El viejo lobo de mar y su refugio

El legado de Eduardo Sanz vive en el Centro de Arte Faro Cabo Mayor, su puerto de abrigo, donde se funde su colección artística con el recuerdo de empleados y visitantes

Santander
El tríptico sin título de las olas concita una devoción especial entre los visitantes. / Se Quintana/
El tríptico sin título de las olas concita una devoción especial entre los visitantes. / Se Quintana

Ernest Hemingway retrató a un prototipo de hombre apegado al mundo del mar en su novela más famosa 'El viejo y el mar'. El pintor santanderino Eduardo Sanz, fallecido el pasado 14 de abril, no vivía de la pesca como el personaje del escritor norteamericano, pero su visión de la vida poseía similitudes. Todos los que le conocieron le recuerdan como un hombre sencillo, cercano, cálido y obsesionado por el mar, al que era capaz de pintar en sus múltiples matices. En 2005 consiguió que viera la luz en el Centro de Arte Faro Cabo Mayor un proyecto largamente anhelado que forjó durante más de dos décadas en torno al faro, su iconografía, simbolismo y seducción. Un legado que, ahora, casi un mes después de su muerte, ha multiplicado su simbolismo. Traspasar la entrada supone adentrarse en lo que fue su refugio, su puerto de abrigo, ahora manifestado a través de sus obras y de los recuerdos de trabajadores y visitantes.

Fue en 1979 cuando Sanz se embarcó en la aventura de pintar todos los faros de la costa española. Desde entonces su comunión con el mar fue total y se plasmó en las series 'Faros' y 'Hora solar'. Esta dedicación fue recompensada con la decisión de la Autoridad Portuaria de Santander de convertir hace ya ocho años el faro de Cabo Mayor en un espacio museístico que recoge sus series y multitud de objetos de su colección particular en torno al mundo de los faros y el mar. Un museo singular, que el año pasado visitaron 95.000 personas.

El centro expone la colección privada de Eduardo Sanz y su esposa, la también pintora Isabel Villar, constituida por pinturas y fotografías, pero además los curiosos objetos de fetiche que se pueden visionar en la sala Anular, como mecheros, latas de conservas, décimos de lotería y postales, en los que aparece siempre la figura simbólica de un faro.

Conversador de la vida

Allí, en esta sala de acceso, Pilar Gutiérrez, empleada del museo, tuvo varios contactos personales con Sanz. «Él vivía en Madrid, pero venía una o dos veces en verano, por lo menos. Se sentaba en este banco de la entrada principal y conversábamos un rato. Ya me conocía. Era un señor normal que no tenía vanidad; no era una persona obsesionada con el arte, ni mucho menos. Hablaba de todo, de la vida en general». Le gustaba hacer fotos del mar en Cabo Mayor y luego lo que retrataba lo pintaba en su estudio. «Creo que este museo era una especie de refugio para él, un lugar mágico».

El paseo continúa por la sala Cabo Mayor, donde reside el núcleo central de la colección y principal seña de identidad del centro. Allí se muestra al público una cuidada selección de las obras de Eduardo Sanz, dedicados a los principales faros y paisajes del litoral español. Allí, dos mujeres se encuentran paladeando los distintos cromatismos de los ambientes marinos. Son la cantautora santanderina Inés Fonseca, visitante asidua, y su amiga belga Christel. «Era una persona muy humilde, como son los genios. Enseguida contactabas con él. Hablábamos de música, de pintura, de todo lo que nos podía unir», recuerda Fonseca.

Ya en la sala Cabo Menor, la cantante y poeta aconseja algunas obras que regalaron a Sanz otros artistas para esta colección: «El cuadro de Eduardo Úrculo es el más conocido, pero también me encanta la visión pictórica sobre el Faro de Cabo Mayor de Eduardo Gruber».

El legado se multiplicará además a partir de este mes de mayo, porque la Autoridad Portuaria decidió, tras su muerte, generar «una exposición que documente la trayectoria artística del creador santanderino, revisando el material fotográfico existente e incorporando aquella documentación y materiales que faciliten el acercamiento a las diversas etapas de su obra y de su biografía». Por tanto, el refugio de Eduardo Sanz, su puerto protector, permanecerá para siempre vivo para gozo de los amantes del arte, de la mar y de la esencia de la vida.

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