A la conquista de Estambul

A la conquista de Estambul

España se medirá a Grecia en octavos y evita a Estados Unidos hasta una posible final

Misión cumplida. Sin brillo, alejada de los titulares que acompañaron su triunfal gira de preparación, pero viva. España está ya en Estambul, sinónimo de octavos de final de un Mundial que en adelante ya no admite marcha atrás, y además, ha logrado evitar enfrentarse con Estados Unidos hasta una supuesta final tras la derrota de Francia contra Nueva Zelanda. En el camino, la primera parada será Grecia. 'La Roja' ha pasado por todos los estados de un enfermo. Se adentró en su sistema inmunológico el virus en el partido contra Francia. La primera vacuna resultó efectiva y la dieta de 'kiwis' pareció mejorar su evolución. Pero de las aguas del Báltico llegó una nueva cepa de la enfermedad que dejó a los de Scariolo catatónicos en estado de shock, como el propio técnico de Brescia reconocía en un sincero mensaje en el que hasta su voz reflejaba el aturdimiento generalizado. Terapia de choque y constantes vitales recuperadas frente a libaneses y canadienses. Nada que oponer a que los campeones recibieran el alta para dejar Esmirna.

Lo hacen, eso sí, aún blandos, a veces enclenques, casi siempre previsibles, con unos análisis que anuncian la inminencia de la anemia si no se toman cartas en el asunto. Claro que esta selección, al menos en su versión Scariolo, se ha manifestado desde su efecto montaña rusa del Eurobasket de Polonia como amante de los extremos. El gris no existe en su gama de colores.

Lo de ayer con Canadá fue como un encuentro furtivo, una cita que había que tachar del calendario. Sin más. Con Navarro de espectador para evitar que avancen hacia los límites de la preocupación sus crónicos dolores de espalda, España marcó las aspas de cada casillero de la encuesta sin tomarse tiempo alguno en analizar los enunciados. Planteó una faena de aliño, un ejercicio de corrección, una secuencia por otra parte ya conocida en Esmirna. Si su juego, entendido como la concreción de una filosofía, es cercano a lo visto, el sueño de las medallas se tornará voraz pesadilla. Si, como se espera, esta selección se transforma en cuanto percibe el aroma del podio, que cada cual aguante su vela ante lo que se le puede venir encima.

Evidentemente, la fuente debe tener más agua. Quizá algo haya limitado el suministro, como el trombo que impide el perfecto riego arterial. Cuesta entender el motivo que le aleja de la solvencia. Está España retenida en una garita fronteriza. Al otro lado de la barrera percibe su destino. Pero no acaba de recibir el visto bueno para cruzar la línea. Es ella la que se retrae, de eso no hay duda. Lleva su seleccionador tildando las necesidades, destacando en negrita el sota-caballo-rey que, una vez mejorado, conducirá a los campeones a la justa reivindicación de su condición. No ha conseguido que sus piezas se muevan como quiere.

La obsesión defensiva parece haber cercenado la libertad. No acaba de cerrar bien su espacio aéreo España y a la vez ha visto abortados muchos de sus despegues. El polémico Rudy Fernández, con sus luces y sombras, es casi el único exponente que ha crecido entre el quinteto de elegidos con los que Scariolo ha salido al claro de la selva. Rubio no sonríe. Es algo preocupante, porque si el base titular no es feliz es que algo no va bien. Navarro ha comenzado a racionar su presencia. Garbajosa mete lo que debe, pero minimiza la efectividad reboteadora. Y Marc Gasol tendrá algo que decir cuando sus compañeros recuerden que existe. Es el Teruel de la selección. Después, entra en juego la famosa segunda unidad, una excusa para convertir las variables en imposibles de valorar. Pero de cierta mezcla (con Mumbrú, Fran Vázquez y Reyes en el reparto) han salido quizá los mejores momentos, escasos e insuficientes, pero notables, vividos en la fase de grupos que ayer bajó el telón.

 

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