«Podría contar una historia por cada niño que hay en estos orfanatos»

José Luis Gutiérrez, rodeado de niños en el patio central del orfanato de Bal Mandir. ::                             DM/
José Luis Gutiérrez, rodeado de niños en el patio central del orfanato de Bal Mandir. :: DM

José Luis Gutiérrez dirige 'Sonrisas de colores', una exposición de fotografías que muestra en La Vidriera de Camargo la realidad de los huérfanos de tres países

ÁLVARO SAN MIGUELCAMARGO.

El pasado jueves se inauguró en Camargo la exposición 'Sonrisas de colores. Nombres propios', una muestra fotográfica que es tan solo la punta del iceberg de un proyecto apasionante: llevar a los niños más desfavorecidos de los países más pobres del mundo algo tan simple y a la vez tan valioso como una sonrisa. José Luis Gutiérrez, profesor de escultura en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, es la persona que puso en marcha esta iniciativa hace once años.

«Todo comenzó cuando mi mujer y yo adoptamos a dos niñas de un orfanato hindú y el proceso se alargó tanto que tuvimos que visitarlo en cuatro ocasiones. En esos viajes nos dimos cuenta de que, durante las vacaciones, aquellos niños no hacían nada y pensamos que sería bonito llevarles algún tipo de actividad artística. Desde entonces, visitamos cada año el orfanato de Matruchhaya, donde vivieron nuestras hijas, y hemos intentado extender nuestra acción a otros lugares en los que creemos que nuestro trabajo tiene sentido».

Dos años después de comenzar su actividad en India, el objetivo de llevar el proyecto a otros orfanatos se hizo realidad en Katmandú (Nepal). Tras visitar varios hospicios, decidieron escoger el más pobre de todos, el de Bal Mandir. Además, durante cuatro años, pudieron llevar su actividad artística al orfanato de Sinincay, en Ecuador.

«Como vamos cada año a los mismos orfanatos, intentamos que las actividades sean variadas. La pintura mural ha sido la actividad principal durante varios años, pero también hemos hecho figuras de animales con papel maché o linternas de luz que hacemos volar. Pero cada vez dedicamos más tiempo a jugar con ellos».

Acción y difusión

El proyecto presenta una dualidad. Por un lado la acción directa en los orfanatos y por otro la labor de difusión y sensibilización que se persigue a través de la muestra fotográfica. También es doble el título del proyecto. El principal, 'Sonrisas de colores', representa «la ilusión de muchísimos niños que valoran nuestra visita como el acontecimiento más importante del año. Nuestra posibilidad de sacarles una sonrisa a través de la actividad plástica, aunque sólo sirva como excusa para convivir con ellos y compartir juegos, ilusiones y comunicación».

Sin embargo, el significado más profundo procede de la frase 'Nombres propios'. José Luis Gutiérrez explica que eligieron esas palabras «para tratar de evidenciar que esos niños no tienen absolutamente nada más que su nombre. Porque muchos de ellos no tienen apellido ni partida de nacimiento, pero tienen un nombre propio que encarna su identidad y que les hace ser algo más que un número o una persona anónima de un orfanatos».

Cada año hay nuevos voluntarios y otros que repiten, pero el único que ha estado siempre es él. «Para mí, trabajar con estos niños es seguramente más importante que para el resto. Desde que padezco esclerosis múltiple he tenido que abandonar la escultura y ésta ha sido una forma de dar salida a mis necesidades creativas. Es algo que me permite utilizar la energía de los niños para despertar ilusiones y sonrisas en un montón de gente».

Apoyo desde Cantabria

La exposición ha pasado por muchos institutos y centros culturales de Cantabria «gracias a Blanca Castañeda, que participa como fotógrafa en Bal Mandir. Además, mi primer destino como profesor fue Cabezón de la Sal y tengo una gran vinculación con Cantabria», reconoce José Luis.

La fase de sensibilización es muy importante porque «permite abrir una ventana a la vida de estos niños y gracias a ella muchos amigos se ofrecen voluntarios para colaborar. En el orfanato de Bal Mandir los niños están mal atendidos y mal alimentados, pero gracias a la difusión hemos recaudado dinero para conseguirles becas de estudio en internados y así alejarlos el mayor tiempo posible de allí».

José Luis recuerda un caso especial en el que la difusión del proyecto ha sido crucial. «En Matruchhaya hay una niña que se llama Vauna, que sufre un grave problema cardiaco. Los médicos no han podido hacer un diagnóstico y su esperanza de vida es muy incierta. Así que escribí un relato contando cómo llegó al orfanato y cuál era su afección, y un amigo de España que lo leyó se lo pasó a un médico que conocía. Ahora estamos arreglando los papeles para traerla a España porque hay una cardióloga en el Hospital de la Paz, en Madrid, que dice que su problema tiene solución y se ha ofrecido a intervenirla».

Le gusta dedicarse por igual a todos los niños porque todos ellos tienen dramas a sus espaldas y tantas carencias afectivas que cualquier muestra de cariño la devuelven multiplicada por cien. «Podría contar una historia por cada niño que hay en los orfanatos», afirma. Aunque seguramente las historias de los niños de Matruchhaya, Bal Mandir y Sinincay son ahora un poco menos tristes y tienen un poco más de color.

 

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