La España profunda que fusiló a Lorca

JUAN CARLOS CORNIERO LERA
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                             JOSÉ IBARROLA/
:: JOSÉ IBARROLA

Miguel Caballero ha sido el investigador que, al fin, ha puesto nombres y apellidos a los seis ejecutores que fusilaron a Federico García Lorca, a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Juan Arcoya, y al maestro cojo de Pulianas que decía a sus alumnos que no existía Dios. Seis matarifes del disparo a la nuca, según el investigador, o el disparo en la frente por la promesa de 500 pesetas de sobresueldo y un ascenso como guardia de asalto. Seis vidas anónimas de esa España profunda de taberna y farolillo que no es de izquierdas, ni de derechas, que simplemente es y sobrevive mientras algunos intelectuales piensan, algunos políticos van a su bola y algunos banqueros y magnates marcan las reglas del juego. Unas reglas donde los ejecutores, los mercenarios de la muerte, son los parias que se reparten las migajas de las riquezas de este mundo, y que les da lo mismo segar una vida, destrozar un retablo o quemar un libro.

La España de Bernarda Alba en la que Federico refleja la vida del mujeriego Pepe el Romano, perteneciente a la saga de los Alba, una familia de la vega granadina, que junto a la familia Roldán, explica el trágico final de Lorca a manos de un familiar de los Alba, que llevaba una vida depravada y que se jactaba de haber dado «dos tiros en la cabeza» al poeta.

Toda una joya de personajes, de vidas azarosas y trágicas, al padre de uno de ellos lo asesinó su madrastra, otro fue expulsado tras la guerra de la Guardia de Asalto, seis historias para no dormir, que con otros nombres también ejecutaban en el otro bando, con la misma frialdad, con la misma barbarie, igual incultura o parecido ensañamiento a quienes iban con sotana o simplemente corbata.

Lo cierto es que en esa ejecución, en ese 16 de agosto a la 13.30 en que fue llevado detenido Lorca y posteriormente fusilado, la España más profunda se llevó por delante además de cuatro vidas, al codirector del teatro La Barraca, al autor del Romancero Gitano, Poeta en Nueva York, Bodas de sangre, Yerma, la Casa de Bernarda Alba, y al más apasionado impulsor del teatro en las Misiones Pedagógicas junto con Alejandro Casona, en las que se desplazaban en autobús a los lugares más recónditos de una inculta España.

La misma inculta España que se llevó por delante en la matanza de Paracuellos al escritor y autor de teatral Pedro Muñoz Seca, creador de la Venganza de Don Mendo y de los Extremeños se tocan y que ante el pelotón de fusilamiento que le iba a matar tuvo el valor de gritar: «¡Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar.y es el miedo que tengo!»

Irónica, trágica y contradictoria España, en la que el mismo Federico manifestaba que se sentía a su vez católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico y decía del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, «José Antonio, otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo, ni a mí me conviene que me vean con él». ¡Ambos corrieron el mismo destino, pero por el odio y el rencor de distintos bandos, por mucho que llevasen las cortinillas bajadas!

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