Simpatías africanas

JON AGIRIANO

El fracaso de sus selecciones ha dejado tocado el orgullo de los africanos. Lo dicen los periódicos y se nota en los mensajes de texto que desfilan como subtítulos por la parte inferior de la pantalla de televisión durante los diferentes programas que repasan la actualidad del Mundial. Argelia, Nigeria, Sudáfrica y Camerún ya han hecho las maletas y a Costa de Marfil sólo le falta meter el cepillo de dientes. Sólo resiste, y de milagro, Ghana, que se ha convertido en la última esperanza de África. Si superan a EE UU y alcanzan los cuartos se podrá decir que los chicos de Rajevac han redimido a todo un continente.

El cronista siente simpatía desde niño por los equipos africanos. Todo proviene de un recuerdo de la infancia, el de uno de los equipos más curiosos, admirables y descacharrantes de la historia del fútbol: la selección de Zaire en el Mundial de Alemania de 1974. Los leopardos. Imposible olvidar la colección de cromos de aquella Copa del Mundo; una colección en la que sus grandes estrellas no eran Cruyff o Beckenbauer, sino los exóticos futbolistas zaireños, algunos de ellos pigmeos de la etnia mbuti, cuyos nombres sonoros adoptamos de inmediato como propios para nuestras guerras particulares con el balón. Uno tenía dos predilectos. Cuando jugaba de delantero era Maku Mayanga. Y si tenía que ejercer de defensa se pedía a Kibonge Mafu, que en el cromo salía serio como una máscara africana y parecía un central sobrio y profesional.

La actuación de Zaire en Alemania 74 acabó de forjar el recuerdo imborrable. Los africanos tuvieron un comienzo meritorio perdiendo 2-0 ante Escocia. En el segundo partido, ante Yugoslavia, llegó la debacle. El entrenador de Zaire cometió un error garrafal impidiendo que los hechiceros que seguían al equipo espantándole los malos espíritus entrasen en el hotel de concentración. Cayeron por 9-0. Un golpe muy duro. Además, quedaba un tercer partido. Y daba pánico. Si Yugoslavia les había metido nueve, Brasil podría llegar a veinte. Felizmente, no fue así. La 'canarihna' no hizo sangre y despachó el partido con un apañado 3-0. El partido nos dejó otro nombre inolvidable, el de Mwepu Ilunga. Era un defensa pequeñito y nervioso. Mientras formaba la barrera en una falta directa a favor de Brasil, sufrió un trastorno mental transitorio, salió corriendo y pegó un pepinazo al balón mandándolo a los nubes. Los brasileños no sabían si reír o llorar cuando el árbitro le mostró la tarjeta amarilla.

De modo que da un poco de pena el papel de comparsas que, con la excepción de Ghana, han tenido las selecciones africanas en este Mundial. Las causas del fracaso han dado pie a un interesante debate. Los hay que insisten en el viejo argumento: la falta de rigor táctico. Otros, en cambio, se refieren a la mala influencia que están ejerciendo los técnicos europeos, que están acabando con la naturalidad de unos jugadores hechos en la calle. Puede que haya un poco de todo.