Como siempre nos lo han contado

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES
Como siempre nos lo han contado

En abril de 1993, Abel Rojo, un joven vallisoletano de 25 años, recién titulado en Medicina, con la excusa de preparar el examen del MIR, se instala en la vieja casa de su abuelo, donde pasaba los veranos de niño. Ese lugar, llamado El Castril, es un pequeño pueblo de Cantabria. Pronto descubriremos que el verdadero motivo de su viaje, más que las oposiciones es el reencuentro con un amor de adolescencia, Noe. Sin embargo, el personaje que va a tomar todo el protagonismo de la novela será su abuelo, el doctor Alejandro Rojo, una auténtica personalidad en la comarca. El joven Abel, poco a poco, irá descubriendo aspectos inesperados sobre su antepasado, y a través de la memoria familiar irá retocando la visión idealizada que había recibido, la 'historia oficial' de la familia, que convenientemente había silenciado ciertos episodios incómodos.

Bajo un envoltorio fragmentario -pues se presenta casi como un diario, una auténtica colección de 'apuntes', las anotaciones personales que sustituirán al tedioso temario oficial, que pronto quedará orillado-, y una caprichosa hilazón temporal -ya que la historia se desarrolla a varios niveles, con un narrador que va hilvanando diferentes retazos hasta recomponer la verdadera historia-, el autor es capaz, no obstante, de presentar un relato de armazón clásico, no exento de pinceladas de fino humor y fundamentado, más que en la sorpresa -que la hay, aunque convenientemente dosificada-, en el dibujo de los personajes, a los que recibimos como planos y poco a poco vamos descubriendo los recovecos que ocultan bajo una superficie absolutamente convencional. Algo similar a lo que sucede con el escenario, esa Lebeña capaz de guardar celosamente sus secretos bajo una bucólica apariencia.

El hecho de que la novela pueda leerse de un tirón, con una prosa ágil y clara, no debe llevar al lector a engaño: detrás de esa aparente sencillez se oculta un estilo depurado, pulido a través del oficio y de innumerables horas de trabajo. Baste comentar que la obra ha sufrido tres reescrituras completas, después de que José Manuel de la Huerga terminara un primer borrador nada menos que en 2006.

El compromiso

En apenas doscientas páginas, José Manuel de la Huerga repasa seis décadas de nuestra historia reciente. Principalmente, hay tres tramos temporales: la primera postguerra, los años setenta y la década de los noventa. Sin pretensiones historicistas, el autor desgrana las claves que, en cada momento, el relato oficial ha ido sepultando. Así, pululan por la novela guerrilleros del maquis como Juanín y Bedoya, o los abusos de poder, latrocinio infantil incluido, del protofranquismo; la rebelión clandestina e infructuosa de los universitarios en los estertores de la dictadura, y la crisis política y económica, y sobre todo social, de la pasada década, con un mundo que pretende enterrar su pasado y entregarse de lleno a la modernidad. Asuntos espinosos que de la Huerga no rehúye, y que surgen con absoluta naturalidad en el curso de la novela.

Es este, pues, un libro muy personal, en el que, sin el menor atisbo de autoficción, se palpa a cada página la personalidad del autor, tal y como se pudo comprobar hace unos días en Santander en la presentación del volumen en la librería Gil. Pero veamos cómo la novela se imbrica en la propia biografía, a través de elementos como el paisaje, el entorno social, las complejas relaciones familiares o, incluso, los sueños de la infancia.

Memoria e historia

El verdadero asunto de la novela, lo aclara el narrador a las pocas páginas: «Conozco mejor al Doctor Rojo que a mi abuelo», se lamenta el joven Abel. Eso investiga José Manuel de la Huerga, cómo incluso a nivel privado se redacta un discurso oficial, la 'historia', y cómo esta difiere de la memoria que produce. El autor ha utilizado una figura de tintes legendarios, un antepasado con gran reconocimiento social, y una familia, pero bien podría haber elegido la cualquier conflicto bélico o la reescritura de los episodios revolucionarios por la maquinaria de propaganda soviética. En definitiva, De la Huerga nos incita a reflexionar sobre la construcción de la realidad, señalando la memoria como único resquicio de veracidad. Una memoria, además, depositada en las mujeres, víctimas de un sistema claramente desequilibrado, pero a la vez esperanza de redención.

Et in Liébana ego

Para José Manuel de la Huerga -nacido en 1967 en Audanzas del Valle (León), aunque instalado en Valladolid desde la infancia, y él es de aquellos alumnos de los setenta que todavía es capaz de recitar de memoria las provincias de Castilla la Vieja, con Santander como salida al mar-, Cantabria es sinónimo de excursión y aventura, de viaje en el tren playero, con merienda y sombrilla al hombro.

¿Y por qué hacer de Liébana su particular Macondo? Por dos motivos, fundamentalmente. Primero, la historia requería de «un entorno pequeño y cerrado, un espacio metafórico donde toda la gente se conoce y, a la vez, esconde mucho». Y así surge Labeña. Porque la toponimia, en esta novela, se puede entender también como un elemento lúdico, un guiño del autor; así, el lector avisado fácilmente podrá descubrir qué paraje real se esconde tras los imaginarios nombres de El Castril, Vega de Labeña, Tebres, Cayo, Virago, Castro Negrovejo, Domaleño, Gescaña.

La chispa de la creación

El segundo motivo para la ambientación lebaniega está en su génesis: toda esta novela surge precisamente en las calles de Potes, cuando, hace seis años, José Manuel de la Huerga se topa con una escultura. Una estatua ecuestre que, por una vez, no glorificaba a un gobernante, ni a un guerrero. Todo lo contrario: representaba a un médico rural que, montado a caballo y maletín en ristre, parecía querer sortear una ventisca para poder asistir a algún paciente.

¿Quién sabe cómo funciona la mente de un creador? ¿Qué oscuras conexiones se activan para que, donde los demás sólo vemos metal o piedra, ellos puedan intuir el resto del iceberg? De ese modo el escritor, mientras contemplaba la escultura, empezó a plantearse preguntas: ¿Por qué esa entrega a los demás? ¿Cómo habría sido su vida? ¿Qué pensaba, qué sentía? ¿Realmente se puede ser un héroe a tiempo completo? Así comenzó a fabular la historia del doctor Rojo, y de Abel, su nieto.

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