MÁS INCERTIDUMBRE

IGNACIO MARCO-GARDOQUI

De momento no es posible adivinar cómo terminará la crisis en Japón. Ni se sabe cuántas vidas humanas se han perdido con la suma del seísmo y el tsunami; ni se puede calcular el coste completo del destrozo material; ni siquiera de qué manera va a evolucionar el desastre de las centrales nucleares. Así que tampoco hay manera de evaluar el impacto que tendrá todo ello sobre una economía mundial que había iniciado la senda de la recuperación y que se encontraba ya alterada por la sorpresa de las revueltas norteafricanas, con el consiguiente alboroto de los precios de los combustibles fósiles, que sobrevuelan sus niveles máximos históricos.

Pero sí disponemos de algunas certezas. En primer lugar, que será necesario inyectar ingentes cantidades de dinero público para resarcir los daños causados y reponer las instalaciones destruidas. Eso, en un país que estaba ya terriblemente endeudado y en donde la deuda pública duplica con holgura al PIB, solo puede traducirse en tipos de interés más elevados. Luego, que habrá necesariamente distorsiones en el comercio mundial. Japón es un oferente relevante de productos intermedios y finales y un importador insaciable de materias primas. No podrá evitar un aumento de sus compras energéticas, necesarias para compensar las pérdidas nucleares, y quizás disminuya las demás compras, mientras rehace su sistema productivo, e interrumpa algunos suministros.

Visto así, el Banco Central Europeo deberá resumir este galimatías y decidir entre subir los tipos de interés para luchar contra los precios que seguirán presionados por los combustibles; o mantenerlos bajos para no entorpecer los brotes verdes, que ya imaginábamos como tallos. Hace una semana, con la tierra en calma, Trichet aventuraba lo primero. Hoy, quizás asustado por los acontecimientos, Noyer se apunta a lo segundo. Y, seguro que usted y yo, también.