«Mi novia, mi intimidad y mi independencia murieron porque fui imprudente y aceleré»

Foto y vídeo: Luis Palomeque/
Foto y vídeo: Luis Palomeque

Rodolfo imparte charlas para que menores y adultos que incumplen las normas de tráfico aprendan de su dolorosa experiencia

NIEVES BOLADO

«Abrí los ojos y me dijeron que estaba en la UCI de Valdecilla. Habían pasado dos meses y medio desde el accidente. Me habían hecho la traqueotomía, estaba intubado, pero nadie me decía que no volvería a moverme en mi vida. Lo primero que hice fue preguntar, como pude, porque no podía hablar, por mi novia. Tampoco me dijeron que había muerto». Rodolfo Castillo dejó gran parte de su vida en el asfalto y hoy imparte cursos a infractores para que entiendan lo que pueden perder por unos segundos de imprudencia.

El jueves 8 de mayo de 1998, a las dos y media de la madrugada, en Cantabria soplaba viento Sur. La temperatura era agradable e invitaba a dejar el coche, coger la moto y correr por las casi vacías carreteras cántabras. Fue lo que hizo Rodolfo. Tenía 22 años. Acababa de llegar a su casa en Torrelavega, desde Cádiz. De lunes a viernes estaba de ruta con su camión. Ya era hora de aparcarlo y disfrutar un poco.

Se subió en su moto 'Honda CBR 1000'. Fue a Queveda a buscar a su novia para darle una sorpresa. Estaban pensando en comprarse una casa e irse a vivir juntos. Siempre iba a buscarla en coche, pero aquel día invitaba a ir en moto. La recogió del pub donde trabajaba y unos minutos después... ella perdía la vida contra un quitamiedos y él no volvería a ser el mismo.

Iba deprisa, había adelantado a un coche. El conductor dijo que había sido él quien le rozó con su moto. Rodolfo jura que fue el coche quien le hizo perder la estabilidad y provocó la caída. Ya no importa. Quedó tendido en el suelo. Y pasaron siete meses antes de tomar conciencia de la tragedia. «Justo cuando lo teníamos todo, cuando crees que tienes la vida resuelta, y dentro de lo que cabe eres feliz. Fui a adelantar un coche y éste, en vez de disminuir la velocidad, apretaba el acelerador. Fueron décimas de segundo, debería haber reculado y ya está, pero cometí una imprudencia y aceleré».

Es el propio Rodolfo Castillo, prisionero de una silla de ruedas, quien quiere hablar de sí mismo, de su desgracia. Se toma su tiempo para que los demás sepan qué puede pasar por pisar el acelerador, por hacer una carrera, por tomar unas copas de más. «Cuando le dije a mi padre que me había comprado una moto, me contestó: 'Te has puesto la muerte entre las piernas'».

Aquellas palabras aún martillean en su cabeza y en la de su madre, Carmen Amaya, que no se separa de su hijo ni un segundo. Es sus manos, sus piernas y hasta su cuerpo, porque a Rodolfo sólo le queda movilidad en la cabeza y en el brazo derecho. El resto quedó en la carretera de Queveda.

Como voluntario, imparte charlas a jóvenes que han sido multados por problemas de tráfico, a conductores con condena y a los que, incluso, han pisado la cárcel, o a quienes han perdido todos los puntos del carné. No es lo mismo que te lo cuenten que verlo.

Rodolfo ya ha pasado por todos los estadíos: incredulidad, tristeza, rebeldía, depresión... Ahora es un hombre que sorprende por su vitalidad, por sus ganas de vivir, aunque «me asusta la alteración física y la inmovilidad. Pierdes la autoestima, sientes que no vales para casi nada y estás angustiado e impotente. El miedo, la melancolía, y a veces la ira, se apoderan de ti, niegas lo que te ocurre, y así, hasta que, como me dijeron en el hospital de parapléjicos de Toledo, te quitas la silla de la cabeza y te la pones debajo del culo», explica.

«Ocurrió en unos segundos. Ella se mató», repite Rodolfo con valentía y tristeza. «Cuando caímos, yo intenté levantarme por ella, por ayudarla, pero no podía moverme. No perdí el conocimiento pero me ahogaba, no podía respirar, me estaba asfixiando. Notaba que me quedaba sin aliento, sólo trataba de llamarla, pero no me salían las palabras. Llegó una chica, me hizo el boca a boca y me salvó la vida».

Cuando despertó en el hospital, dos meses y medio más tarde, preguntó por su novia. Sólo le dijeron que estaba en el Hospital Sierrallana y que había recibido un golpe muy fuerte en la cabeza. «Yo quería verla, pedía que la trajesen a curarse a Valdecilla, conmigo, que el hospital era mejor y que íbamos a estar juntos». Nadie quería decirle la verdad. Recuerda, y agradece, que los padres de la chica fueran a verle. «Me decían que ella no podía moverse y yo les pedía que le dijeran que la quería mucho y ellos me contestaban que no me preocupara, que ella lo que quería es que yo me pusiera bien. Son buena gente, de lo mejor que hay», apostilla.

Estuvo mes y medio más en Valdecilla y, cuando estuvo repuesto para recibir el primer golpe, le contaron que había sufrido una lesión medular y que le mandarían al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. «Fue allí donde me dijeron que no me podría volver a mover. Empiezas a ser consciente de que pierdes tu intimidad y tu independencia pero sigues queriendo creer que quizás...». La médica que le atendía se lo explicó muy claro: «Me dijo que tenía rota la quinta y sexta vértebra dorsal y el plexo braquial y que estaría en una silla de ruedas toda mi vida. Yo sólo pensaba si mi novia me querría así, y lo hablaba con los compañeros. Ellos cambiaban de conversación».

Cuando llevaba cinco meses en el centro de Toledo, se enfrentó con la segunda realidad. Tan cruda como la primera. Fueron sus primos los que tuvieron que afrontar el trago del que todo el mundo huía: decirle que su pareja, su novia, su mujer, había muerto. «Estuve hora y media de reloj sin hablar, conmocionado, callado. No sabía lo que me estaba pasando, no asimilaba nada. Luego me inyectaron algún medicamento y estuve dos o tres días casi inconsciente».

Rodolfo, que había sido hasta el momento del accidente un gran deportista, puso su fuerza en el intento imposible de recuperar su movilidad: «Siempre tuve el empeño de volver a andar, pero ahora soy realista. Ya sé que no es posible». Pasó un año en Toledo -su madre junto a él, sin moverse un solo día- y se sometió a 14 operaciones sólo para intentar recuperar algo de movimiento en un brazo. Pero aquél era un mundo artificial creado para los parapléjicos, lo que confería un cierto grado de igualdad.

«El verdadero golpe fue cuando regresé a Torrelavega, a mi casa. Todos mis amigos, que no me han abandonado nunca, tenían una vida independiente. Querían sacarme a todas horas a la calle, pero no me atrevía a salir. Sentía que no valía para nada, que todo el mundo me miraba sobre mi silla de ruedas». Su familia tuvo que cambiar el piso de Cuatro Caminos por una casita unifamiliar en Ciudad Vergel, para poder adaptarla a sus necesidades. «Tu casa está llena de obstáculos, escaleras, espacios pequeños, mesas bajas, armarios altos... por no hablar de las barreras en la calle. Vas dejando de salir y te vas aislando para no tener que pedir ayuda».

La familia y los amigos «nunca me han fallado», son el nexo con la vida de la calle, pero un tetrapléjico depende de los demás para todo. «Es especialmente duro en aspectos como el control de esfínteres. No estás preparado para que te tengan que asear como a un niño pequeño. Acostumbrarte a que tus seres queridos te laven o recojan tus heces es una tarea que jamás llegas a aceptar. Mi madre, por la noche, cada tres horas, se levanta para darme la vuelta en la cama y evitar así las escaras», y no se olvida. «La madre lo es todo».

«Hay que hablar de esto con claridad, para que la gente sepa qué conlleva una imprudencia. Yo, para orinar, llevo una bolsa en la pierna con un colector unido al pene, porque no me doy cuenta de que orino; esto lo llevo más o menos bien. Tampoco controlo los esfínteres y eso sí que es difícil de aceptar, es lo peor, porque puede pasarme en cualquier sitio. Tengo 41 años y me tienen que cambiar los dodotis como cuando era un niño». Al principio, volver a la vida 'normal', fue aún peor. «Fui al cine con mis amigos y me hice de cuerpo. Fue un infierno, tenía miedo por el olor, que al llegar a casa no hubiera nadie para limpiarme. Es muy duro. A mí me tiene que limpiar todo el mundo, hasta mis amigos si nos vamos alguna vez de vacaciones. Esto es lo que significa ser tetrapléjico».

La sinceridad de Rodolfo es admirable y su sensibilidad, notable. También hay otros mundos, casi imprescindibles, que se han vedado. «La lesión medular no sólo altera la función de la vejiga y del intestino, sino también la función sexual. El hecho de que la sociedad exija ciertos estereotipos afecta psicológica y sexualmente a los discapacitados. Sientes que nadie se va a fijar en ti, que el simple hecho de no tener una erección te convierte en menos hombre, y nada más lejos de la realidad».

Es lo que tiene ser una persona positiva: «Acabas aprendiendo que, después de un accidente, la sexualidad se vive de otra forma, que no es inferior, sino diferente, e incluso más rica, porque dejas de concebir el sexo tan sólo como algo coital y te implicas más en la calidez, las caricias, el erotismo emanado en todos los sentidos. La capacidad de amar y sentir no tiene nada que ver con una médula espinal dañada».

El consejo de un hombre moralmente fuerte para quienes están como él y para quienes caminan sobre sus dos piernas: «Sentirte querido y hacer que los que te rodean se sientan queridos por ti es la mejor terapia para superar todos los baches. Aunque te caigas».

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