Una capital con vértigo

Santander no cuenta con ningún edificio de veinte plantas, algo que hay en todas las comunidades vecinas

ÁLVARO MACHÍNSANTANDER.
Una capital con vértigo

Santander es el tapón del norte. La capital no se impone, ni siquiera, en su comunidad autónoma. Las Torres de Carabaza, en Torrelavega, son más altas que cualquiera de los edificios de la ciudad (la más alta alcanza los 52,42 metros). Además, no cuenta con ninguna construcción que llegue a las veinte plantas, algo que sí ocurre en todas las comunidades vecinas.

Los 51,4 metros de Feygón y del 46 de la calle Alta se quedan muy lejos de los techos de otras urbes. La Torre de Iberdrola, en Bilbao, alcanza los 165 con sus 40 plantas. Al otro lado del mapa, Oviedo (Torre de Teatinos) y Gijón (Banco Urquijo), llegan a la cota de los 70. Esa misma 'cima' tienen Logroño (Torre Blanca) y Pamplona (Edificio Singular), mientras La Coruña se dispara con los 119 metros de la Torre Costa Rica y Ponferrada con los 107 de su Rosaleda. La conclusión es que la capital cántabra está a la cola en altura.

«La construcción de edificios altos responde a objetivos diferentes», explica Luis Villegas, ingeniero de caminos y catedrático de edificación en la Universidad de Cantabria. En primer lugar, a la construcción de torres para viviendas. «Se hace en las grandes capitales para facilitar hogares a un gran número de personas en lugares estratégicos (cerca de nudos de transporte...), sin ocupar grandes superficies y sin extender las redes de infraestructuras (agua, saneamiento...), lo que resultaría muy costoso». Aquí en Santander ese fenómeno se puede aplicar a la experiencia de Cazoña en los setenta y, fuera de Cantabria, a la reciente en Barakaldo de ocho torres de 22 plantas cerca de la zona comercial del Ikea. A juicio de Villegas, se trata de un modelo «racional» que no ocupa demasiado terreno y deja grandes espacios libres entre las edificaciones. Para contrastarlo, lo compara con las construcciones que se han levantado en el entorno de El Corte Inglés de Santander, un modelo que define como de «asedio».

El segundo objetivo es el de las torres residenciales, vinculado al turismo, y que Villegas ejemplifica con Benidorn (más de quince rascacielos de más de cien metros). «No deseable», señala entre sus notas de trabajo. Apelotonados. Por último, la idea de edificios emblemáticos, símbolos y, generalmente, «ligados a grandes arquitectos». En Santander identifica este paso con el de la transformación de «una capital de provincia en una capital de una región responsable de su futuro». En este sentido, apunta al proyecto de soterramiento de las vías ferroviarias y a la idea de rematarlo con una gran torre «junto al nudo básico de transporte». «Sería el símbolo de una nueva etapa de Santander, que necesita saber hacia dónde va porque una ciudad no puede pararse...».

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