«Inhalé tejo puliendo una rama y pasé las de Caín»

El profesor santanderino Víctor García ha sobrevivido a la toxina de este árbol, pero cinco años después aún sufre secuelas en su organismo

MARIÑA ÁLVAREZSANTANDER.

«El día que me envenené empecé a marearme, luego me entró somnolencia y me llevaron a Valdecilla con una frecuencia cardiaca muy baja. Después dejé de controlar mi cuerpo, empecé a sufrir cólicos, diarreas, me puse amarillo como un limón... Las pasé como Caín». Es el testimonio de Víctor García López, profesor del colegio Altamira de 50 años de edad que, cinco años después de intoxicarse con tejo, aún sufre secuelas. Comparte su experiencia con el afán de advertir a todo aquel que trabaje con esta madera «que tengan prudencia, porque el tejo es un matarratas».

Además de dar clase en Primaria y Secundaria, en sus ratos libres organizaba un taller de arqueología experimental y fabricaba en su casa mangos para herramientas prehistóricas, con madera de roble y tejo. Sabía de la toxicidad de esta conífera, y siempre que la manejaba usaba mascarilla. Pero aquel día no lo hizo. «Fue una imprudencia por mi parte. Pensaba que iba a estar puliendo poco tiempo, y luego lo hice más de la cuenta. Al trabajar con la pulidora todo el polvo lo respiré, inhalé y tragué». Al rato, cuenta que empezó a sentir mareos, «pero ningún dolor ni angustia, es como si te fueras quedando dormido y no lo pudieras controlar», explica. Piensa que, de no haber sobrevivido, «hubiera sido una muerte dulce».

Su mujer lo vio «ido, que se me iba la cabeza», aunque él no era consciente de su estado. «Le dije que me estaba quedando dormido, y ella buscó en Internet los efectos del tejo. Tenía todos los síntomas: lengua hinchada, labios morados...», así que lo llevó a Valdecilla. Llegó al hospital con insuficiencia cardiaca y respiratoria, y a los médicos ya les dijeron que era «por el tejo». Dice García que el caso generó «muchas dudas» entre los facultativos, ya que al no haber precedentes «de gente envenenada que pudiera contarlo» no sabían cómo tratarlo. «Me pusieron oxígeno, una inyección para la frecuencia cardiaca, me hicieron electrocardiogramas... todo para paliar los múltiples efectos tóxicos del tejo», pero lamenta que no le hubieran hecho un lavado de estómago «que me hubiera reducido los efectos, pero como había sido por vía respiratoria no lo consideraron oportuno», narra. Ni siquiera quedó ingresado. Tras esta primera atención lo mandaron a casa, «pero volví a los dos días mucho peor. Me empezó a fallar el riñón, el hígado, el aparato digestivo...». Su periplo de médico en médico lo llevó al año siguiente a la Clínica Universitaria de Navarra, con múltiples problemas digestivos, y en Valdecilla pasó por Medicina Interna, Neurología, Digestivo... «porque el veneno actúa de forma multifuncional». En el hospital cántabro le han hecho un seguimiento para estudiar su evolución.

Perdió 23 kilos

Cree que su buena condición física fue decisiva para poder superar el envenenamiento. «Pesaba 83 kilos y practicaba montañismo, surf, esquí... Estaba fuerte, había de dónde tirar, aunque me quedé con 59,6 kilos en muy poco tiempo».

Intentó incorporarse al trabajo enseguida, aunque los problemas derivados de la intoxicación le retiraron de las aulas cuatro meses. Dice que «los niños» han sido su «magia» para salir adelante y superar una enfermedad «que no sólo he padecido yo, sino también mi mujer, mi hija, mis padres...». Como el taller de arqueología lo tenía en el garaje de su casa (en Mogro), tuvieron que realizar una profunda limpieza porque la vivienda estaba contaminada, «estuve un mes fuera», dice.

Hoy en día se encuentra «bastante recuperado», aunque se medica para superar las secuelas. «A veces me dan crisis. Tengo colon irritable, diarreas crónicas y afectado el sistema nervioso». Su taller ha desaparecido. «Todo ha ido a la basura. No quiero ningún recuerdo de una experiencia tan dura».