«Tras el terrorismo hay miles de tragedias en espera de su testimonio literario»

El narrador y poeta donostiarra, que participa hoy en la Feria del Libro de Santander, publica estos días su nuevo libro de relatos, 'El vigilante del fiordo' Fernando Aramburu Escritor

GUILLERMO BALBONASANTANDER.
El escritor Fernando Aramburu, que publica su nueva obra, visita la feria santanderina. ::                             KIKO HUESCA/
El escritor Fernando Aramburu, que publica su nueva obra, visita la feria santanderina. :: KIKO HUESCA

Considera que estamos necesitados de historias porque «percibimos que nuestra vida, vinculada a un solo destino, es pobre e insuficiente; y, entre otras razones, porque nos ponen en contacto con usos complejos del idioma». El autor de 'Viaje con Clara por Alemania' y 'Los peces de la amargura' (Tusquets), Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) participa hoy en la Feria del Libro de Santander. El narrador, que abandonó en 2009 la docencia para dedicarse a la literatura, ha forjado con coherencia y solidez una trayectoria que discurre por la novela, el cuento y la poesía. Entre sus obras, 'Los ojos vacíos' (2000); 'El trompetista del Utopía' (2003, adaptada al cine por Félix Viscarret con el título de 'Bajo las estrellas'); y 'Vida de un piojo llamado Matías' (2004), adaptada al teatro de marionetas. Estos días publica su nuevo volumen de cuentos, 'El vigilante del fiordo' (Tusquets). En los Jardines de Pereda mantendrá un coloquio con el poeta Regino Mateo y firmará sus libros.

-Su visita a Santander coincide con la publicación de 'El vigilante del fiordo'. El terrorismo, el dolor y la muerte están presentes. ¿Qué escritura vertebra este volumen y en qué se distancia o se reconcilia con otros suyos?

- Poco a poco he ido cayendo en la cuenta de que, sin habérmelo propuesto, mis libros de relatos nacen de la voluntad de ahondar literariamente en las facetas más oscuras y menos nobles del ser humano. Este libro recién publicado se solapa con otros anteriores míos, particularmente con 'Los peces de la amargura'. Me refiero a libros que prestan una atención detenida a la realidad social de mi tiempo, la que va desde mi infancia hasta hoy, con la particularidad de que en 'El vigilante del fiordo' he salpimentado los relatos con algún que otro ingrediente irracional.

-La combinación de géneros ha marcado su vínculo con el lector en escaso tiempo. En apenas un año se han sucedido 'Viaje con Clara por Alemania', 'Los peces de la amargura' y su revisada antología poética. ¿Responde al azar, al mercado o a su planificación literaria, emocional y creativa?

-Yo soy un escritor lento, reflexivo, calculador; un apasionado de corregir, de quitar y poner. ¡Con decir que aún mantengo el convencimiento de que se le puede sacar provecho artístico a la palabra escrita! No soy prolífico, sino perseverante y disciplinado, y como esos polluelos hambrientos que se hacen notar en los nidos de los pájaros, llamando con el pico abierto a sus progenitores, tengo proyectos que no cesan de reclamar mi atención.

-Creo que en estos últimos relatos aparece de manera colateral o directa el 11-M. Otras narraciones lo han hecho en el último año. ¿Es coincidencia, o ha pasado el tiempo necesario para trazar inmersiones desde la literatura?

-Conservo un periódico del día siguiente de los atentados del 11 M. Le pedí a mi madre que me lo enviara a Alemania. Intuí desde el primer momento que algún día escribiría sobre aquella atrocidad. Lo que no puede hacer la literatura es llegar corriendo como el periodista o el fotógrafo al lugar de los hechos y hacer su trabajo a toda pastilla con el fin exclusivo de informar. La literatura se alimenta de otro tipo de profundidades y estas requieren dedicación y tiempo.

-¿Considera que la escritura tiene algo de redención?

-Bueno, no me gustaría incurrir en la beatificación de una actividad placentera. En lo que a mí respecta, los libros de otros acaso me libraron de algunos peligros. Pongo por caso el contagio de ciertas ideologías y doctrinas a las que suelen ser por demás proclives los jóvenes iletrados.

-Su sentido del humor es uno de los sellos 'made in Aramburu'. En el presente, ¿se antoja algo más que una terapia, una manera de estar en el mundo?

-Me gusta reír y hacer reír. No hay más secreto.

-¿Por qué necesitamos que nos cuenten historias?

-Por muchas razones. Porque de una u otra manera percibimos que nuestra vida, vinculada a un solo destino, es pobre, es insuficiente. Porque nos describen mundos que, sin las historias, no existirían. Porque nos abren los ojos a los dones, los misterios, las tinieblas y las dulzuras de la vida humana. Porque contienen la belleza, el terror, la risa, las lágrimas y toda una serie de elementos capaces de suscitar en nosotros emociones intensas. Porque nos ponen en contacto con usos complejos del idioma. Y así podría estar trenzando ajos hasta mañana.

-Hace poco reflexionaba en un articulo e ironizaba sobre el ser español. ¿La identidad, el ADN del escritor reside en su palabra?

-Tengo mis puntas de filólogo y le profeso pasión a mi lengua materna. No obstante, dudo que, si me mirara con un telescopio, descubriera en mí una estructura celular de palabras. Lo del idioma como patria del escritor es una frase ingeniosa, pero también una chorrada.

-El nuevo panorama político en el País Vasco y el presente y previsible futuro sin ETA, ¿lo provoca, invita o sugiere un nuevo compromisos, la necesidad de contar otras historias....?

-Nada de eufemismos. Se han cometido más de ochocientos asesinatos. La suma de heridos, traumatizados, etc. es superior. Hay una culpa colectiva aún no resuelta. Y, en suma, una ingente cantidad de sufrimiento y de tragedias personales en espera de su correspondiente testimonio literario.

-Blas de Otero y Gabriel Celaya, recientes aniversarios y voces menos olvidadas de lo que se piensa. ¿Qué representan ambos poetas?

-El primero es (me expreso deliberadamente en presente) el autor de dos cumbres de la poesía española de todos los tiempos: Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia. El segundo sigue siendo valioso para mí porque postuló una poética, por él denominada «conciencia colectiva», que a mi juicio no ha perdido vigencia y sobre la que todavía resulta fructífero reflexionar. En el caso de que sobre ambos poetas haya caído la losa del olvido, presiento que los más perjudicados no serán ellos, sino quienes no saben lo que se están perdiendo.

-Pese a su antología 'Yo quisiera llover '(Madrid, Demipage, 2010, que recoge su obra, ¿su trayectoria poética está cerrada definitivamente?

-No. Ya he dicho, sin menospreciar el esfuerzo de nadie, que, entrados en el siglo XXI, el verso no me parece el molde más adecuado para sostener ciertos valores que comúnmente identificamos con la poesía.

-Creo que existe algún proyecto pendiente para llevar de nuevo al cine su literatura....

-Sí, algunas historias de 'Los peces de la amargura'. Estamos a la espera de que el proyecto se concrete.

- Su experiencia vital desde Alemania. ¿Qué le ha proporcionado? ¿Y cómo ve España desde esa atalaya?

-No vivo instalado en un mito de Alemania, sino en las vicisitudes cotidianas de una ciudad común y corriente. Le estoy muy agradecido al país. En él he podido desarrollar una obra literaria. Durante largos años ejercí la docencia, lo que me permitió vivir en condiciones favorables. He formado un círculo de amigos. Tengo tranquilidad. ¿Qué más se puede pedir? En cuanto a España, aún recuerdo aquellos años no muy lejanos, en que despertaba admiración entre los ciudadanos alemanes. Recuerdo que se hablaba de la California de Europa. Por desgracia todo eso se ha terminado. España, salvo en deporte, sólo genera noticias negativas de un tiempo a esta parte.

-Le preguntaba a Medardo Fraile por la prepotencia de la novela, lo mal visto que sigue estando el cuento y el engranaje especial identitario del cuento, ¿qué opina?

-Ya estoy cansado de estas comparaciones. Un lector que ama la literatura y disfruta con ella, si es sincero no establecerá un orden jerárquico entre los géneros. Lo que pasa es que a muchos lectores la literatura les da igual. Buscan otra cosa, esa cosa se la da la novela, cierto tipo de novela, y están en su perfecto derecho de que así sea. Yo insisto en que un libro de cuentos no es para todo el mundo. Es para gente, mucha o poca, que sabe y entiende. Nos pasamos el día chupándoles la manita a los lectores para que compren nuestros libros y, si no lo hacen, lloriqueamos. Al revés de Blas de Otero, yo decidí hace un tiempo no escribir para la inmensa mayoría, y no por elitismo, sino por simple sentido común. Que me lea el que quiera y punto.