Alpargateros de lujo

La familia Castañer fabrica el calzado más «humilde» para las marcas más exclusivas. Son las zapatillas que no hacen distingos de clase

Alpargateros de lujo

No hay calzado más sencillo y sofisticado que la humilde alpargata. Y, sin embargo, los Castañer de Banyoles (Gerona) han dado un aire de lo más chic a las zapatillas de suelas de esparto y cáñamo. Empezaron calzando a campesinos, pero se las han puesto (y siguen poniendo) todo hijo de vecino. No hacen distingos de clase. Desde Grace Kelly, Cary Grant y Salvador Dalí a la princesa Letizia, la top model Kate Moss, la actriz Scarlett Johansson... Todos han sucumbido a una pieza que ejemplifica una gran historia de amor: la de Lorenzo Castañer e Isabel Sauras.

Él tenía 23 años y ella 17 cuando se conocieron. Isabel se enamoró «locamente» de Lorenzo, con el que pasó más de cuarenta años, hasta que un accidente de tráfico segó su vida. «No podía creer que un hombre de 23 años se fijara en una niña como yo», confiesa la matriarca de un clan que tiene en nómina a cuatro de sus cinco hijos. Casi sesenta años después de conocer a su difunto marido, Isabel aún recuerda cómo deseaba que «llegara el día siguiente para ver si venía a bañarse al lago de Banyoles».

El hijo de Rafael, el primer alpargatero de la familia, también le echó el ojo a aquella chavala que, paradojas de la vida, se convirtió en el salvavidas de la empresa. Fundada en 1927, Castañer estuvo a punto de irse al garete a finales de los sesenta. El paso del tiempo les pilló con el pie cambiado. Cuando muchos agricultores dejaron las labores agrícolas para emigrar de los pueblos a las grandes ciudades y comenzaron a enfundarse el buzo de «obreros», las 'espardeneyas' corrieron serio peligro de desaparición. Se quedaron obsoletas.

No sólo para el campo

A los Castañer no les quedó más remedio que modernizarse. Las alpargatas «no podían quedarse solo para el campo», asegura esta empresaria que disfruta releyendo a Delibes. Además, en Gerona, los Castañer son una institución y, lo que es más importante, un sustento para bastantes familias. «Teníamos muchos amigos y vecinos del pueblo trabajando en nuestra fábrica. Así que ... ¡no podíamos cerrar!». Las amenazas que se cernieron sobre esta inquieta familia, enamorada de la tortilla de patata «y con un gran sentido de la responsabilidad», también las vivieron alpargateros de otros países. «Cerraron todos los talleres; aquí y en Francia», remata Isabel.

En su larga historia, Castañer ha vivido vicisitudes de todo tipo. La compañía fue nacionalizada en 1936, durante la Guerra Civil, al considerarse su producto de «interés militar». Los soldados eran enviados al frente calzados con alpargatas. En los años cincuenta les tocó sortear también una fuerte crisis con la aparición del 'vulcanizado' -el inyectado de goma en la suela para ofrecer una mayor resistencia- con las famosas 'chirucas'.

Pero lo peor estaba por llegar. Entre que las ventas caían en picado y un primer accidente de tráfico sufrido por Lorenzo, Isabel se involucró en el negocio. Lo hizo para ayudar a su marido, que «se quedó cojo». Con cierto «gusto y creatividad», pero, sobre todo, «mucho trabajo», demostró sus dotes de estratega en 1968, cuando Yves Saint Laurent les encargó la primera alpargata con cuña de la historia. Hasta entonces, todas eran iguales. Planas y en tres colores; blanco, negro o azul. Sin embargo, el genial modisto francés la dibujó con tacón. Los Castañer aceptaron el envite. Aunque, más que un reto, aquello fue «una necesidad». Isabel agradece que el diseñador confiase en «unos desconocidos». La situación económica de la familia andaba «muy precaria». Como no estaban para «muchos gastos», los Castañer le enviaron el primer par a Saint Laurent «en el Talgo».

«Se copia lo que triunfa»

El lanzamiento de la 'Campesina', un modelo del que han vendido más de seis millones de pares, supuso el despegue de la marca. Transformaron el calzado de las gentes del campo en un artículo de moda y lujo compatible con la pasarela. Desde entonces, ha seducido a las firmas más exclusivas. Trabajan para Hermès, Louis Vuitton, Christian Louboutin, Dior, Balenciaga, Pierre Hardy, Chanel, Lanvin... Pronto lo harán para Tom Ford y Paul Smith. De todo ello se encargan Rafael, Antonio, Luis y Cristina, la séptima generación de la saga. A raíz de la «adversidad» que supuso la muerte del fundador, hace 17 años, todos sus vástagos, menos Lorenzo, que se dedica al cine, hicieron piña para arropar su madre.

Juntos han disparado el prestigio de una marca copiada hasta la saciedad y que produce 450.000 pares al año, de los que el 70% se exportan. Tras España, Italia se mantiene como principal mercado, seguido de Japón y Francia. A la matriarca no le quitan el sueño las falsificaciones porque «mientras te copian, estás vivo. Se copia lo que triunfa, no lo que fracasa. La falsificación jamás valdrá lo que vale el auténtico», sostiene una mujer que sólo tiene un pesar: no haberle calzado sus alpargatas a Audrey Hepburn.

Por lo demás, no se queja. Ha tenido todo lo que soñó. Amor, sobre todo. «La gente se casa ahora con menos sentido de la responsabilidad y no cree en el matrimonio para toda la vida». A sus 77 años, sólo presume de una salud de hierro y un gran «equilibrio físico y mental». De nada más. Lo demostró cuando la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, la telefoneó para comunicarle la concesión de la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. Isabel pensó que sería la del trabajo porque juzgaba «desmesurado» que se la otorgasen por algo «tan insignificante y humilde» como una simple alpargata.

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