«La competitividad del mundo de la música actual me parece repulsiva»

La pedagoga rusa Galina Eguiazarova acude, por primera vez, como docente al Encuentro de Música y Academia de Santander

G. MARTÍNEZSANTANDER.
Galina Eguiazarova durante una de sus clases magistrales en el conservatorio Jesús de Monasterio de Santander. ::                             ROBERTO RUIZ/
Galina Eguiazarova durante una de sus clases magistrales en el conservatorio Jesús de Monasterio de Santander. :: ROBERTO RUIZ

Dentro del auditorio del conservatorio Jesús de Monasterio, Galina Eguiazarova (Rusia, 1936) ofrece una de sus clases magistrales en el Encuentro de Música y Academia de la Fundación Albéniz, donde acude como docente por primera vez. A sus 80 años, sorprende la vitalidad con la que transmite a su joven alumna cómo debe interpretar la pieza. Se sirve de su traductora aunque, de vez en cuando, 'chapurrea' alguna que otra palabra en castellano: «Más despacio, tienes que sentirlo». Y es que para ella la música es una forma de percibir el mundo y una manera de comunicarse con él. Eguiazarova ha sido pianista profesional y, desde hace 18 años, es profesora de la cátedra de piano en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Ha vivido el mundo musical desde las dos barreras -la profesional y la docente- y explica que, en la actualidad, la exigencia y la competitividad en 'su mundo' se han multiplicado: «Es algo que me da repulsión. No creo en la competitividad que existe hoy día porque los intérpretes somos un canal que conduce lo que la música quiere expresar». La docente se expresa sin ambages y admite que no le gustan los concursos, «de joven no me presenté a ninguno y tampoco me interesó cuando fui docente». Por ello, explica que su visión sobre éstos puede considerarse «quijotesca» pues, según afirma, los certámenes han provocado una hornada de «pianistas-deportistas que tienen un dominio exquisito pero no logran expresar la verdad de la música».

Su camino por la senda musical comenzó cuando tenía cuatro años y se sentaba en un piano que tenían en casa para «intentar encontrar melodías». Su padre, un conocido científico, sufrió la represión estalinista, «fue deportado a un campo de concentración y no volvimos a saber de él». Por ello, su madre se hizo cargo de la pequeña Galina y su hermano y, cuando comprendió que el deseo de aquella niña, que se sentaba al piano y tocaba sus teclas con pasión, era dedicarse a la música, la envío a dar clases particulares.

A los 16 años entró en el conservatorio Tchaikovski de Moscú con Alexander Goldenweiser y trató de hacerse un hueco en el mundo profesional, pero una salud precaria le puso trabas. Tras conversar con su tío, «mi segundo padre», decidió dedicarse a la docencia y así volcó «todo mi talento y lo canalicé a través de las clases, y además, un maestro nunca pierde la práctica», explica con una sonrisa.

La docencia y sentirse «útil»

Su afirmación es más que cierta cuando se observa cómo Galina se entrega al piano dando clases. Una dedicación que le hace sentirse «útil y me gusta porque es un proceso completamente interactivo» y que ha tenido su recompensa pues el Ministerio de Cultura del Gobierno ruso la ha distinguido por su gran actividad pedagógica. A lo largo de los años, su entrega a la docencia ha ido 'in crescendo' y este 2011 se estrena como artista invitada en el Encuentro de Música y Academia; un proyecto en el que se siente cómoda y del que destaca el trabajo conjunto: «El hecho de que alumnos y profesores puedan trabajar y tocar de forma conjunta es importante; primero, porque a los estudiantes les hace aumentar su nivel de responsabilidad y, segundo, porque les acerca a lo que será su futura vida a través de las clases magistrales y los conciertos».

Aboga por la enseñanza de forma personalizada, le gusta conocer cómo piensa y siente su alumno por lo que explica que no cree que sea positivo ofrecer un consejo generalizado para todos los jóvenes músicos. No obstante si explica su punto de vista sobre el desarrollo musical: «Creo que hay que trabajar con profundidad, y dedicar todo lo que se hace a la música y no sólo a la técnica. No me gusta aconsejar de forma general, pero sí que puedo decir que deben pensar en la música, que se entreguen plenamente a ella».

Asimismo, comenta que la música debe expresar algo y siempre debe basarse en el texto: «La gente dice que la música es algo personal, pero siempre se debe basar en lo que dice el texto o la composición que estás tocando. En cierto sentido, al interpretar hay que sentirse responsable por el compositor. La música de Beethoven o Schubert lleva siglos y eso es porque ellos son geniales».

Visión romántica

Franz Lizst es el compositor favorito de Eguiazarova y es uno de los homenajeados en esta undécima edición del Encuentro de Música y Academia, un proyecto del que también destaca su «variado programa» lo que permite a la docente dar rienda suelta a una de sus principales máximas: «explicar a los alumnos el por qué de las composiciones», qué quería transmitir y cómo hay que dejarse llevar por ello.

Ni el paso del tiempo ni los desencantos de la vida han hecho que Galina abandone su visión romántica sobre la música y sobre cómo pasar el testigo a las generaciones venideras: «Nosotros, los docentes, debemos dar un empujón a los jóvenes para que sientan la necesidad de crear».

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