toros embolados que, en el País Vasco, por ejemplo, se van sustituyendo por vaquillas de cartón con fuegos artificiales.

Las prohibiciones han transformado en peluche la cabra que desde el campanario de Manganeses se tira sobre una lona, aunque hay quien insiste en que la cabra la arrojan ahora a altas horas de la madrugada, con premeditación, nocturnidad y alevosía para deleite de un reducido número de bárbaros. El Día del Ganso en Lekeitio (Vizcaya), al igual que la fiesta en la que se corre el gallo en Guarrate (Zamora), también han experimentado notables modificaciones. Desde 1986 las aves se colocan muertas para disfrute de los que quieren conservar la tradición sin segarlas el cuello en vivo.

Correr el gallo en Guarrate es una fiesta ancestral que consiste en colgar a este ave para que la gente pase a su lado y le eche la culpa de todos sus males a través del recital de unas 'relaciones' (poemas). Cuando cada persona termina de contar sus penas, un jinete le pega al gallo (ya muerto) con una espada, siempre en el último domingo de enero.

La costumbre marinera de coger los gansos en Lekeitio tiene una tradición documentada de tres siglos y medio. Una cuerda es atada a un extremo del puerto y en la otra punta un grupo de hombres tira de ella. En medio de la cuerda se ata un ganso muerto. Las cuadrillas del pueblo deben trasladarse en botes hasta el ganso donde uno de ellos le agarra del cuello mientras los hombres del muelle tensan la cuerda. De esta manera se eleva al ganso con la persona colgada al cuello con el objetivo de arrancárselo antes de caer al agua. Más de 70.000 personas lo presencian cada año.

La realidad, sin embargo, camina a paso lento. Uno de los eventos más criticados por las protectoras de animales es el Torneo del Toro de la Vega, en Tordesillas (Valladolid), declarado en 1980 fiesta de interés turístico nacional. El festejo, que congrega en la primera semana de septiembre a más de 35.000 aficionados y simpatizantes, ha sido denunciado en el Parlamento Europeo, institución que ha devuelto la pelota al tejado de las administraciones españolas. Decenas de lanceros intentan abatir al morlaco de un golpe certero, pero antes la res, recién salida del aire libre y silencioso de la dehesa, ha debido enfrentarse al estrés del bullicio y a las picas de los cientos de caballistas que se apuntan al torneo. El público crece cada año en asistentes, pero también la presencia de los ecologistas para protestar por la fiesta que consideran una «verdadera barbarie».

Tradición ancestral

El rito hunde sus raíces en el siglo XV. El Patronato del Toro de la Vega vela porque se mantenga intacta y se cumpla la normativa que concede a toro y a lanceros «igualdad de oportunidades» para medir sus fuerzas en el antaño denominado campo de honor. Jesús López Garañeda, socio del Patronato, reniega del «exhibicionismo de bondad» del que alardean, a su juicio, las organizaciones ecologistas. A ellas les atribuye, precisamente por airear el festejo, el mérito o inconveniente de que cada año aumente el número de asistentes, hasta el extremo de que se están planteando tomar medidas. «Es tal la aglomeración que estamos estudiando imponer 'numerus clausus'». La masificación, añade, puede desnaturalizar el rito. «Es un torneo medieval perfectamente reglamentado, lo que ocurre es que si el descabello falla, ya sale en el vídeo», explica con el mismo lamento con el que recuerda que, desde hace unos años, al toro ya no se le cortan los testículos, que el lancero ganador recibía como premio y exhibía por la muy ilustre, antigua, coronada y nobilísima villa, títulos que ostenta el municipio vallisoletano, de unos 9.000 habitantes. «Es símbolo de virilidad, ¿qué mas da cortárselos si ya está muerto?».

Menos han progresado las fiestas con toros embolaos que en verano celebran más de 140 pueblos de Teruel, Tarragona, el delta del Ebro y Castilla y León. El máximo y más denostado exponente es la tradición del Toro Jubilo de Medinaceli (Soria) en noviembre. La diversión consiste en colocar sobre la testuz del toro un artilugio metálico con unas bolas de material inflamable a las que se prende fuego por la noche. Ni que decir tiene que los toros corren despavoridos con las llamas en su cabeza y, aterrados, arrasan con lo que se topan. Al derretirse, la materia encendida les provoca quemaduras en los ojos y en otras partes del cuerpo. Lo único que ha cambiado es que ya no se le tiran cohetes para asustarlos aún más.

Coria también es blanco de los detractores. Durante las fiestas de San Juan, cada día un toro ha de aguantar los dardos o 'soplillos' que le disparan y se clavan en cuerpo y cabeza. Tras varias horas de acoso y con el cuerpo chorreando sangre, los mozos le rematan de un tiro y le cortan los testículos. El Ayuntamiento vetó el año pasado el lanzamiento de dardos y alivió su tortura. Ahora, la fiesta es menos bárbara, aunque el toro acabe con las pezuñas quemadas del asfalto y los cuernos astillados al chocar contra los barrotes de las calles.