Los bolos a media asta

Marcelino Ortiz Tercilla, el cronista de las boleras en El Diario Montañés durante más de cinco décadas, falleció en la noche del domingo a los 83 años de edad Su tarea profesional, siempre vinculada al deporte, fue decisiva para el desarrollo del juego y la promoción de los más jóvenes

ÁLVARO MACHÍNSANTANDER.
Marcelino, con su eterna sonrisa y en su casa, la redacción de El Diario Montañés. ::                             ANDRÉS FERNÁNDEZ/
Marcelino, con su eterna sonrisa y en su casa, la redacción de El Diario Montañés. :: ANDRÉS FERNÁNDEZ

El domingo, Borja hizo un emboque desde 17 metros. Fue el último regalo para el abuelo. Porque allí se reunieron las dos grandes pasiones de Marcelino Ortiz Tercilla (Santander, 1928): los bolos y la familia. Su asiento en la bolera de la Peña Cianca y en la de tantos y tantos corros de Cantabria quedó libre ayer. El cronista de palos y bolas falleció a los 83 años. Pero no se fue sin escribir la información del día y sin regalar esa vitalidad que servía de ejemplo a todos los que le rodeaban. Sin cumplir un compromiso sagrado con los lectores de El Diario Montañés. Como cada día desde hace casi cincuenta años.

La vida de Ortiz Tercilla siempre estuvo vinculada al deporte. De hecho, su afán emprendedor le llevó a fundar el CD Florida, un equipo de fútbol de la popular Peña del Cuervo, en Santander. Ese mismo carácter entusiasta continuó para dirigir la peña de bolos de los Antiguos Alumnos del Ramón Pelayo y para formar parte de las directivas de la Peña Óscar y la Casa de los Bolos. Su tarea periodística, que compaginó durante años con su tarea comercial tras el mostrador de 'El Piso', se inició en el año cincuenta. Colaboró en el semanario deportivo 'Tanto' y firmó sus primeros artículos en El Diario Montañés. Marcelino hablaba de la base, de la cantera, de jóvenes talentos. Porque la persona y el periodista coincidieron en la devoción por el deporte base, en el fomento de unos valores y una educación que él mismo exhibía. Creció en letras junto a Juan Manuel de las Cuevas Movellán, 'Nel', a quién sustituyó al frente de la sección de bolos. A partir de ese momento, la información y las opiniones sobre lo que pasaba en las boleras siempre llevaron su firma y su estilo.

Junto a su amigo Marcorre, en el Alerta, recorrió el mundo para escuchar cómo crujían los bolos. Porque las únicas vacaciones de Marcelino fueron para ver concursos en Madrid, Barcelona, Cádiz, Buenos Aires, Caracas o ese México que tanto caló en él. Se empapó tanto en su compromiso que fue uno de los pilares básicos para que, lo que empezó siendo un juego, madurase en forma de deporte. Y lo hizo a base de una línea metódica, ordenada y de una personalidad tan involucrada que no evitó las polémicas, incluso, con algunos de los ases de la arena. Y es que Marcelino sólo dejaba de sonreir para pedir más espacio en las páginas, para dar más noticias, más concursos, más fotografías.

El orden de un trabajador

Esa rutina de trabajo quedó reflejada en el último rincón de su propia casa. Allí Marcelino guarda cada palabra que ha escrito. Allí vio crecer a su hijo Félix, que prefirió el acelerador y la gasolina a las boleras, pero que le regaló ese nieto del que su abuelo nunca dejó de hablar. Cada emboque de Borja, como el del domingo, encontraba premio en el bolsillo de Marce. Era la apuesta que él y su inseparable Margarita tenían con un crío que ahora estudia en Oviedo pero que no ha dejado de oler a bolera.

En todo ese recorrido vital, Marcelino no se olvidó de cultivar amigos. De cultivarlos y cuidarlos. Porque resulta difícil de explicar ese compromiso ineludible que cada martes tenía para comer en el hotel Chiqui con la cuadrilla. Allí también tenía otra casa. Porque, si cualquier bolera contaba con un asiento para su libreta, pocas partidas de mus se han jugado en Cantabria sin que Marce lo supiera. El torneo del hotel era otra de sus aventuras, como el desafío con los jugadores de cartas del Tenis. Ejemplos de su vitalidad.

Y es que Marcelino nunca alcanzó la vejez. En la cena de Navidad con sus compañeros de sección de El Diario Montañés, con 82 años, llegó el primero, ayudó a poner la mesa, sus anécdotas se mezclaron con las de jóvenes que podían ser sus nietos y se marchó, en su coche, pasadas las dos de la mañana. Cenas como las que él mismo organizó para que los chicos que pasaban cada verano para hacer sus prácticas por la redacción se llevasen un recuerdo de la estancia en el periódico.

Pero tal vez el mayor mérito desde el punto de vista profesional de un hombre como Marcelino es una constancia y una ilusión a prueba de bomba y de rutina. Al periodista nunca le entró la pereza para escribir sus interminables listas de resultados. Al apasionado de los bolos siempre le entusiasmó su labor. Todo un ejemplo. Por eso, nadie tuvo que decirle nunca qué había que hacer.

Como el principiante, a sus 83 años, proponía cada semana nuevos temas, como el de los bustos y las estatuas repartidas por las boleras de Cantabria que publicó recientemente. En mente tenía un reportaje a un psicólogo que trabaja con los jugadores de bolos. Cosas de los tiempos modernos, a los que no hizo ascos. «Soy un periodista multimedia», dijo para un vídeo de la página web del periódico. Él, que conoció el olor a tinta, los talleres de la antigua prensa, las cuartillas y los tipómetros, fue uno más en un periodismo de correos electrónicos e Internet.

«Ahí os quedaís», decía cada noche cuando dejaba la redacción de El Diario Montañés para reunirse con Margarita. Con una sonrisa por encima de su jersey y su corbata. Con su página hecha. «Ahí os quedaís», decía antes de añadir una última broma. Aquí nos quedamos, Marce. Un poco huérfanos de bolos y un poco huérfanos de usted.