«Garabandal es una historia realmente hermosa, dramática, humana»

Su novela 'La risa de la Virgen' reconstruye con rigor la última época de las apariciones marianas en la localidad cántabra Enrique Álvarez Escritor

GUILLERMO BALBONASANTANDER.
Enrique Álvarez, con su libro sobre Garabandal. ::                             SÉ QUINTANA                                                Las niñas de Garabandal, durante un éxtasis místico. ::                             DM/
Enrique Álvarez, con su libro sobre Garabandal. :: SÉ QUINTANA Las niñas de Garabandal, durante un éxtasis místico. :: DM

«Es una historia realmente hermosa, dramática, humana». El escritor Enrique Alvarez ha convertido uno de sus encuentros obsesivos con la historia en una apasionada narración. Entre las personas seducidas por los prodigios y señales de las niñas de San Sebastián de Garabandal durante las célebres apariciones de 1961-1965, se encuentra una conocida dama santanderina que acude a la aldea a pedir a la Virgen la curación de un familiar enfermo de cáncer. Es el punto de partida argumental de 'La risa de la Virgen', una radiografía espiritual de la burguesía española de provincias en el momento crucial que precede a la gran crisis de los años sesenta. Ediciones Tantín ha publicado ahora esta incursión singular en los territorios nada fáciles de la religión, la superstición, el fervor, la historia y la fe pero siempre desde la literatura.

Del milagro al retrato social, esta obra que se presenta este sábado (19.30 horas) en el Ateneo, es la primera reconstrucción novelada de uno de los episodios más significativos y enigmáticos de la historia del catolicismo español del pasado siglo, que hoy mantiene considerable repercusión. Enrique Álvarez (León, 1954), conocido artífice cultural del Ayuntamiento de Santander, es autor de novelas como 'El sueño de la ahogada' (1990), 'El rostro oculto' (1994) e 'Hipótesis sobre Verónica' (1995), y de una extensa creación ligada al género del cuento, desde 'Trece narraciones fantásticas' (Bruguera, 1982) a 'El trino del diablo' (Ediciones Menoscuarto, 2006). Articulista, muy dado al debate abierto y a la polémica intelectual, crítico y riguroso, asegura que «poquísimos teólogos o estudiosos serios se atreven hoy día a interesarse públicamente» por Garabandal y sus significados.

-Lo primero, exento de interpretaciones y lecturas ajenas, la definición de autor. ¿Qué es La risa de la Virgen?

-Es una novela que cuenta la parte final de las apariciones de Garabandal, y lo hace sirviéndose de una historia, o de una anécdota, de carácter ficticio, pero recogiendo aquellos hechos históricos con el máximo de rigor y profundidad. Es, al menos en la intención, una novela del todo realista y verosímil.

-¿Por qué novelar una historia que parece más propia de la investigación y el ensayo?

-Precisamente, ensayos y trabajos de investigación ya los hay, y abundantes (aunque no fáciles de encontrar) sobre Garabandal. Lo que yo he querido es darle dignidad literaria a aquellos sucesos. Porque la tiene, y mucha. Es una historia realmente hermosa, dramática, humana, fieramente humana, que diría Blas de Otero.

-La imaginación y lo narrativo, ¿podrían interpretarse como una coartada para eludir el dato riguroso o la fidelidad de algunos hechos?

-Mi propósito primero fue escribir una buena novela, que se sostenga por sí misma, que persuada al lector por su coherencia interna. A la vez, he querido informar al lector sobre unos sucesos extraordinarios que acaecieron de verdad en nuestra región. He hecho 'mi interpretación', naturalmente, pero no he deformado ni manipulado en absoluto la realidad histórica, y aunque puedo haberme equivocado en este o aquel dato, agradeceré enormemente que se me corrija.

-¿Qué le atrajo de Garabandal?

-Muchas cosas. Más allá de la belleza profunda y sobrecogedora de los éxtasis y prodigios de las niñas -que yo no llegué a ver en persona pero que conocí por documentos de notoria fiabilidad-, el hecho mismo de que aquellas niñas transmitieran unos mensajes religiosos, que la posteridad ha hecho altamente plausibles, acerca del comienzo de esta 'gran apostasía', de signo apocalíptico, que la cristiandad está viviendo a raíz del triunfo virtual del modernismo teológico tras el Concilio Vaticano II. Pero también me atrajo la peripecia personal de las propias niñas, su tremenda soledad tras el final de las apariciones y frente a un entorno feroz en su descreimiento como era el de aquel Santander de 1966.

-Pese a ser un fenómeno histórico y de amplia repercusión, ¿cree que ha tenido un reflejo de igual dimensión en investigaciones y publicaciones?

-No ha tenido el reflejo que debía porque, tras la losa que los obispos Puchol y Cirarda echaron sobre Garabandal y tras el triunfo de ese modernismo teológico que mencioné antes, todos los hechos relacionados con las mariofanías últimas quedaron muy desacreditados y relegados a la condición de religiosidad lumpen, y poquísimos teólogos o estudiosos serios se atreven hoy día a interesarse públicamente por ellos.

-¿Cómo ha sido su trabajo previo a la escritura?

-Leer y consultar las fuentes ya existentes, preguntar a ciertas personas que vivieron de primera mano los hechos, y sobre todo rumiar yo solo durante bastantes años toda esta historia.

-¿Qué imagen tenía de Garabandal antes de recurrir a la ficción para adentrarse en los hechos?

-Yo, un católico ortodoxo y fiel al magisterio, llegué a Cantabria en 1978 y, por lo que oía a los curas, me quedé con la copla de que esto de Garabandal era algo tan sórdido y falaz como lo del Palmar de Troya, pongo por caso. Tardé veinte años en acercarme de verdad a los hechos y descubrir que allí había algo más, mucho más, que una falsificación infantil, como sentenció Monseñor Puchol.

-Cuánto hay en Garabandal de superstición, fetichismo religioso, enigma, fervor populista y catolicismo mal entendido?

-Por supuesto que hay mucho de eso. Desde el momento en que unas apariciones pierden el amparo de la jerarquía católica, tienden a generar este tipo de infrarreligiosidad. Pero los hechos fueron los hechos; y los mensajes ahí están. Quien no vea en Garabandal un canto sublime a la adoración, al sentido de lo sagrado, a la vivencia de la ascesis religiosa y al valor de la cruz, o no es nada católico o está cegado por la palabrería del neocatolicismo posconciliar.

-¿Su novela es una defensa de cierta integridad y pureza de lo religioso frente a actitudes y hechos manipuladores?

-No. En mi novela no defiendo nada. Cuento los hechos como fueron, desde perspectivas cambiantes. Hay personajes variados que ven las cosas de manera contrapuesta y el narrador no impone nada. El lector es libre, por ejemplo, de simpatizar con el obispo Puchol o con el cura protagonista de la novela, que finalmente cree que la Virgen sí estuvo allí.

-¿Qué es lo que más le ha sorprendido en torno a Garabandal?

-Me asombra desde hace mucho el interés súbito y muy vivo que despierta casi siempre el asunto de Garabandal cuando surge en cualquier conversación entre personas de muy diferente condición y credo.

-¿Qué aporta la literatura en este caso a un lector ajeno al hecho religioso?

-El placer de enfrentarse a una historia de ayer, pero que conserva frescura, que encierra mucha intriga y que explica cosas que parecían olvidadas pero que siguen siendo importantes.

-¿Cómo valora el papel jugado por la Iglesia durante las diversas etapas que rodean a Garabandal?

-El obispado de Santander, al comienzo de las apariciones, estaba demasiado burocratizado para entenderlas. Durante la fase Puchol-Cirarda, el vendaval del postconcilio lo hizo aún más imposible. Del Val dio el primer paso para su reconducción, pero algo salió mal, no sabemos qué, y el asunto se estancó en el Vaticano. Los obispos posteriores lo tienen ya muy difícil, aunque aún hay esperanzas de que empiecen a valorar lo que tienen de fecundo y admirable muchas conversiones allí producidas. Falta aún la palabra última. Muchos dan Garabandal por extinguido, pero otros creemos que, aún sin el milagro que anunció Conchita, Garabandal camina lentamente hacia un cierto reconocimiento, aunque sea a través de lo que René Laurentin ha llamado la «canalización discreta».

-¿Hoy es un fenómeno olvidado, enterrado? ¿Quizás un entretenimiento para lugares de lo paranormal? O bien, ¿en Internet se mantiene vivo el debate?

-No me convencen las interpretaciones parapsicológicas o ufológicas de Garabandal (aunque las comprendo bastante) ni me interesan demasiado los debates de Internet, donde tanto aflora el simplismo, la frivolidad y la estulticia.

-¿Espera debate y controversia? ¿Teme que pueda generar polémica entre sectores integristas o al contrario que le acusen de hacer una novela para resucitar un fenómeno apagado?

-Las polémicas serán buenas si sirven para conocer, para estudiar, para informarse mejor de aquellos hechos. Pero yo no creo que esta novela genere ninguna polémica porque, si se lee con serenidad, se verá fácilmente que yo no maltrato a ninguna persona real ni a ninguna ideología o corriente.